Exposición Individualsept 2014 - nov 2014· Por Ricardo Pohlenz

Daniel Lezama

Galería Hilario Galguera

Daniel Lezama le contó a Sonia Sierra –para una entrevista que se publicó en el periódico El Universal– que hizo una imagen a la que llamó Árbol nodriza, que describió como “el árbol que alimenta a los niños antes de nacer, el Chichihualcuauhco”. Después de esto, descubrió otro árbol mitológico, el Tamoanchan: “El paraíso es el Tlalocan, y en el centro hay un árbol que sostiene el cielo; ese árbol es la causa de que la humanidad nazca; en él se mezclan las energías del cielo y la tierra; de ahí nace el tema del hombre, como mezcla de dos fuerzas”. Esta explicación define en gran medida el tema de los óleos que ha producido y presentado para Tamoanchan, su nueva exposición en Hilario Galguera: los árboles míticos

En el imaginario visual de Lezama siempre han abundado motivos y tratamientos que afirman –de manera tan violenta como categórica– un ideal de belleza nacional decimonónico de tintes naturalistas. Hay una profunda vocación narrativa en la pintura de Lezama, que es evidente en las puestas en escena de sus lienzos, donde más que ser el último hijo del muralismo mexicano (aunque no se dedique a pintar paredes) parece ser un bisnieto remiso de Delacroix.

Exposición Individual: Daniel Lezama  — imagen 1
Daniel Lezama. Árbol nodriza, 2012. Óleo sobre lino. 240 x 320 cm. (94 ½ x 126 pulgadas).

El nombre de su nueva serie, Germinal, es una declaración de principios, en los términos en los que el artista siempre le ha rendido culto a Émile Zola, más por el libro –por supuesto– que por la película que dirigió Claude Berri y que tuvo como protagonistas a Gérard Depardieu y a Miou-Miou. Hago la aclaración porque su pintura no deja de ser cinematográfica, pero tiene que ver más con el imaginario visual del cine de evasión desarrollado digitalmente los últimos veinte años que con la consigna del melodrama de masas. Existe, por supuesto, un compromiso político por parte del artista, tan lleno de exaltación y fatalidad. Sus personajes encarnan la apoteosis de una lucha perdida que nos hemos aprendido de memoria; una tradición –que comparte México en cierta medida con otros países latinoamericanos– donde la historia, la literatura y el arte han repetido como letanía la vindicación del despojo que han vivido obreros y campesinos. Con esto no quiero etiquetar –por supuesto– a Lezama como un luchador de clases. No creo que la glorificación de sus modelos (y en esto me refiero a sus modelos en cuanto a estándares de la población mexicana promedio; según le dijo Lezama a Mónica Mateos Vega de La Jornada, en junio de 2012, no usa modelos) tienda una mano a esta mayoría silenciosa a la que parece retratar en sus óleos de gran formato. Según confiesa en esa misma entrevista, quizá el único misterio de su obra sea “imaginar la ficción”.

El verismo grandilocuente y provocador que caracteriza el tratamiento de sus figuras (y que se ha convertido en algo emblemático) no es más que la apariencia, el trazo que rescata y recrea –como alusión o referencia– el catálogo mental del que se vale para construir los contenidos alegóricos de sus lienzos (que resultan tanto o más fascinantes que la belleza brutal de sus composiciones y su mano de pintor). Lezama ha sabido transcribir las cifras de un grabado medieval en un medio que emula la estridencia del cartel publicitario.

En la evolución de la obra de Lezama, sus alegorías –las ficciones que representa en el lienzo–, reinventadas una y otra vez, han acabado por devorarse a sí mismas (como el Ouroboros de los alquimistas) para dejar de ser una reflexión de temas pictóricos y convertirse en una escatología. Lezama hace revisión de algunos mitos prehispánicos en sus lienzos y los actualiza para traducirlos como los símbolos que definen una realidad contemporánea. Sería injusto decir que Lezama retrata la alegoría de una realidad social, a mitad de camino entre el danzante del Zócalo y el albañil, entre la curandera y la criada. Entre la alegoría y la escatología hay un salto al vacío, y para no caerse recurre al mito. En el lienzo que le da título a la exposición vemos dos cuerpos entrelazados por brazos que se continúan como una columna de serpientes. Las cabezas de las serpientes –como cables de alta tensión– iluminan el cielo y sugieren la copa de un árbol. Las energías primordiales que unen al cielo y la tierra son una alegoría de la energía eléctrica (o la Compañía de Luz); el árbol mítico ha sustituido a los electricistas en una pintura donde la magia ha sustituido al progreso como fuerza de transformación. O tal vez no. Germinal es literal en sus contenidos: son cuerpos que también son plantas. Es el Jardín de las Delicias, pero también la Criatura del Pantano.

Lezama ha sabido reinventarse en la escatología que ha creado a partir del agotamiento de sus alegorías. El primer impacto puede hacerte caer todavía en lo evidente (el sueño de la razón crea monstruos) pero queda pendiente revisar la importancia de Lezama como parte –o respuesta, según quiera verse– del imaginario político que surge del neoliberalismo.

RICARDO POHLENZ

Daniel Lezama, por Ricardo Pohlenz | artnexus