Exposición Individualdic 2014 - feb 2015· Por Viviana Saavedra

Fabio Kacero

Museo de Arte Moderno de Buenos Aires

A finales de los noventa Fabio Kacero (1961) declaró: “Mis obras no tienen relato […] Resisten, un poco, esa indiscreción del discurso [...] Es una obra que se queda en el umbral de la palabra”1. Pero pasó el tiempo y el umbral cedió, sumiso a los avatares del cambio. Detournalia, presentada en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, reúne obras en las que la palabra es el instrumento que articula el conjunto de obras realizadas entre 2001 y 2013.

 Rafael Cippolini, curador de la muestra, parece haber captado con certeza la melodía que resonaba en la cabeza del artista, y le armó una coreografía al ritmo de sus necesidades. Sin maquillajes ni vestuario, el teatro musical se arma en la medida en que participamos e integramos cada uno de sus movimientos. El complejo de trabajos arma un discurso en continuum, aunque también plagado de desvíos que llegan a tender incluso al infinito. Otras veces se impone en el andar la sensación de retorno, un tránsito circular: círculos viciosos, círculos virtuosos. Una gira mágica y, por momentos, melancólica.

Exposición Individual: Fabio Kacero — imagen 1
Fabio Kacero. Nieve cubierta, 2006. Instalación. Dimensiones variables.

Rastreando el nacimiento del título de la muestra, el Gran Diccionario Larousse Español-Francés/Français-Espagnol, que incluye 220.000 palabras y expresiones, define el vocablo détour como rodeo, vuelta, curva, recodo, recoveco, repliegue. Como ejemplo, figura: les détours de l’âme humaine (los recovecos del alma humana). Detournalia es un recorrido lleno de rincones donde acomodarse y descubrir qué cosas puede llegar a esconder el alma humana. La música acompaña. Un bello instrumento de percusión, una batería solitaria, preside la entrada. Muda, nevada por montículos de azúcar que de a poco la carcomen, parece haber sido propiedad de alguna banda de heavy metal ya olvidada. A continuación, una angosta y extensísima mesa resguarda bajo vidrio una larga sucesión de hojas escritas. Llevan inscriptas interminables listas de palabras inventadas. Es una enorme partitura llena de canciones o poemas, un diccionario que no tiene fin. Un poco más adelante, las Semipinturas (work in progress) parecen darle continuidad; se presentan como un catálogo de palabras trastocadas, o como signos que cargan el deseo de articular un lenguaje nuevo. También hay un listado de canciones para ser escuchadas; aunque privadas de musicalidad, un tono neutro las reduce a la palabra leída. Y hay más palabras para oír. Sólo hay que acomodarse en un sillón y ver en la televisión a una pequeña niña, Lola G. Ella se encarga de desarticular un texto emblemático, lee la Crítica de la razón pura de Immanuel Kant, símbolo de la razón como llegada del hombre a la mayoría de edad bajo el paraguas del Iluminismo. Otra niña, Katherina A, dibuja sin tapujos sobre un ejemplar de la Fenomenología del espíritu, de Georg Wilhelm Friedrich Hegel. A unos pasos, un proyector expone la imagen de Kacero simulando estar muerto en distintos lugares de la ciudad de Buenos Aires (Totloop, 2003); el sonido del artefacto inunda la sala como si fuera un lamento en continuum. Bajo sus efectos, puede contemplarse un enorme diorama que exhibe la eternidad de un tiempo-espacio indeterminado, un interior nevado: Nieve Indoor, el exterior en el interior. Una melodía melancólica acompaña Earlater, un video de seis minutos y tres segundos que exhibe una seguidilla de situaciones disímiles, pero enlazadas por azarosos saltos temporales hacia el pasado y hacia el futuro.

La sensación de privación o clausura que provocan algunos trabajos es, paradójicamente, el trampolín adecuado para lanzarse de pleno al regodeo de la obra: las tapas de libros cuyos títulos bastan y sobran para crear mundos, la colección de hojas arrancadas que son sólo las dedicatorias de libros desconocidos (Dedicatorias, 2001); una salita de cine proyecta únicamente el reparto de una película (Cast/k, 2001); allí figuran los nombres de las personas que han pasado por la vida del artista.

Tal vez Fabio Kacero, autor del Jorge Luis Borges, autor del Pierre Menard, autor del Quijote, sea la obra más extrema: gestual-artesanal y conceptual-filosófica a un mismo tiempo. Kacero sincroniza su gesto con el gesto de Borges, se pone en sus zapatos, y transcribe copiando en varias páginas la caligrafía borgeana.

El último rincón del camino es una gran sala de lectura. Allí, varios ejemplares de Salisbury, un libro de 39 relatos cortos editado por Mansalva en 2013, son puestos a disposición del visitante para ser leídos recostado en un sillón.

Y el final del recorrido es también el principio, basta atravesar la salida para encontrarse otra vez con el comienzo, con esa larguísima mesa que guarda una infinidad de palabras inventadas. El circuito puede repetirse en loop, pero seguramente aparecerán nuevos desvíos para elegir: nadie puede bañarse dos veces en el mismo río.

NOTA

1. Victoria Verlichak, El ojo del que mira. Artistas de los noventa. Editorial Proa, Buenos Aires, 1998.

VIVIANA SAAVEDRA

Fabio Kacero, por Viviana Saavedra | artnexus