El blanco impera en todos los ambientes
expositivos, casi vacíos. Aquí y allí, reflejos de luz completan el carácter
ortogonal de finas láminas igualmente blancas que se proyectan hacia fuera de
las paredes. Una caja puesta boca abajo disminuye la luminosidad del foco
eléctrico que sale del concreto, abajo. Algunas hojas de papel se ondulan, como
escapando del suelo. Pequeños papeles pegados, un fósforo quemado, algunos
rellenos de estopa, papel de arroz, cordel y cinta adhesiva testimonian la
actividad primordial del espacio, como si dijeran “aquí montamos exposiciones
de arte”. Todo el conjunto, en su inmaterialidad monocromática, reafirma la
carga simbólica del lugar en el que se inserta, evidenciando la codependencia
entre el arte y el sistema que lo legitima, en este caso, la galería. Los
mismos elementos, en otro contexto, serían interpretados sólo como residuos,
destinados a ser descartados. En su silencio leve y blanco, la exposición de
Fernanda Gomes afirma con elocuencia el peso de las relaciones entre los
agentes del mundo del arte. Como una metonimia, los objetos (o la ausencia de
éstos) se hacen representantes del artista, del montador, del iluminador, del curador,
del espacio expositivo y, principalmente, del ciclo de la obra:
pensar/materializar/exponer. Acaba por asumir una especie de “gravedad sin
peso”, de la que nos habla Italo Calvino en el capítulo sobre la levedad, en su
serie de conferencias publicada como Seis
propuestas para el próximo milenio.

Exhibida en la Galería Luisa Strina, entre el 20 de mayo y el 21 de junio, la individual de la artista fue la séptima desde su ingreso al elenco de la casa, en 1990. Celebra al mismo tiempo los veinte años desde aquella primera exposición y sus cuarenta años de carrera. La galería también completa en 2014 cuatro décadas de actividades, habiendo sido la pionera en la capital paulistana. Las relaciones de su fundadora con los artistas fueron cercanas desde un comienzo. Su primera localización fue el antiguo atelier de Luiz Paulo Baravelli, con la propuesta, que se mantiene hasta ahora, de divulgar la obra de artistas nacionales e internacionales, tanto consagrados como emergentes. Fue la primera en traer al país nombres como Andy Warhol, Roy Lichtenstein y James Rosenquist, además de haber lanzado artistas locales que hoy gozan de indiscutible prestigio, como Cildo Meirelles, Antonio Días, Tunga y Leonilson. Fue la primera galería de América Latina en ser convidada para participar en Art Basel. En Power 100, la lista global de las 100 personas más influyentes en el mundo del arte, elaborada por la destacada revista Art Review, Luisa Strina obtuvo el lugar 71 en 2012, y en 2013 subió diez posiciones, quedando clasificada en el puesto 61.
Parte del importante elenco de la galería, Maria Fernanda Corrêa Gomes nació en Río de Janeiro en 1960 y estudió en la Escuela Superior de Diseño Industrial de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) entre 1977 y 1978. A los 24 años comenzó a trabajar como diseñadora de proyectos gráficos, desarrollando su obra artística en forma paralela. Hizo su primera exposición individual en la Galería Macunaíma, en esa misma ciudad, en 1988. Con una trayectoria que incluye más de treinta muestras individuales, participó en más de 120 colectivas, entre ellas, el evento Arte ciudad: la ciudad y sus historias, celebrado en São Paulo en 1997. Desde el final de la década de 1990 alcanzó proyección internacional, con su participación en la Bienal de São Paulo (en 1994 y 2012), en la Bienal de Estambul (1995 y 2013), en la de Sídney (1998) y en la de Venecia (2003). Sus trabajos están presentes en importantes colecciones públicas y privadas, como las de los Museos de Arte Moderno, de Río y de São Paulo; Museo Jumex, en México; Miami Art Museum, en Estados Unidos; Vancouver Art Gallery, en Canadá; Centro Pompidou, en París; Tate Modern, en Londres, y Museo Serralves, en Portugal, que cuenta con una escultura permanente de Fernanda Gomes instalada en su parque.
Con una poética que desafía las clasificaciones, la artista se apropia de objetos cotidianos frágiles y efímeros, empleando una paleta de colores prácticamente monocromática, extrayendo el potencial expresivo tanto de sus materiales como de las variaciones de luz y sombra que originan pinturas y esculturas leves y sutiles. Sus instalaciones se relacionan fuertemente con el espacio en que se insertan, activando la arquitectura, los materiales y los significados inherentes y específicos del lugar. En cuanto a la interpretación de sus obras, Fernanda Gomes valoriza la incógnita y prefiere dejar la responsabilidad a cada espectador, que debería devorar sin descifrar, mirar para ver. En última instancia, la artista cree que no es necesaria una respuesta, y tal vez ni siquiera sea posible ante el absurdo de la vida. Como ya recomendaba ella misma, en una individual en la misma galería, en 2005: El silencio es el acompañamiento ideal.
NOTA
1. Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio. São Paulo, Companhia das Letras, 1990.
SYLVIA WERNECK
