Miguel Rio Blanco ya fue calificado por
la crítica como el “Caravaggio de la fotografía”. Y la comparación todavía es
válida al observar su exposición más reciente, Teoría del color, en la
Pinacoteca del Estado de São Paulo. En la muestra, cerca de cuarenta trabajos
de este español, de ascendencia aristocrática brasilera, abarcaron desde el
inicio de su trayectoria, en 1960, hasta períodos más recientes, como obras de
2012.
La selección incluyó fotografías, instalaciones, objetos y pinturas, que demuestran la variedad de técnicas y soluciones utilizadas por el artista en la construcción de sus obras. Sus trabajos exploran hasta el máximo el potencial de los más diversos lenguajes visuales, llegando incluso a la integración de unos con otros. Sin embargo, los nivela un punto en común: todos tienen como esencia la fuerza propulsora de la naturaleza pictórica, evidencian la exuberancia de la plasticidad, la pulsión de la materia cromática, el brillo de la luz y el drama de las sombras.

El artista incorpora el collage en la pintura, destaca volumetrías y sugiere ritmos narrativos; en el video establece sistemas combinatorios con la proyección de imágenes detenidas, que tienen en la mira la edición y el montaje cinematográficos. “No es por acaso, entonces, que los ambientes y objetos presentes en las obras de Miguel se degraden, sean precarios y acumulen las señales del uso; los cuerpos exhiben cicatrices; los contrastes y la saturación del color y la luz borran los límites entre los elementos de las imágenes; en fin, se arma una atmósfera de placer y dolor, drama y lirismo, en composiciones bastante singulares en el contexto del arte contemporáneo brasilero”, afirma José Augusto Ribeiro, curador e investigador del Núcleo de Investigación en Historia y Crítica de Arte de la Pinacoteca.
Pintor, fotógrafo, director de cine, creador de instalaciones multimedia, Rio Branco estudió en la década de 1960 en el New York Institute of Photography, y en 1968, en la Escuela Superior de Diseño Industrial de Rio de Janeiro. Comenzó su carrera exponiendo pinturas en 1964, y fotografías y películas a partir de 1972. Trabajó como fotógrafo y director de cine experimental en Nueva York de 1970 a 1972. Posteriormente dirigió y fotografió diversos cortos y largometrajes. Su trabajo premiado fue expuesto en varias oportunidades en los últimos veinte años, como en la Bienal de São Paulo, 1983; el Stedelijk Museum, Amsterdam, 1989; el Palazo Fortuny, Venecia, 1986; Magnun Gallery, París, 1985; Fotogaleria FUNARTE, Río de Janeiro, 1988; Kunstverein, Fráncfort, 1996, y Museo de Arte Moderno de Río, 1996.
Desde la década de 1980, el artista viene buscando en su fotografía y video un trabajo documental de expresiva carga poética, como muestra la instalación Diálogos con Amaú (1983), que marca la transición del artista desde la fotografía hacia la proyección de imágenes. En la obra, la propuesta de realizar un montaje cinematográfico a partir de imágenes fijas se lleva al extremo: ochenta fotos se alternan y se repiten velozmente sobre telones de tejido, creando superposiciones entre ellas. El hilo conductor de las imágenes es una serie de retratos de un indio caiapó sordo y mudo, el Amaú del título.
En la instalación Entre los ojos el desierto, con imágenes producidas en la frontera entre Estados Unidos y México, en la década de 1990, tres proyecciones muestran una sucesión de más de cuatrocientas imágenes. La variedad de tiempos y la combinación de las imágenes sugieren una sensación hipnótica, acentuada por las confusas superposiciones. La obra se refiere a la aproximación de dos géneros clásicos de la fotografía: el retrato y el paisaje. Por un lado, retratos de ojos; por el otro, registros del desierto y de la frontera, escenas urbanas y de ruinas, lugares todos cargados de nostalgia.
En sus fotografías, Miguel Rio Branco adopta la misma carga simbólica y espectral, como hizo con las imágenes registradas en Maciel, barrio deteriorado de la región del Pelourinho, en Salvador, con sus fachadas coloniales semidestruidas, prostitutas y traficantes. De este escenario, el artista extrae una síntesis documental y sociológica, que convive con un discurso estético desgarrador. La carga emocional de esas imágenes, proporcionada por fondos cromáticos de gran fuerza y formas figurativas llamativas (son rostros y cuerpos mostrados en close-up, o también situaciones de degradación y miseria), revela la belleza amarga de su poética.
Recorrer esta muestra es, ante todo, una aventura conmovedora. Significa atestiguar el carácter regenerador de la memoria de la propia obra de Miguel Rio Branco, que reinventa su pasado para componer el presente, en un movimiento circular entrópico. Las obras, dispuestas en una gran retrospectiva, atestiguan la complejidad de la estructura poética del artista, cuyas extensas posibilidades de recursos estéticos destacan por un fuerte compromiso ambiental, ensanchando su sentido místico y ritualista. El espectador recorre así un mundo enhebrado con fragmentos sobrepuestos, transparencias, yuxtaposiciones, cortes y collages. Con situaciones de continuidad y discontinuidad, el todo se revela unido, como un work in progress, un archivo de sí mismo, en el cual el artista es múltiple siendo al mismo tiempo singular.
ALESSANDRA SIMÕES
