Exposición Individualsept 2014 - nov 2014· Por Israel Castellanos

Ricardo Brey

Museo Nacional de Bellas Artes

Una caja suya puede ser detonante de muchas cosas: desde suscitar la especulación intelectual ante la multiplicidad de objetos que él destapaba el día inaugural hasta casi provocar una investigación detectivesca al notarse la ausencia de un componente (un librito, creo) que finalmente no se había perdido: lo había tomado su hija. De cualquier manera, la investigación es una “letra” que ha marcado poéticamente la obra de ese leído artista nacido en La Habana (1955), con Rodríguez como primer apellido, y radicado en Bélgica hace varios años.

Integrante de Volumen I, exposición considerada un hito en la renovación artístico-estética de las artes visuales cubanas en la década de 1980, y catalogado por la crítica de entonces como exponente de la indagación antropológica, el rebautizado Ricardo Brey se reencontró con el público principalmente cubano a través de una exposición variopinta nombrada como él. Variopinta no solamente por la variedad de manifestaciones que incluyó (dibujo, fotografía, escultura, formando parte –o no– de instalaciones), sino también por constituir un muestrario de su corpus de obras recientes. Fechadas entre 2013 y 2014, pero hilvanadas con otras precedentes.

Exposición Individual: Ricardo Brey — imagen 1
Ricardo Rodríguez Brey. No puedes escapar de lo que eres, 2013. Técnica mixta. 60 x 55 x 18 cm. (23 ½ x 21 ½ x 7 pulgadas).

Fue el caso –por ejemplo– de las cajas aludidas y pertenecientes a la saga Every Life is a Fire. Conformadas por varias capas, denotaban una concepción usufructuaria del (post)estructuralismo. Allí, Brey estratificó desde memorabilia hasta objets trouvés, comprendiendo significantes elaborados por él, en una arqueología del recuerdo y el conocimiento que sólo un híbrido de alquimista, hacedor y colector puede componer. Y que sólo un iniciado –incluso en los rituales esotéricos– puede develar. Sintomáticamente, él fue quien desnudó el interior de las cajas. Mas no por ello reveló los sentidos de lo mostrado, en una liturgia donde ofició como performer y demiurgo. Con semejante procedimiento, Brey hizo pensar que el secreto mejor oculto no es el escamoteado a la vista sino al entendimiento, no es el que permanece bajo el manto de la invisibilidad sino de la codificación. El título es apenas un pie. Ni siquiera el transparente cristal de unas vitrinas también expuestas permitió calar profundo en los papeles enclaustrados.

Los tocones de árboles, chamuscados, que fotografió Brey, ¿suponían una imputación ecologista a la tala indiscriminada de los pulmones verdes del Planeta? ¿Documentaban la escena del crimen, con las evidencias materiales que incriminaban al ser humano? ¿Constituían un acercamiento interesadamente naturalista a la esencia interior de un organismo vegetal que confiesa por el número de anillos biológicos el cúmulo de años vividos? Al enhebrar esas imágenes con vistosos collares, ¿contraponía Brey la señal de la devastación al símbolo de la opulencia, o concitaba a un arreglo de cuentas? El artista mostró, también, el (des)equilibrio del Universo, condicionado por la variable aleatoria del dado con la balanza. Y por la mano del Hombre: esa que, enguantada o no, va dejando la impronta de su gesto –ciertas veces, nocivo– sobre la Naturaleza.

La abundancia de objetos inanimados o rotos, la puesta en escena con elementos museísticos –¿preservando documentos antiguos?– y el sistema planetario desplomado en el centro de la sala expositiva pudieron conferir un tono apocalíptico a la muestra. Un ángel, soplando un instrumento de viento a la entrada, parecía anunciar el Juicio Final. Pero eran conjeturas aberrantes sobre la propuesta de quien no hace distingos entre el ruido que hace el martillo al construir y al destruir. Además, el arcángel no tocaba la consabida trompeta sino un saxofón: aludía a una composición musical de Coleman Hawkins.

En virtud de obras como ésa –no fue la única de la muestra relacionable con la Música–, Brey embonó con otros autores cubanos que han hecho de aquella disciplina artística un motivo de inspiración. Unos han representado al ejecutante y/o al instrumento. Otros han incorporado el sonido en sus propuestas artísticas. Algunos han buscado establecer analogías entre la abstracción pictórica y la instrumentación musical. Brey, que estudió piano, y cuando niño dibujaba en el pentagrama, ha intervenido rollos de papel perforado para grabaciones. Él, que necesita la melodía como fuente motivadora, se vale de ella para componer propuestas visuales y prefiere los instrumentos de viento y metal, pues entrañan el pneuma o aliento vital.

De este modo, se inserta en una tradición que –acaso desde la vanguardia histórica cubana– ha tenido exponentes de relieve. Ahí están los tambores geometrizados de Cundo Bermúdez, insoslayables para quien transite por el Edificio de Arte Cubano, donde expuso Brey entre abril y junio del año en curso. No los ignoró este artista. Una veladora me dijo que el príncipe negro, la rosa roja visible por esos días en cada sala permanente, era iniciativa de él. Revistió un homenaje a los maestros, a quienes lo precedieron –o no– en el camino del arte, en la ruta hacia el espacio que tenía reservado para el reencuentro.

ISRAEL CASTELLANOS

Ricardo Brey, por Israel Castellanos | artnexus