Exposición Individualsept 2014 - nov 2014· Por Claudia Fazzolari

Nazareth Pacheco

Casa Triângulo

Presentar una muestra individual de la artista brasilera Nazareth Pacheco siempre requiere una densa reflexión crítica. Dicho esto, considerar el conjunto de los trabajos pensados para la exposición, que terminó en junio pasado en la Casa Triângulo, en São Paulo, puede servir como guía para la inmersión en una escena acrílica que contagiaba los sentidos, inundaba el lugar seguro de la percepción apresurada y, definitivamente, instauraba un campo de investigación inquietante.

La muestra Nazareth Pacheco. Mercurial, abierta al público en mayo, proponía un recorrido de su producción reciente y presentaba un proyecto de creación un poco diferente de aquel que el espectador conoció entre los años noventa y la última década. Para la ocasión, la artista utilizó el mercurio como protagonista, como un propósito nuevo.

Exposición Individual: Nazareth Pacheco — imagen 1
Nazareth Pacheco. Arara, 2014. Acrílico y bronce. Edición 1/3. 171,5 x 100 x 40 cm.Foto: Milene Rinaldi.

El mercurio, elemento escultórico reinventado –depositado en pequeñas cajas acrílicas transparentes, colocado en frascos de vidrio grueso herméticamente cerrados, reconstituido en brillo intenso, desparramado en gotas–, quedaba fijado por la luminosidad fotográfica, casi como un contrapunto a su propio estatuto metálico.

Gélido y luminoso, el mercurio metálico, en su presentación dura, rígida y resistente –sí, como el acrílico, elemento de uso recurrente en las obras de la artista– estaba incorporado en las acometidas sensoriales de esta creadora, cuya obra nunca se deja reducir a lecturas superficiales.

Además de los objetos en diversos materiales como acrílico, vidrio y bronce, la artista presentó registros fotográficos en metacrilato del comportamiento del mercurio derramado sobre superficies planas. El mercurio asociado al vidrio, entre frascos de diversos tamaños, componía un ambiente de asepsia espacial propuesto como fuerte experimento de carácter investigativo, como si fuese parte de un proceso de laboratorio.

Recorriendo los dos pisos de la galería, el visitante encontraba una serie de obras propuestas por la materialidad de este “laboratorio” de ideas que lo remitía al silencio de las bancadas de trabajo de los experimentos biológicos, donde son esperados los resultados de las indagaciones.

Cada obra expuesta representaba, de hecho, una indagación y suponía una inmersión en lugares de exposición biológica, destinados a la comprensión del comportamiento mercurial, de este material potencialmente tóxico, que en cada trabajo revelaba su temperamento particular.

Como en otras ocasiones, en otras propuestas, también aquí Nazareth Pacheco lanzaba al espectador a una zona de contacto abierta a la indagación. Expuestos a la temporalidad de sus inquietudes estéticas, preparados para alternancias sensoriales, los visitantes eran potencialmente cómplices de todos los experimentos, pensados para desestabilizar su apreciación normal.

Entre las obras presentadas, Arara, de 2014, una estructura móvil en acrílico translúcido, muy pulido en su resistencia atmosférica, luminoso en su transparencia, soportaba el peso de diversos colgadores de bronce calculados en toda la extensión de la pieza. Los colgadores vacíos, dispuestos en serie, sin cumplir sus funciones originales, existían apenas en sus dimensiones metálicas, así como el mercurio y el vidrio de las demás obras.

Existía un protocolo de asepsia, repensado por la artista para operar conceptos de otra naturaleza, de una experiencia que solicitaba atención hacia estrategias creadas por un encuentro que buscaba la participación de los sentidos del visitante. Frente a las obras, recorriendo las dos salas de la galería, el espectador aprehendía el brillo de cada elemento, presentía la gélida presencia del bronce y del mercurio y alcanzaba una consciencia casi táctil de la composición plástica acrílica, con todas las envolturas de cada pieza, de cada obra.

Diferentes a sus anteriores incursiones por el espacio dilacerante de sus objetos seductores –realizaciones de las dos últimas décadas–, distantes de los trajes femeninos, de los accesorios femeninos, de las cuchillas de afeitar, del acero inoxidable, de las agujas de sutura, que revelaban choques sensoriales, las obras expuestas ahora establecían otro rumbo hacia un diálogo inaugurado por una sensación fría de extrañamiento, siempre activada hacia lo humano en demasía.

Con todo, y a pesar de esa distancia, nuevamente se reconocía la necesidad de participación de los sentidos del espectador, de sus sentidos llevados a una consciencia plurisensorial, que aligeraba las distancias y admitía un ambiente aséptico recreado para hacer repensar los recorridos de una condición material mediadora.

Como sabemos, esta dimensión material mediadora ha sido una arremetida constante vivida por la artista como un campo de batalla que resiste firme en su propósito de enfrentarse a nuestras sensaciones transversales, a nuestros dilemas sensoriales, a nuestras incertidumbres. Somos nosotros, espectadores, llevados por las estrategias de Nazareth Pacheco, quienes accionamos una poética visual que no agota sus recursos en fórmulas o esquemas.

Nazareth Pacheco demostró nuevamente, como lo ha hecho en toda su trayectoria, la convicción de un proyecto de obra que no sigue susceptibilidades de la temporada, modas o temperamentos del sistema de arte. En su poética visual resiste y permanece activa una voz inquieta, un registro insistente de una creadora que busca, entre compromisos con sus propios cuestionamientos, una vía de acceso íntimo a la naturaleza humana, a la alteración del patrón y al encuentro con las muchas idiosincrasias que nos forman como seres humanos.

De las excrecencias de las superficies porosas de las imágenes de mercurio, de las láminas frías de bronce, de los usos luminosos del vidrio y del acrílico –estas pieles artificiales tan frecuentes en nuestra cotidianidad artificial–, Nazareth Pacheco nos hace recordar que aún podemos encontrar creaciones a la altura de nuestros dilemas, de nuestros cuestionamientos.

CLAUDIA FAZZOLARI

Nazareth Pacheco, por Claudia Fazzolari | artnexus