Del 7 de mayo al 14 de junio se expuso
en Andrea Rosen la obra reciente de Mika Rottenberg (Argentina, 1976). Titulada
Bowls Balls Souls Holes, esta
muestra fue la expansión de su primera exposición institucional en Estados Unidos
que, realizada en el Museo Rose de Boston, contó con una monografía con ensayos
de Christopher Bedford, Julia Bryan-Wilson, Wayne Koestenbaum, y de la propia
artista.
Intersecando videoinstalación y escultura, la exposición en Manhattan retoma temas recurrentes de la obra de Rottenberg como mujeres voluptuosas que aluden a la sociedad de consumo y al trabajo, reflexionando sobre la lógica del tiempo desde lo que la artista llama “la producción de la suerte”. Esto es, desde imágenes y objetos cuidados que mediante una estética kitsch aluden al capital, advirtiendo sobre el calentamiento global y las redes de producción de los sistemas multinacionales, muchas veces incomprensibles.

Un video en loop de 27 minutos (pieza principal de la muestra) dialoga misteriosamente con las esculturas instaladas al principio y al final de la galería, lo que hace pensar al espectador el tiempo no sólo dentro del video (medio que en sí mismo alude a dicho tropo), sino también de acuerdo a su relación con los objetos tridimensionales. Así, un muro giratorio en la entrada de la galería –con un gran círculo de papel aluminio en un lado y una máquina de bingo catalizadora de la suerte en el otro– lo volvemos a ver en el video de diferentes maneras, haciendo que el misterio se cruce con la ficción y la realidad. Luego de pasar a través del muro, y guiados por el sonido de una grabación, los visitantes bordean una gran estructura amarilla para acceder a la proyección del video a través de un pasillo morado con pequeñas figuras circulares hechas también de aluminio.
El video, cuyo nombre da título a la exposición, comienza en una noche de luna llena donde una mujer de mediana edad prepara una suerte de energía lunar. La mujer está en un descuidado motel, lleva un pantalón rosado con una camiseta negra y está recostada en un colchón sin sábanas. La pared que enfrenta a la cámara es la misma que afuera giraba con un círculo de aluminio, material que es también utilizado por la mujer para disponerlo entre los dedos de sus pies y pinzas de colores para colgar ropa. Quizás arrancó el aluminio de la pared,o viceversa: nada nos permite asegurar las acciones en el tiempo con exactitud, cuestión recurrente en la obra de Rottenberg, que, nacida en Buenos Aires, criada en Israel y basada en Nueva York, genera detalladas imágenes donde lo absurdo se vuelve verosímil y lo mágico mundano, ironizando la lógica canónica del tiempo y el espacio. Aún recostada, la mujer mira por un agujero que hay en el techo y espera que la luna se alinee con ella. Se duerme. Al día siguiente se dirige a un bingo en Harlem, donde trabaja como locutora. El hall es amarillo, tal como el exterior de la estructura que contenía el video, y así, pensamos, una y otra vez, en la relación del video con la arquitectura y los objetos dispuestos en la galería. La cámara filma en close up a la mujer sacando las bolas del bombo. Sus uñas son largas y están pintadas de universos, y los participantes del juego esperan sin mayores ansias los números ganadores. En una esquina, una voluptuosa mujer con poderes mágicos duerme, y nos preguntamos: ¿acaso porque duerme no juega? De vez en cuando un aire acondicionado deja caer gotas sobre su hombro. La despiertan. Se enoja. Molesta, cruza la mirada con la locutora, y entonces cambia la acción, y mientras todo esto sucede, recordamos Tsss Tsss Tsss, la obra dispuesta en la entrada de la galería, que consiste en un aire acondicionado goteando sobre una sartén montada en una cosilla. Y así, el video continúa. La locutora deja caer pinzas de colores por un agujero. Estas descienden pasando obstáculos hasta llegar a una sala más pequeña, donde Mr. Stretch, un hombre delgado y calvo, las adhiere al contorno de su cara. Luego el hombre gira para entonces desaparecer, al tiempo en que las pinzas caen sobre un cielo en algún otro lugar del mundo. Al ser las bolas del bingo las que dictan las acción, por una de ellas la imagen se torna al Polo Norte, que, derritiéndose, alude al calentamiento global en que hoy vivimos. Después aparecen la luna llena y el motel. Todo vuelve a comenzar.
Al final de la galería se exhiben
pequeñas esculturas que, luego de ver la videoinstalación, ya no parecen
extrañas: en una esquina, un pequeño rectángulo vertical amarillo contiene una
figura de aluminio y una ampolleta que brilla desde una lámpara de porcelana
(recordamos, y por oposición en cuanto a la escala, la gran estructura amarilla
de la sala anterior y el muro giratorio con un círculo de aluminio); cinco
jarros de vidrio contienen agua que hierve (recordamos Tsss Tsss Tsss y la imagen del Polo Norte derritiéndose); un
círculo negro en el suelo simula un agujero en la galería (pensamos en el
agujero por donde la locutora tiraba las pinzas de ropa o por donde miraba la
luna en el motel). Todo pareciera estar misteriosamente conectado. Con gran
astucia e ingenio, Rottenberg altera las lógicas automatizadas del tiempo para
reflexionar sobre la producción de fuerzas ocultas detrás de la suerte,
haciendo al espectador entrar en el asombroso pero también alarmante momento
presente.
FLORENCIA SAN MARTÍN
