Exposición Individualdic 2014 - feb 2015· Por Richard Leslie

Allora & Calzadilla

Barbara Gladstone Gallery

El aspecto más agradable, aunque a la vez el más irritante, de esta instalación-performance que negoció con destreza entre concepto, teoría, materialidad, sonoridad y visualidad, es que fue la más divertida que uno HABRÁ TENIDO. Es y fue una “perfecta” situación “futura” (o incluso “condicional”). Todo nuestro placer e interpretación se postergaron para un tiempo futuro debido a una falta de consideraciones que no sabíamos que necesitábamos.

Esto parece confuso, pero es una falla común en el arte conceptual, en especial allí, donde el problema normal, la relación entre concepto y espectáculo físico estuvo bien hecha y demostrada, una vez los actores activaron la instalación, estimulante y conmovedora.

Desde el punto de vista de lo físico, entre uno y otro performance, lo que el visitante veía al entrar eran diez peanas de piedra distribuidas a lo largo de tres salones (contando el vestíbulo). Todas eran de mármol de diversos colores y tenían dos contrahuellas. Podían usarse (por lo menos los artistas lo hacían) como un asiento bajo o como una plataforma de dos escalones. Los escalones de piedra variaban de tamaño entre tres a cuatro pies de ancho y dos a tres de alto. Eran lo suficientemente grandes para que un niño se sentara, se recostara o se subiera para sentirse un poco como una cabra. Allí, el drama teatral se montó deliberadamente empleando jóvenes, pero se refería a un performance físico que todos representamos en diversos momentos de nuestra vida. 

Exposición Individual: Allora & Calzadilla — imagen 1
Allora & Calzadilla. Fault Lines (Grietas), 2013. Diez rocas ígneas y metamórficas; performance de Daniel Voigt y Dante Soriano, The American Boychoir School. Dimensiones variables. Foto: David Regen.

El título del Proyecto, Fault Lines, trató de conectar la materialidad de las piedras, algunas de las cuales conservaban las marcas de la cantera sobre superficies por lo demás lisas, con fallas geológicas. Infortunadamente, cuando uno entraba sólo parecían, bueno, pedazos de piedra pulida; en el mejor de los casos, más bien pobres símbolos de un minimalismo retrospectivo. El intento de captar el tiempo geológico y, por ende, conectar el título temático con fallas topográficas de la tierra era demasiado vago y dejaba abierta la pregunta sobre ¿qué fallas, qué líneas y dónde? Pero, esperen. Su activación y algunas respuestas llegaban en diversos momentos del día.

Durante varios momentos predeterminados del día, dos jóvenes entraban en el lugar de la exposición para mover las piedras de un lado a otro y cantarse a capella mutuamente con voces de soprano, adoptando poses y actitudes informales libremente coreografiadas por ellos. El elenco rotativo de dúos pertenecía a grupos locales: Transfiguration Boychoir, de la Iglesia de la Transfiguración, de Nueva York, conocida informalmente como “la iglesita de la esquina”, y la American Boychoir School, de Princeton, New Jersey, que se anuncia a sí misma como una voz netamente estadounidense dentro de la tradición de mil años de coros escolares. De estos coros se seleccionan los llamados “niños sopranos” o (más todavía en Europa) “agudos”. Su registro vocal es una habilidad física temporal debido a que a medida que maduran su voz se hace más grave y pierden el registro que es más típico de la voz femenina. Pero allí había dos fallas; una pasaba inadvertida, mientras que la otra era una alteración consciente de la tradición coral.

La gran pérdida para los visitantes era que lo que ellos cantaban era casi irreconocible dados el tono y el espacio acústico con relación a la densidad del público. Lo que se ganaba cuando las palabras desaparecían para convertirse en vocablos era un aumento del placer estético originado por las resonancias entrelazadas de sus voces. Quizás eso era suficiente.

Pero cuando se recurría a una hoja impresa con la letra, cuya partitura fue desarrollada por el cubano Guarionex Morales-Matos y podía solicitarse, uno se daba cuenta de que la letra de Allora y Calzadilla era una magnífica agrupación de insultos sin relación entre sí y cuya fuente no se citaba, recopilados de un amplio espectro de literatura occidental: frases que uno habría deseado haber podido traer a la memoria en un momento de acaloramiento: “Si tan solo usara su cerebro un poquito más podría sinceramente llamarse un tonto. ¡Sabe tan poco y lo sabe con tanta fluidez! ¡Bellas palabras! Me pregunto de dónde las robó. Ama la naturaleza a pesar de lo que esta le hizo. ¿Tiene un gran dolor físico o es esa su expresión cuando piensa? Usted debe ser la razón para la anticoncepción. Dios le dio una nariz para que mantuviera la boca cerrada”.

Las burlas eran espetadas una a una mientras los chicos se movían por los espacios de la galería y subían los escalones de roca en diversas combinaciones de distancia, cercanía y ademanes. En varias ocasiones e indudablemente en el momento más álgido, sus caras estaban a centímetros de distancia, con tonalidades bloqueadas entre punto y contrapunto.

Jacques Lacan, el sicoanalista francés tan apreciado por el mundo artístico desde 1980 y citado en el comunicado de prensa de la galería como fundamental para el significado detrás del término “fallas”, sostenía que la agresión es un mecanismo de defensa contra el reconocimiento inconsciente de que nuestra psique está fragmentada antes que entera. No es de extrañar que los niños pequeños tengan reacciones violentas o caigan fácilmente en la mofa. Pero esto también sugiere que aunque es obviamente un proceso doloroso, la burla se desarrolló como un mecanismo útil desde el punto de vista social para que aprendamos a vivir con nuestro maltrecho yo. Entonces, la falla allí no era la burla exterior o la ira sino que apuntaba a la mentira interior. Tristemente, ni la condición ni la conducta se limitan a la juventud.

RICHARD LESLIE

Allora & Calzadilla, por Richard Leslie | artnexus