Exposición Individualjun 2014 - ago 2014· Por Raphael Fonseca

Thiago Martins de Melo

Mendes Wood

Thiago Martins de Melo, representado por la Mendes Wood DM, mostró sus trabajos en un nuevo espacio de la galería, en la Vila Romana, un gran galpón capaz de albergar obras de gran escala. En esa zona el entorno tiene un carácter más industrial, lo que genera un ambiente nuevo en la forma en que el público establece un diálogo con las imágenes. Las paredes también son blancas y bien iluminadas, pero el peso de la arquitectura sobrepasa cualquier tentativa de transformarlas en la neutralidad del cubo blanco.

Seis pinturas componían la exposición; la más pequeña tenía 360 cm de altura, y la más grande, 5,2 m. Caminar por el espacio e intentar aprehender la monumentalidad de esas pinturas era una tarea difícil. ¿Cómo ilustrar detalles que no alcanzaba en la verticalidad propuesta por Thiago Martins de Melo? No era posible. Huyendo de la seguridad descriptiva de mi mirada, me detuve en la estructura de esas imágenes, o sea, en las propuestas formales hechas por el pintor en su relación frontal con el espectador.

Exposición Individual: Thiago Martins de Melo — imagen 1
Thiago Martins. Árbol de la sangre y fuego que consume cerdos, 2013. Óleo sobre tela. 390 x 360 cm. (153 35/64 x 141 47/64 pulgadas).

De las seis pinturas, una tenía un formato diferente al conjunto: en lugar del carácter ascensional, el público se encontraba con el formato de una cruz. Ese elemento estaba subrayado hasta en el título de la obra, La cruz es el trono neocoronelista. Allí se percibía la figura de un cerdo trajeado y entronizado. Junto a este estereotipo visual del hombre de negocios que ostenta su Wayfarer de Ray-Ban, personas armadas, listas a defender el neocoronel. En ese campo de batalla, dos escorpiones entran en escena por los costados de la cruz.

La iconografía cristiana sufre una alteración fundamental: la figura del mártir sale de la parte superior y entra un ícono del imperio del capitalismo contemporáneo. Quienes pasaron por un trauma histórico se ven empujados hacia la parte de abajo de la imagen y se encuentran compartiendo un espacio asfixiante: un indio, hombres negros y otras figuras sugeridas a nuestra mirada. El corte no se da solamente con las figuras humanas, sino que también se nota el contraste entre los colores del paisaje que aparece en el polígono y la aridez de toda la parte superior de la imagen, necesaria para la supervivencia de los escorpiones. Pensando en la Divina Comedia de Dante, en esta propuesta no hay espacio para infierno y paraíso, dada la insistente repetición de una configuración de la historia del Brasil desde los tiempos coloniales, o sea la relación entre explotador y explotado.

Las figuras pintadas por Thiago Martins de Melo no podrían, sin embargo, quedarse calladas. Como en la pintura que recibía al espectador a la entrada de la galería, titulada Árbol de sangre y fuego que consume cerdos, ese grupo pictórico parece versar justamente sobre un embate mitológico en el campo de la pintura, más latente y diario en la vida en suelo brasilero. Una serie de rostros entre aquellos que pueden considerarse como algunos de los revolucionarios de la historia del Brasil son contrapuestos a las efigies de quienes han gobernado la nación. Antônio Conseilhero, la esclava Anastásia y Lampiao están rodeados por personas que, entre las llamas, llevan machetes y hoces. En las raíces de ese “árbol de sangre”, los bustos de algunos de los responsables por la sangre derramada y por el exterminio que continúa expandiéndose por el territorio brasilero, desde Oiapoque hasta Chuí. Masacres que quebrantan el movimiento de Los Sin-Tierra, la violencia policial que destruye familias en las favelas y el espacio destinado a los indígenas que es ocupado por las madereras.

La búsqueda artística de Thiago Martins de Melo parece versar sobre ese juego entre lo consolidado y lo inestable dentro de la cultura y de los juegos de poder en Brasil. No se trata de una producción panfletaria, sino de una profundidad de capas de lectura. El color es un dato fundamental en las imágenes de esa exposición, pero alejado de la oferta carnavalesca de algunos brasileros que escogen temas que juzgan ser “originales de la tierra nuestra”, tropezando en el modernismo o en una investigación meramente formal. Prefiero recordar los ciclos pictóricos ricos en color encontrados en la iglesias de Venecia, bajo la autoría de nombres como Tiziano, Veronés y Tintoretto. El artista crea, como los grandes maestros, una narrativa visual concordante con los traumas de la terra brasilis: sin comienzo ni final, sin ser lineal a través de una perspectiva transhistórica, no tenemos un mosaico de Brasil, sino la resonancia de nuestro estómago, donde se codean tumores benignos y malignos.

Resulta irónico visitar esa exposición en el aniversario de los ochenta años de un cuadro clave del modernismo en Brasil, Obreros, de Tarsila do Amaral. La artista pintaba rostros lado a lado para reflexionar sobre la creciente explotación de mano de obra inmigrante y mestiza de São Paulo. Casi un siglo después de esa imagen, otros pintores como Thiago Martins de Melo deciden crear un paisaje menos ilustrativo, organizado y “paulistacéntrico”, mostrando una cercanía mayor con el infierno de Bosch. Los obreros ya no son los otros, sino nosotros mismos. 

RAPHAEL FONSECA

Thiago Martins de Melo, por Raphael Fonseca | artnexus