El joven artista Felipe Barbosa, en la
reciente exposición individual Cuadrado Mágico, en la Sergio Gonçalves
Galeria, presentó dieciséis obras en que se destacan las relaciones entre
operaciones matemáticas y el arte, subvirtiendo el sentido de objetos
cotidianos y dándoles un nuevo significado por medio del montaje de formas y
signos geométricos.
Según el artista, la inspiración para estas obras parte de los significados ocultos de los números, a la manera de lo que creían sufís y pitagóricos, para quienes los números y sus simetrías, entre ellas los cuadrados mágicos, representaban las etapas de la creación. El universo de posibilidades y superposiciones adquiere formas geométricas, como en la serie de paneles hexagonales con fichas y gallardetes de los años sesenta.

Barbosa también se apropia de los gallitos del bádminton, volante usado en este deporte poco practicado en Brasil, pero muy popular entre ingleses; el artista los aglomera, como ya había hecho con lápices y sombrillas. Él no esconde el origen de los objetos al transformarlos en arte, los organiza de una forma que dejar transparentar su origen prosaico, así como en el montaje de una escultura con forma geodésica, hecha con cajas coloridas de galletas. En otras, hace que la distancia del cuerpo del espectador les dé mayor fuerza formal, como las grandes mandalas armadas a partir de pequeños fragmentos coloridos.
En sus trabajos, Barbosa utiliza fragmentos de la cotidianidad, haciendo referencias directas a la Historia del Arte, alterando el significado de los objetos, creando en el espectador una sensación simultánea de proximidad y alejamiento. Detrás del collage y de la apropiación de restos o de objetos industriales, revela la operación constructiva, en el sentido estricto del término, esto es, el montaje de partes preconcebidas por un proyecto. Somete la banalidad de la apropiación al rigor de la construcción mediante procesos empíricos. El crítico Fernando Cocchiarale, en un texto sobre el artista, identifica en la génesis de su obra dos vertientes opuestas, surgidas en el arte de la primera mitad del siglo XX: el Constructivismo y el Dada. En el primer caso, se ve la lógica de la producción industrial; en el segundo, la demolición de los repertorios remanentes del academicismo.
Barbosa nació en 1978 en Río de Janeiro y se graduó en Pintura en la Universidad Federal de Río de Janeiro, donde hizo una maestría en Lenguajes Visuales. El artista expone regularmente desde el año 2000 en diversos países, entre ellos México, Estados Unidos, España, Portugal, Croacia, Lituania, Francia, Canadá, Holanda, Inglaterra, Argentina y Japón. Entre sus muestras recientes se destacan Campo de las Naciones, en la galería Blanca Soto, en Madrid; The Record: Contemporary Art and Vinyl, en el Miami Art Museum; Football, Arte y Pasión, en MARCO, Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, y Consuming Cultures A – Global View, 21C Hotel-Museum, en Kentucky.
Pese a su juventud, Barbosa es muy prolífero, y el conjunto de sus trabajos revela una significativa coherencia. Cabe destacar aquí su actuación en el arte urbano, que podría ser considerada como una inversión de sus presupuestos estéticos realizados en espacios cerrados. Mientras trae a la galería y al museo los vestigios de lo cotidiano, lleva a las calles los resquicios de un sistema estético secular en que el aura del arte se volvió un capítulo finalizado. Así lo hizo, en 2007, con la obra Jardines Móviles, esculturas montadas con juguetes inflables, instaladas al aire libre. O también con Levedad, de 2002, donde llena con botellas de agua mineral el espacio de un espejo de agua en torno a un edificio, como parte de otras acciones sobre el tema de la crisis hídrica en el mundo.
Como un archivista, un cartógrafo, Barbosa acumula signos de lo urbano, vestigios de las ciudades por las que pasa, coleccionando tiquetes de metro, tapas de botellas de bebidas, entre otros objetos que habitan el universo residual y reiterativo que lo apasiona. Así, lleva a cabo el simple hecho de que la caminata le proporcione la experiencia de la imaginación y de la invención, como afirmó el filósofo Michel de Certeau en el libro La invención de lo cotidiano: artes del hacer, al definir que el andar es a la ciudad como el habla es al lenguaje. Y así como el lenguaje tiene por naturaleza su apertura a la pluralidad de sentidos e interpretaciones, también así debe ser comprendida la ciudad.
La marca de lo urbano está subentendida en el trabajo de Barbosa como un principio propulsor de algo mayor, pues es evidente su relación con un sentido más simbólico y mítico. Como un demiurgo contemporáneo y un crítico del capitalismo cognitivo y cultural, el artista nos lleva a concluir que la opulencia de la sociedad de la acumulación se deshace en desechos. Sin embargo, estos mismos restos pueden ser rehechos a la luz de la operación estética. Como pequeñas fantasmagorías que señalan la frivolidad del consumo y el propio límite del lenguaje visual en la contemporaneidad bombardeada por el dominio de la imagen, sus obras además revelan la fuerza del arte. Como en la matemática, su obra reposa en una misteriosa paradoja.
ALESSANDRA SIMÕES
