En su primera
exposición individual en la Galería Nara Roesler, en São Paulo, Carlito
Carvalhosa ocupa tres salas de la casa localizada en la Avenida Europa,
concibiendo una enorme instalación en la cual integra los ambientes expositivos
al romper las paredes divisorias, atravesándolas con postes gigantes. Postes de
iluminación que fueran árboles, objetos en transformación permanente,
utilizados por el artista en otras exposiciones, guardan memoria de varias
relaciones establecidas anteriormente, como materia.
Carlito apuesta a la relación de la memoria, incluso en la misma casa que hoy es una galería, pero que fue residencia, donde el uso doméstico y social conserva resquicios de significado y de sentidos en cuanto a los objetos ordenados en el constructo de esta exposición.
La obra consiste en la unión de antiguos postes de luz, de madera, que atraviesan el espacio expositivo, con vasos de vidrio dispuestos en el suelo y las paredes de manera aleatoria pero que, al mismo tiempo, dan la impresión de haber sido arreglados simétricamente –una provocación del artista, pues no son simétricos–. Los troncos rompen las paredes, que ayudan a mantenerlos en el aire, causando un efecto visual de suspensión, un desafío ilusorio a la física; son las intersecciones entre dos o más de estos maderos las que los mantienen en alto y provocan el efecto de levitación.

Aunque la exposición comienza desde la vitrina de la galería, provocando una relación entre el espacio interno y el externo, es en la sala principal en donde el impacto visual aparece en la combinación de madera, vasos y luces fluorescentes. No hay luz natural; toda la iluminación fue creada por el artista como parte de la instalación. Los objetos descolocados causan un efecto de inversión del orden, como si el piso estuviese suspendido en relación con las paredes y el techo.
Al fondo, el área expográfica abriga, además, dieciséis dibujos de varias dimensiones, todos hechos sobre láminas de superficie espejada cubierta de color azul. Las formas abstractas fueron compuestas mediante desbaste de la capa entintada. En la pared opuesta, que ocupa la parte delantera de la galería, limitando con la vitrina, se observa la superficie rota por los trozos de postes, ocupada por los vasos y bombillos en el piso; por medio de la vitrina, sugieren la sensación de continuidad en dirección a la calle.
Al romper el espacio expositivo con postes de madera en diálogo con copas de vidrio y luz, el artista se sirve estratégicamente de la metáfora del tiempo/memoria y de las relaciones humanas: coloca en foco elementos del mobiliario urbano de uso cotidiano, cambiando su significado. Expone estas relaciones a través de su hacer constante, de la alteridad, de la transformación, de las negociaciones, y principalmente de la producción de sentidos.
Los objetos delicados en contacto con los de gran masa cuestionan la memoria y el constante cambio de significado de las cosas y sus usos, que se transforman a lo largo del tiempo, frente a la naturaleza y a la forma como la humanidad ordena el caos.
Carlito Carvalhosa impone el universo cotidiano dentro de la exposición, y para eso, como parte de la instalación, asume claramente el edificio, la calle, y la manera aparente en la que se disponen los elementos. No hace misterios de la arquitectura de su creación: los elementos son visibles, el proceso es obviamente aparente, como si el artista insistiese en el diálogo de la acción humana en la transformación cotidiana de las cosas, en una relación constante de sentidos.
Los elementos elegidos por Carvalhosa para la realización de la obra constituyen al mismo tiempo naturaleza –troncos de madera– y acción humana – postes de luz–. La tensión creada por esas maderas con la luz y los delicados vasos de vidrio señala los contactos entre el estado de suspensión en el ambiente, que conserva la evidencia de los actos con propósito estético, y la fragilidad y lo efímero humano.
Los troncos parecen eternizar el movimiento con el que la cultura evoluciona desde el principio natural hacia la complejidad del conglomerado creado por el ser humano, en una especie de línea del tiempo.
La instalación lleva a la percepción de la actividad humana. Incluso su montaje, que no sólo mantiene en los troncos los antiguos anillos de metal del extremo, sino que también deja visibles las tuercas y los tornillos grandes que aseguran las abrazaderas de los juncos, el cableado y los plugs utilizados en la iluminación de la instalación. Todo se muestra: el hacer mismo del artista.
La materia parece no sufrir la acción de la gravedad. El espacio expositivo provoca una especie de suspensión del estado natural de las cosas y del tiempo, subvierte la naturaleza y las leyes de la física, por medio del ordenamiento de los objetos-fetiches como si fuesen parte de un álbum de familia. Y en ello se configura su carácter de arte: en la articulación de los dos polos que constituyen el ser humano y en la impresión de hacer eterno lo transitorio.
Los vasos y los bombillos regados por el piso se relacionan, con mucha precaución, en una especie de coreografía, un baile, una danza. En esa escenificación la fragilidad aparente en oposición a la rigidez de la naturaleza evidencia lo efímero y lo transitorio que se eternizan en la memoria.
HÉLCIO MAGALHÃES
