Exposición Individualdic 2014 - feb 2015· Por Oscar Roldán-Alzate

Kevin Simón Mancera

Fundación Teatro Odeón

Espacio y tiempo, la tercera y cuarta dimensión, respectivamente, son dos constantes necesarias para que ocurra cualquier fenómeno, incluso, para poder contemplarlo. La correlación de ambas es el sustento de la misma vida, y consecuencia de todo cuanto está presente, existió o aparecerá. El arte, como es natural, no es ajeno a esta realidad, juega con estas dos substancias obligatoriamente en cada operación, cada movimiento voluntario o accidental que ejecutan los artistas. Sin embargo, hay algunos que toman conciencia de esto y lo ponen a jugar a su favor a través de estrategias que parten de reconocer la gramática del movimiento, que es el mismo tiempo, o la de los volúmenes, que referencian el espacio. Como resultado aparecen propuestas plásticas, corporales y visuales que, tomando como tema alguno de estos dos elementos, cuestionan la relación que tenemos con ellos o, incluso, nuestra capacidad innata e ingenua de obviarlos o ignorarlos; precisamente porque siempre han estado ahí y sería inútil pensar siquiera en deshacernos de su inmanencia.

En esta línea, un artista colombiano viene indagando de manera enfática las múltiples relaciones del tiempo y la memoria, el tiempo y la nostalgia, el tiempo y la existencia, en un trabajo que se abre dinámicamente con diversas aristas, con especial ahínco a través del dibujo, logrando resultados ciertamente conmovedores. El pasado sábado 30 de agosto, hacia las dos de la tarde, en el Espacio Odeón (una antigua casona del centro de Bogotá que otrora fuera el Teatro Popular de Bogotá –TPB– y que hoy es una fundación dedicada a la promoción del arte), Kevin Simón Mancera terminaba de leer en voz alta la última palabra, del último renglón, del último párrafo, del último libro de los siete que componen la obra maestra de Marcel Proust: En busca del tiempo perdido. Ésta era la obra de carácter performativo que este joven artista presentaba como resultado de su exploración y puesta en escena, en la exposición que daba feliz término al premio que le fue otorgado en octubre de 2013 como ganador de la primera edición del Premio Sara Mediano.

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Kevin Simón Mancera. En busca del tiempo perdido, 2014. Instalación. Foto: Óscar Monsalve.

De manera deliberada, el Espacio Odeón, que estuvo abandonado por más de quince años, mantiene una atmósfera cargada de memoria gracias a las mínimas intervenciones que han transformado al lugar en un centro de actividades culturales. Mancera, quien sabe leer el tiempo, capitalizó esta potencia del lugar, la dejó hablar y se instaló en el tercer piso, al que sólo se puede llegar al atravesar la ruinosa estructura. Un cubículo de dimensiones cercanas a las de una pequeña oficina, con una cara abierta totalmente, construido con láminas de madera común y listones laterales como arbotantes, fue el recinto y a la vez la cabina de grabación desde donde el artista se sumía en la lectura. En el interior: un escritorio y una silla para el lector, una máquina de grabación y un micrófono, un foco en el centro del espacio, justo arriba de la mesa, y dos repisas en la pared de fondo, donde descansaban las cintas grabadas con las lecturas realizadas. Afuera: una docena de butacas para que los visitantes puedan sentarse a escuchar la lectura en vivo, o la reproducción de la voz del lector, que era la misma del artista. Por último, dos elementos gráficos, un retrato realizado en tinta sobre papel enmarcado de Marcel Proust y una pieza editorial, donde Kevin Simón presentó, transcrito a mano, dibujado, el texto Sobre la lectura, escrito por Proust en 1905 y publicado originalmente por la revista La Renaissance latine.

Leer es una forma de correr, pero éste no es un recorrido que implique un desplazamiento físico, uno que describa trayectos. Aun así, cuando se lee, se sucumbe ante un gran viaje, uno más rápido y expedito que los tránsitos convencionales que se rigen por las leyes de la naturaleza. Aquí es justamente donde se da la reflexión de este trabajo, que juega con la noción del tiempo desde su condición más íntima; incluso, desde su correlación directa con el contenido mismo de la lectura que realiza el artista. No cabe duda de que estamos frente a una tipología de dibujo, uno que se soporta con la línea de entonación que hace la voz al emitir palabras, que a la vez son frases; puntos que a la vez son líneas. La superposición de estas frases-líneas genera una trama que permite ver un dibujo complejo sobre un plano, que a fin de cuentas es la propia historia de Marcel Proust, una historia que lleva al narrador por el camino de Charles Swann, que se abre a su devenir y atraviesa recuerdos en una suerte de laberinto que mezcla intimidad, recuerdo y nostalgia.

Adiós para siempre

No muy lejos del Espacio Odeón, en la Galería Nueveochenta, y casi de manera alternada, Mancera presentó una exposición monográfica. Con una serie de dibujos que recuerdan la catalogación de objetos, plantas o animales con criterios taxonómicos, muy propios de la ilustración y en consecuencia del enciclopedismo, el dibujante trajo a la memoria animales y plantas extintos; mujeres y hombres trascendentes para la cultura que optaron por el suicidio. Las mascotas de sus amigos y conocidos que ya nos los acompañan más, barcos memorables por sus naufragios, aviones caídos o derribados, y automóviles siniestrados reconocidos por las celebridades que allí murieron.

La atmósfera se complementaba con el sonido de canciones que desde la música popular les cantan a la pérdida y al adiós; ahí mismo se encontraba el cancionero dibujado con los retratos de los cantantes Chavela Vargas, las Hermanitas Calle, Bola de Nieve o Genaro Salinas, a quien con su canción “Adiós para siempre” se le debe el nombre a la muestra. Todos hicieron presencia para volver a hablar desde el dolor del recuerdo que genera algo que jamás regresará.

Las dos exposiciones son claramente evocadoras y melancólicas, dos experiencias que se conectan a través de la reiterada pregunta sobre la existencia y la relación que tenemos con el tiempo, una relación que nunca es la misma y que gracias a esta cualidad nos hace siempre ver las cosas con ojos cargados de pasado, en una suerte de paradoja que usamos para construir nuestro presente.

OSCAR ROLDÁN ALZATE

Kevin Simón Mancera, por Oscar Roldán-Alzate | artnexus