Exposición Individualsept 2014 - nov 2014· Por Clayton Kirking

Meyer Vaisman

Eleven Rivington

Retornando a la cercanía de su historia en el East Village, Meyer Vaisman ha marcado su reingreso con su propio sello, grabado y estampado con el año actual del calendario judío, Ayin Dalet, 5774. El regreso de su obra al barrio Lower East Side de Manhattan delimita un período de catorce años que el artista pasó en Barcelona, apuntalado en el año 2000 por su exposición en Gavin Brown’s Enterprise. Estos años significaron un paréntesis en su producción de arte, profundas batallas emocionales, conversión a la ortodoxia y, en última instancia, la recuperación de la productividad.

Al caminar por cualquiera de los dos espacios de que consta Eleven Rivington, quien conociera la obra de Vaisman de los últimos catorce años anteriores podía reconocer su mano de inmediato. O quizás sea más adecuado decir que su mente era evidente, ya que, por lo general, él no se involucra en forma directa en la elaboración de los objetos que se exhiben. Sigue deconstruyendo con efectividad la idea de una obra de arte y ofrece, en cambio, un producto, aunque uno que concreta el concepto del creador. Dan Cameron afirmó en 1987 que las obras concebidas por el artista “[…] enfatizan una anulación […] de la intimidad” y “[…] distancian al observador del proceso de fabricación”. En una forma más sucinta, Irving Sandler, en su ë Lescaze, cuando insistió: “[…] es importante que se sepa que mi participación en estas obras es mínima”.

Exposición Individual: Meyer Vaisman — imagen 1
Meyer Vaisman. Bajo mi pulgar A, 2014. Tintas AGFA UVI sobre álamo contrachapado. 180 x 210 cm. (71 x 83 pulgadas).

Para el espectador de esta época, estas nuevas obras, todas de 2014, eran probablemente menos desconcertantes de lo que fueron las de 1987, cuando un frustrado jovencito derribó una de las cuatro tazas de baño de The Whole Public Thing y la lanzó por la ventana de la galería Sonnabend, pero había que examinarlas con detenimiento. En gran parte, el reto estaba plasmado en la extrema serenidad de los objetos. Las técnicas y tecnologías utilizadas para construir las piezas actuales, ante todo impresiones a tinta sobre tríplex, las hacía suaves y planas; la textura del tríplex casi estaba incluida en la impresión, más que acentuada, de manera similar a sus motivos anteriores ampliados, trabajados sobre lienzo. Además, las piezas murales estaban exhibidas a la inversa, lo que producía un gran efecto. El bastidor estaba sobre la superficie del panel y se había colocado otra capa entre el observador y la obra y el artista. En realidad, había que estudiarlas con detenimiento para lograr entender la obra pero, en algunos casos, el resultado era menos satisfactorio que el proceso.

Las piezas estaban montadas en los dos espacios de la galería, y la impresión inicial en cada lugar era muy diferente. En Chrystie Street, la obra sufrió, en cierta medida, debido al apiñamiento, aunque algunas de las piezas más sólidas estaban allí, en especial Under My Thumb A, la huella del artista. Impresa en blanco y negro, la huella del pulgar flotaba sobre la veta del tríplex; los bastidores, que formaban una cruz, dividían el panel grande en cuadrantes. Esto, a la larga, era probablemente lo más cerca que uno podía aproximarse al artista, incluso si Under My Thumb no ofrecía una imagen clara de la ventana a la que tanto se parecía.

En el espacio de 11 Rivington había más amplitud, lo que les daba más espacio a las piezas y también ofrecía el ambiente intelectual para analizarlas más de cerca. Indiscutiblemente, la inclusión allí de Untitled Flower A, una escultura que ocupaba el piso del centro de la galería, también le dio realce a la exposición. Flower fue muy bien concebida, y fabricada a la perfección, como de costumbre, y lo fueron todas las obras. Se componía de seis piezas separadas que semejaban pequeñas balsas o cuencos que formaban una flor estilizada; las ganas de moverlos y reorganizarlos eran casi irresistibles. Para sorpresa, este deseo atenuaba la distancia impuesta entre el fabricante y el observador. Casualmente, esta atenuación fluía por el espacio más pequeño y, en general, enriquecía la experiencia de esta exposición.

Es difícil determinar dónde estará Meyer Vaisman en el próximo segmento de este ciclo de episodios de catorce años. Sin embargo, parece indudable que seguirá concibiendo y diseñando obras de arte concienzudas que al principio aparten al espectador pero, al mismo tiempo, ofreciendo suficientes y tentadoras pistas para que retrocedamos. El mayor interrogante es si el artista irá o no más allá de este último tratamiento de su propio sello o impronta. Si, como lo proclamaba una de las piezas con venerable dicho, un poco un poco confuso, Ars Brevis, Vita Longa, quizás estemos listos para un poco más de vita.

CLAYTON KIRKING

Meyer Vaisman, por Clayton Kirking | artnexus