Exposición Individualdic 2014 - feb 2015· Por Caridad Botella

Juan Mejía

Cero Galería

La exposición Origen inmaterial del artista Juan Mejía (Medellín, 1965) presenta una serie de obras escultóricas pensadas como estructuras de polivinilo, acero inoxidable y plexiglás, blancas, con brechas y ventanas de color que, ya sea colgadas de la pared o colocadas en el espacio, van apoderándose sigilosamente de la galería. La formación del artista como arquitecto es punto de partida de las piezas que tienen esa cualidad arquitectónica de las esculturas y la escultórica de la arquitectura. Sin que nos demos cuenta, las formas blancas camufladas en las paredes van dando paso a toques de color naranja, rojo, verde o amarillo. Los Tótems entran en diálogo constante con las piezas de pared, y éstas, incluso con ellas mismas, por el uso de espejos colgados al lado para decirnos que unas existen gracias a las otras. Los espejos prolongan las obras en el espacio, multiplican nuestra presencia, las miradas, convirtiéndose en un elemento clave de la exposición que, con ellos, deja de ser una mera muestra de escultura para convertirse en un conjunto unitario, en juego de percepciones. Por ejemplo, en el último piso podemos contemplar Signos 2 Blanco-limón y al mismo tiempo tener en la retina dos obras que quedan a nuestras espaldas, Signos 2 Blanco-naranja y Tótem 8 Blanco-naranja, de tal forma que al mirar en el espejo nunca perdemos el espacio como punto de referencia y no podemos olvidarnos de la mirada que todo lo ordena: la nuestra.

Exposición Individual: Juan Mejía — imagen 1
Juan Mejía. Totem No. 7 Blanco-limón, 2012. Acero inoxidaable y pintura al horno. 30 x 30 x 30 cm. (11 ¾ x 11 ¾ x 11 ¾ pulgadas).

El trabajo que realiza Mejía aborda de lleno una tendencia en el arte que podemos anclar en el grupo internacional Zero, fundado en 1957 por Heinz Mack. Zero expresa “una zona de silencio y de posibilidades puras para un comienzo nuevo”1, y es en ese nuevo comienzo donde se sitúa la inmaterialidad del origen de las piezas. Mejía hace referencia al minimalismo, al punto cero, al vacío, a la nada antes de que haya el primer indicio de algo, pero también a la tradición del conceptualismo abstracto de Édgar Negret y Eduardo Ramírez Villamizar. Lejos de seguir las doctrinas del pasado y de contentarse con el uso de materiales industriales que escondan su expresión individual, Mejía deja oír su voz por medio de los colores que asoman detrás de las ranuras, los cortes y las ventanas meticulosamente incisas en el material. Son éstas y los colores que asoman, el lenguaje personal del artista, la firma que recorre las paredes y suelos y que vislumbramos al mirar en los espejos. Los colores en plexiglás traen a la mente al grupo Memphis: intensos, planos, uniformes y chillones, se asoman tímidamente por detrás de las superficies rasgadas; queremos mirar, levantar el material que los cubre. Mejía deconstruye el plano a base de estos cortes; podríamos decir que lo descompone con el fin de finalmente ofrecer una composición visual, como si se tratara de las notas musicales de su lenguaje mínimo y abstracto. Especialmente bellas son: Signos no. 2 Blanco-rojo, en la que una línea diagonal nos permite ver un rojo intenso que se desliza por la superficie dando lugar a diferentes planos y obligando a la luz y la sombra a formar parte de la obra Signos no. 6 Blanco-naranja, en la que el artista ha jugado a desviarse de la línea recta trazando un camino ondulado que a cada curva nos enseña sin descaro su contenido. Estas piezas atrapan al color de forma celosa, mientras que los Tótems, como Tótem no. 8, abren sus paredes de acero para dejarnos ver un color interno que se despliega y esparce para poder apreciarlo desde diferentes puntos de vista. Las brechas de color y las ventanas de los Tótems se convierten en el sistema visual del artista, a través del cual administra lo que podemos ver. Como espectadores, quedamos en las manos del artista, a merced de lo que nos deja vislumbrar. Como espectadores, nos vemos obligados a contemplar y a dejarnos llevar por lo que se nos presenta en el camino.

Paseando la vista entre los Tótems y las piezas numéricas de pared, llegamos a conjugar una composición abstracta y sagrada: a la rectitud y sobriedad de las formas se añade el color, que canaliza nuestro espíritu contemplativo; a esto hay que añadir los Tótems que funcionan como objeto sagrado y emblema del conjunto. Con sus formas, en ocasiones heredadas del Constructivismo, los Tótems se yerguen en el espacio para recordar al resto su legado histórico-artístico. El blanco, los colores intensos y la limpieza de formas surgen del punto cero de la creación que, pliegue a pliegue, brecha a brecha, va dando forma al origen inmaterial de donde emergen estas formas.

NOTA

1. Karen Rosenberg (agosto 21, 2014), “Hail, the Postwar Avant-Garde: ‘The Art of Zero,’ at Purchase College”, New York Times.

CARIDAD BOTELLA

Juan Mejía, por Caridad Botella | artnexus