De las entrañas de un samurái
brotaba el paisaje. Un río fluía por medio de su ritual. Ojo de agua (sangre)
cuyo origen se hallaba en el cuerpo diminuto del guerrero inclinado en la
cartulina. El hálito de vida que se perdía transformado en nuevo flujo. La
transfiguración que tenía lugar en aquel haraquiri, con su callado dramatismo,
fue protagónica en el conjunto de dibujos de pequeño formato que recibía al
público en The Pure Land, la reciente exposición de Yornel Martínez en el
Centro de Desarrollo de las Artes Visuales. Las características de la pieza y
del grupo donde estaba inserta en general destacaban el rol cardinal del dibujo
como medio de expresión en la trayectoria del artista. También ese primer
segmento definió una cartografía simbólica, cuyos accidentes eran el apunte de
una geografía sin dudas metafórica en la que se validaba una dimensión otra del
paisaje. Sitios mentales que expresaban la manera de ver que privilegia el
discurso de este creador.
En Los astros controlan el tamaño de las flores pero no el movimiento de una mariposa (2008), Contemplando la luna en una gota de vino (2009), El payaso invisible y el girasol marchito (2009), La colina (2009) y La vuelta al mundo en 80 soles (2013), la caligrafía de Martínez estaba inserta en el interior de las imágenes, completándolas. Era precisamente ese contrapunteo entre la figuración mínima y los textos lo que terminaba corroborando el rol de lo visual en las representaciones.

Aquellos dibujos sutiles, y aun los otros que integraban la exposición –como el trazo en la pared en Los afluentes del cielo (2014), la intervención en Meditación en el lago (2010) y la extrema austeridad de El observador (2013)–, vistos en perspectiva en relación con sus otros gestos (el trato con las cosas encontradas, lo realizado a partir del cartón de embalaje, el espacio de publicación en que ha convertido la revista alternativa P-350 y los versos encajados en las marquesinas de algunos cines habaneros como parte de su proyecto Exergo), nos llevan a concluir que la suya es una producción habitada por lo lírico, y de igual modo por el misterio. La poesía es sin dudas centro, pero no acción escritural, sino imagen. Imagen plástica. Una imagen que convierte en tangible lo inexplicable y que actúa a partir de medios diversos: dibujo, pintura, collage, junto a instalaciones, objetos, caligramas, esquivas formas escultóricas y arte público. Un lugar donde el lenguaje se dilata, extiende, y se redimensionan ideas, representaciones o simples materiales tomados de lo cotidiano.
The Pure Land proponía un viaje, y con ello, la ruta de uno de los accesos posibles a la creación de Yornel Martínez. Sus fundamentos esenciales estaban en la poesía que atraviesa toda la obra del artista y en el paisaje que con ella tiene advenimiento. Sus trabajos eran vistas o panorámicas, en las que gravitaba un afán semejante al que Martínez vislumbrara tras la geografía mental común a un grupo de poetas que soñaron Asia, queriendo encontrar la tierra pura para sostener con certeza la palabra (T. S. Eliot, Ezra Pound, Antonin Artaud, Julián del Casal, José Lezama Lima y Severo Sarduy, entre otros). Él, sin embargo, va más allá de esa zona de pensamiento, se mezcla con Occidente y mantiene una estrecha relación con la filosofía, su historia, y con el mundo del conocimiento en su sentido más amplio.
En otra sala, separada del resto, se extendía en el espacio The Pure Land, pieza que dio título a la exposición. Era una línea que cruzaba la sala de extremo a extremo. En ella, un horizonte se dibujaba desterritorializando la noción de patria. Su trazo en el espacio fue cubierto de manera aleatoria con fragmentos de mapas en los que resultaba imposible definir países. La idea de naciones no tenía sujeción en ella; sin embargo, los visitantes buscaban en los nombres que azarosos alcanzaban a leer, mientras la recorrían queriendo descubrir las convenciones habituales en la presencia de aquel concepto suspendido ante sus ojos.
El paisaje terminó destapándose en los espacios de significaciones que las obras de esta exposición propusieron. Con mínimos recursos se establecieron lugares sutiles. Evocaciones. Los suplementos verbales fundaron otra posibilidad de ser para las cosas, descubriéndolas en su profundidad, iluminadas por un sentido de la naturaleza que tendía hacia el panteísmo, por cuanto en aquella totalidad que sucedió entre lo macro y lo micro como universo, el hombre fue tan solo ínfima porción. Aquellos místicos parajes eran un elemento unificador de la propuesta de Yornel Martínez, y, cuando el artista elucubró esos horizontes expandiendo sus posibilidades de expresión, nos llevaba a descifrar, tras las ruinas de lo cotidiano, la poesía visual con la que invita a ver.
CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
