La exposición Desvelamientos
de la artista Adriana Duque (Manizales, 1968) supone un ir y venir entre el
juego y la realidad, el sueño y la vigilia, entre los límites de diferentes
soportes artísticos y los tiempos que éstos parecen requerir. A lo largo del
recorrido por algunas de las últimas series de la obra fotográfica de Duque nos
sentimos invitados a espiar en la memoria, los recuerdos y fantasías de una
niña que un día creció y se convirtió en artista.
Desvelamientos nos da entrada a un espacio liminar formado por dos mundos inseparables. Caminamos con un pie en cada uno de ellos, sin que ninguno de los dos se vuelva dominante o excluyente. Estos dos mundos empezaron a formarse gracias a dos mujeres muy importantes para la infancia de la artista: una abuela de ámbito urbano que le abrió las puertas a la historia del arte, a los museos, y en especial a la pintura flamenca, y otra abuela de ámbito rural, gracias a la cual se familiarizó con la vida tradicional del campo, con los utensilios del hogar, con la vida doméstica de la mujer. La infancia es el umbral donde estos dos mundos se encuentran. La infancia es, para Duque, el primer viaje hacia el pasado, que, en su obra, se une con otros tiempos lejanos llenos de romanticismo decimonónico, así como del siglo XVII, siglo de oro holandés y escenario de la pintura flamenca, y el Renacimiento de los primeros retratos aristocráticos. De la mano de series como Infantes, Retratos nNegros, Iconos, Antología de una obsesión o Renacimiento, merodeamos por escenarios conocidos pero remotos. Estos niños y niñas retratados con trajes de época en interiores inspirados en la obra del pintor flamenco Johannes Vermeer, vestidos con lujosos trajes de encaje y brocado, hacen referencia a un tiempo histórico pero al mismo tiempo evocan los cuentos de hadas, de princesas y caballeros, que supone la otra cara de la moneda del imaginario de la artista.

Obras como La lechera (serie Antología de una obsesión, 2013) se apropian del referente pictórico flamenco, reconocible al instante, para negarle todos los aspectos que lo hacen ser lo que es: la luz de la ventana sólo alcanza a hacer brillar la leche, la mano y la cabeza de la niña; lo demás ha sido cubierto de negro con juegos de luz y sombra, convirtiendo así todos los elementos del interior en puro escenario teatral en el que, por medio de un foco, se resalta lo que la artista quiere que veamos: la figura de la niña, con esa diadema característica de las obras de Duque que funciona como un guiño al espectador, mitad accesorio principesco, mitad audífono adolescente. Lo negro actúa como caja de la memoria en la que ha sido plantada la niña, que repite con paciencia el gesto de la lechera. Lo que encontramos debajo de este tinte uniforme son los dos mundos de la artista, la alta cultura del arte y los museos, por un lado, representados en el gesto de la niña. Por otro lado, los interiores rurales manizaleños captados por el haz de luz que nos deja vislumbrar el bodegón y la cesta que cuelga de la pared, ambos rescatados de la realidad que Duque ha conocido de primera mano. Otro ejemplo de esta estrategia por la que la fotografía pone un pie en la pintura y otro en el teatro, un pie en la historia y otro en la memoria, es María 08, de la serie Íconos (2011). Una niña nos mira desde su vestido de princesa renacentista, coronada con la misma diadema de ambigüedad. Acompañándola, dispuesto y arreglado con telas a modos de escenografía, un bodegón y, al fondo, un horno de leña tradicional. El bodegón bien podría ser de elementos de plata y cristal de la princesa, para la hora del té; el horno rural aparece como telón de fondo y como contraste a ese supuesto mundo noble. Ambos conforman el interior, de la misma manera que ambos son parte de la memoria de Duque. Entre las series de fotografías encontramos dos videos, Rosa y La costurera, joyas absolutas de la exposición, que dan vida a la imagen fija. En estos videos, el tiempo se convierte en algo elástico, más fotográfico que fílmico, alterando las normas que rigen el medio. Suspendidos en la lentitud de la imagen, llegamos casi sin respiración al momento en el que la niña nos mira a los ojos para luego volver a bajar la mirada absorta en su quehacer.
Como postre a esta experiencia de nostalgia histórico-infantil, Desvelamientos esconde una sorpresa final. La serie Al otro lado (2010) nos enfrenta cara a cara con una Duque romántica y gótica, de la mano de Edgar Allan Poe, que recorre las carreteras de la Toscana en busca de un amor fallido. La serie está compuesta de paisajes neblinosos fotografiados desde el carro mientras la artista recorría ese camino de ida hacia el amor y de vuelta desde el desamor. Una realidad poco infantil y que nos acerca a la mujer que es hoy. Al fin y al cabo, todos los cuentos y recuerdos parten de la memoria de esa mujer que con su cámara nos deja a caballo entre el cuento de hadas y la realidad.
CARIDAD BOTELLA
