La obra de
Glenda León (La Habana, 1976) se inscribe en una línea del arte contemporáneo
que enriquece el legado del arte conceptual y posconceptual, aportando
elementos plásticos no previsibles y argumentos sociales, de género o relativos
a la condición humana propios de nuestra época, ya lejana de la que vivió
Marcel Duchamp.
León expresa sus reflexiones mediante instalaciones, objetos, vídeos, collages y dibujos que concilian la claridad comunicativa en las obras de contenido más social, ideológico y crítico y el misterio propio de la poesía en las piezas de carácter más existencial y meditativo. Esta artista cubana –afincada en Madrid desde 2011–presentó su primera exposición individual en España en la galería Senda, de Barcelona. Algunas de sus obras evocan ciertas contribuciones de la artista británica Cornelia Parker, por el modo en que emplea técnicas y procesos inusuales y en ocasiones violentos, como se aprecia en ese polvo de monedas machacadas caído en uno de sus relojes de arena, o extendido en el dibujo titulado El horizonte del pobre. En otras ocasiones hay puntos de contacto con las consideraciones paramusicales de John Cage, o con los objetos poéticos del catalán Joan Brossa (1919-1998). Pero Glenda León lo lleva todo a un territorio personal y diferenciado.

Una vertiente de su obra presta atención a las relaciones entre el sonido y la imagen. Esta línea de trabajo ha tenido visibilidad internacional en la exposición Bruit Bleu (Montélimar, Francia) y en la instalación La música de las esferas, presentada en el pabellón de Cuba, en el marco de la Bienal de Venecia de 2013. Algunas de las piezas expuestas en Barcelona piden al contemplador que mire silencios, que imagine música o sonidos, que escuche imágenes. Es el caso de sus cuadros en forma de partituras. En una pieza de la serie Silencios viejos, las líneas del pentagrama son irregulares y onduladas porque son líneas de cabello, mientras que una partitura sin notas y desgarrada se titula Silencio interrumpido.
En el video Canalización (2014), estrenado en el contexto del festival barcelonés de videoarte Loop, establece significativos desplazamientos audiovisuales. El montaje relaciona distintos tipos de rituales masivos, gregarios, ligados a la religión, el deporte y la política. La desaparición de la autocrítica y el sectarismo agresivo se encuentran tanto en los fanáticos de un equipo de fútbol como en los de una ideología o una religión convencida de que todas las demás merecen el castigo o la aniquilación. La mitificación del poderoso, el culto a la victoria sobre otros o la autodivinización del líder dictador o presunto representante de algún dios hacen posible la sumisión, la conversión de las personas en rebaño humano.
En este video de Glenda León, una demostración militar china se ilustra con música religiosa cristiana, que pierde así su original carácter sagrado y sirve para poner en evidencia una manipulación, una impostura. Es cierto que la solemne devoción y hasta la adoración antes reservada a los dioses son reclamadas por algunos políticos instalados en el poder por medios militares y no divinos.
Del mismo modo, las imágenes de una celebración de judíos jasídicos casi saltarines quedan contagiadas por sonidos representativos de un club de fútbol griego. Otras imágenes devocionales, pero esta vez de La Meca, quedan contaminadas por el himno de Estados Unidos, tan bello como intruso en el corazón del Islam. El sentido que toma este puzzle audiovisual, compuesto por piezas dislocadas y discordantes, forma parte de una reflexión sobre los usos y los abusos relativos a los comportamientos gregarios, que se expresa también en la instalación La Silla del Poder (2014).
En ella, la artista convierte una fotografía de una manifestación popular caracterizada por la épica revolucionaria en la tapicería de una silla señorial. En el reparto de papeles que representa esta pieza, a la clase dirigente le corresponden la comodidad y el lujo, y al ciudadano, el papel de súbdito aplastable, de individuo sin otra identidad que la propia de una masa informe: no hay rostros, sino manchas fotográficas sin nombre propio en esa tapicería sobre la que se instalará el trasero de algún gobernante con nombre propio escrito en grandes letras.
Otro objeto alegórico con carácter de crítica política es Palabras secretas, un libro ilegible que se refiere a los países alfabetizados donde persiste la censura. En otras obras, la artista alude a los estereotipos que falsean y degradan las relaciones entre mujeres y hombres. Así, en dos mininstalaciones, unas uñas postizas de estilo tigresa y unas pestañas postizas encierran a hombrecillos trajeados.
Finalmente, la instalación En tres tiempos, compuesta por tres relojes de arena, señala lo accesorio y lo esencial. En un reloj, la arena ha sido sustituida por polvo de monedas machacadas. En otro, es oro lo que cae en su interior. Y el tercer reloj está vacío, pero expresa un discreto sonido: latidos de un corazón que representan lo más valioso que puede tener un ser vivo.
JUAN BUFILL
