Desde
2005, Acosta comenzó a trabajar con el concepto del “robo”, en ese entonces a
partir de fotografías de objetos. Una de sus series de esta línea más completa
fue Pintura robada, en la que trabajó desde 2008 hasta 2010. Stolen
from the Met es una continuación lógica de esta última. El método que
utilizaba para hacer las piezas era muy ingenioso, y consistía, literalmente,
en “reciclar pintura”. Recogía chips de pintura, ya fuera de paredes o autos, y
con ellos componía sus imágenes. Estos “collages” reproducían escenas
aparentemente triviales de la vida cotidiana. Sin embargo, el titulo Pinturas
robadas ponía sobre aviso. El proceso mediante el cual Acosta obtenía
su material de trabajo era un reflejo directo del modus operandi de
“robar para subsistir”. En ese entonces el material era muy importante para él,
porque traía a colación otros niveles de lectura más allá de la imagen como
tal. La suya era una crítica social muy sutil, encubierta en el proceso de la
manufactura.
Ahora, en esta nueva serie, “el robo” consiste no en los materiales sino en la apropiación de imágenes, en este caso de importantes obras del Metropolitan Art Museum de Nueva York; de ahí que la titulara Stolen from the Met. Cuando Acosta llegó a Nueva York, una de sus visitas obligadas fue al Metropolitan Art Museum, conocido como MET. Su impresión al ver los originales de las obras que había contemplado durante años en los libros de arte lo hizo repensar sus ideas acerca de ciertos artistas, los cuales conocía solamente a través de reproducciones, que además no siempre eran de buena calidad. El impacto lo llevó a “robarse” estas imágenes, que por demás son del dominio público, y trasladarlas a sus piezas.

Técnicamente, continúa con un proceso similar al de la serie anterior; la única diferencia es que, aunque aún recicla la pintura, la procedencia de ésta es otra. El proceso de creación de cada obra incluye pintar en madera, raspar la pintura y volverla a adherir a la superficie. Hay algo profundamente visceral en ello, en donde se crea y destruye para volver a crear. Son intencionalmente monocromas porque usa precisamente el mismo tipo de pintura blanca que emplean los museos en sus paredes.
De cierta manera, esta serie está también muy relacionada con Wallscapes (Paisajes de paredes), que comenzó con una obra en el Museo del Barrio, creada específicamente para la bienal. En ésta utilizaba como soporte la pared original del museo, la cual despojó de su pintura. Estos fragmentos que recogió los devolvió a la pared en forma de obra, específicamente, reproducía una pieza de la colección permanente del museo que tenía colocada enfrente. De ahí devino el uso de la pintura de las paredes de los museos para reproducir obras de la propia colección.
Stolen from the Met es la ecléctica “sala ideal” de Acosta, en la que reunió en el mismo espacio seis piezas de varios artistas: Diego Velázquez, Johannes Vermeer, Jean-Baptiste Greuze, El Greco, Pablo Picasso y Vincent Van Gogh. La infanta María Teresa, de Velázquez, comparte el espacio con la sirvienta de Veermer y con la Dora Maar inmortalizada por Picasso.
A pesar de haber sido basadas en obras de disimiles artistas, Acosta logra una uniformidad formal y visual en las suyas. Para comenzar, todas son monocromas, de color blanco sobre fondo carmelita. Concebidas en un soporte de sheetrock (madera prensada), todas son de la misma dimensión y se instalan colgando casi libremente desde el techo, suspendidas por dos cables de acero. Un detalle peculiar es que incluye en la pieza el marco de las obras originales como forma de delimitar la imagen de fondo.
Las citas son parte integral de la obra; por ello, cada pieza va acompañada de un código apto para teléfonos inteligentes, el cual lleva al espectador directamente a la obra que originalmente la inspiró. Aquí vemos una dinámica de apropiación y reciclaje diferente a la que estamos acostumbrados, en la que el artista se apropia de una imagen y el espectador tiene que localizarla en su memoria. Aunque reproduce la obra original casi fielmente, el efecto no es el regular. Acosta no está interesado en una reproducción idéntica, las suyas se basan en la linealidad de las figuras, construidas a partir de los fragmentos de pintura. Son como rompecabezas que solamente él puede armar a partir del intenso proceso de manufactura.
Se establece un diálogo entre la obra que originalmente inspiró a Acosta con la que él crea, un juego intelectual a partir de las imágenes. La confrontación genera muchas interrogantes más allá de la visualidad. Toca puntos neurálgicos del arte contemporáneo, tales como el proceso de exhibición y coleccionismo de los museos, la propiedad intelectual, el concepto de originalidad y el fetichismo que rodea a muchas obras y a sus creadores.
IRINA LEYVA PEREZ
