Dos exposiciones simultáneas (mayo-junio
de 2014) confirman la presencia singular y perenne de Saúl Kaminer (México,
1952) en la escena mexicana contemporánea y revelan la transformación
conceptual y estética de un trabajo que, desde hace muchos años, ha sabido
abordar diversas disciplinas y crear varios universos. Con la pintura, la
escultura y el dibujo; con materiales diversos como terracota, cerámica,
hierro, bronce o cartón, su obra tiende hoy a una mayor depuración, con la sensible
atenuación de la expresión propiamente figurativa que la caracterizaba hasta
hace algunos años.
Estas dos exposiciones complementarias resaltaron varios aspectos de su evolución reciente e hicieron aflorar la reflexión intelectual y sensible que le sirve de base. El Instituto de México, situado en la proximidad de la Galerie Thessa Herold, decidió presentar treinta y ocho obras, entre ellas una instalación realizada in situ, con una curaduría bastante espaciada y convincente que traza el camino hacia lo que podríamos denominar una abstracción “sensible”. Desde hace varios años, la pintura de Kaminer inició una mutación formal y conceptual dentro de la cual subsiste, sin embargo, una constante de base: la tridimensionalidad. En efecto, tan lejos como nos remontemos a sus narraciones cosmogónicas y míticas impregnadas de un discreto paso de lo real –sobre todo las pinturas figurativas de los años ochenta y noventa–, Saúl Kaminer nos acostumbró a un sabio desafío constructivo que supo asociar constantemente a su imaginario poético y a una práctica elaborada y refinada del color.

De un verbo ricamente celebrado en imágenes ayer, a las pocas palabras que entrelazan su discurso visual, hoy más abstracto pero siempre brillante, es esa paradoja de una inestabilidad estable lo que transporta la mirada del artista tanto como la del observador en el almocárabe transparente y virtual de un “doble” reducido a la esencia de sus líneas. La descomposición ideada y controlada, la destrucción progresiva e ineluctable de su espacio figurativo que se observa en los últimos trabajos expuestos aquí, revelan el papel y el impacto de la luz, el misterio del reflejo, la virtualidad de la materia, la densidad o levedad del gesto, y afirman la no-permanencia que caracteriza la aventura de sus telas como Dans le ventre de la baleine (En el vientre de la ballena, óleo sobre lienzo, 130 x 97 cm, 2011) o La maison du souffle (La casa del soplo, grafito y óleo sobre lienzo, 114 x 146 cm, 2013), dibujos y esculturas “recortadas”, como Le petit Moïse, (El pequeño Moisés, óleo sobre cartón Arche recortado, 50 x 74 x 14 cm, 2011) o Corps spatial sensible, (Cuerpo espacial sensible, acero recortado, 120 x 40 cm, 2013). Aunque el azar parece controlado, en un intento por retenerlo, es sin embargo el movimiento el que induce la aparición y desaparición de la forma, el paso de la luz y la sombra, el desvanecimiento y la permanencia del volumen, confirmando así el carácter efímero e inefable del instante.
En la Galerie Thessa Herold, la propuesta museográfica organizada en torno a esculturas en gres, cerámica, mármol y ónix, con algunos dibujos, pasteles y óleos (treinta y dos obras), introduce une figuración relativa evocada por algunas de las máscaras expuestas. El carácter ritual y mítico que ha habitado durante largo tiempo los grandes lienzos narrativos de Kaminer subsiste de alguna forma en estas figuras estilizadas, “geometrizadas”, que nos hacen pensar, por momentos, en “objetos” Madi que se hubieran extraviado dentro del mundo precolombino mexicano. En estas esculturas, que son dibujadas tanto como esculpidas (rasgos, volúmenes, perforaciones del material, recortes), como Masque-Esprit (Máscara-Espíritu, gres, 26 x 18 x 12 cm, 2013) o Masque-Nuit (Máscara-Noche, mármol, 28 x 22 x 5 cm, 2014), donde las dimensiones son controladas, donde el equilibrio de las formas es sutil, así como el del color –vetas grises con el mármol, dorado con el ónix, tonos oscuros y mates con el gres–, se transparenta una interioridad discretamente revelada.
¿De dónde le viene a Kaminer ese interés por las máscaras? En el catálogo editado con ocasión de la exposición, el artista señala que, para él, “la máscara que ocupa el espacio delante del rostro se transforma en sonido, narración mítica, animal, presencia de la naturaleza, divinidad, surco de la historia, sombra de la sombra, mueca petrificada, talismán, memoria ancestral”, y añade que “las máscaras son las voces de la tierra, son la luz de la mirada, son el lugar de todas las alianzas, el fuego que nace del agua”. Kaminer parece tener algo de chamán y algo de mago pero es, sobre todo, un pensador constante y profundo del espacio, en el que trata sin cesar de encontrar un sentido, renovando cada vez su relación íntima con la naturaleza.
Salvo tal vez en sus esculturas más antiguas, en donde Kaminer infla y recorta, desdobla, abre y cierra la figura, pero conserva la carne palpable de lo real, es el juego el que dirige la coreografía de sus últimas obras. Juego de luces y sombras, juego de masas y líneas, juegos de colores o juego de materiales. Ojos abiertos o cerrados, la magia actúa. El misterio de los contrastes plantea una infinidad de percepciones. Las ondulaciones crean un universo mineral atravesado por el agua y el aire, en constante renovación. Así, pues, Saúl Kaminer nos arrastra a una aventura incierta que pone en estado de alerta permanente nuestra imaginación, de tal manera que la duda se borre para inspirarnos mejor.
CHRISTINE FRÈROT
