Pedro Motta produce una nueva estructuración
del paisaje. Con medios en apariencia simples obliga al espectador a volcar una
visión consciente frente a la naturaleza.
El artista brasilero nació en Belo Horizonte (1977) y actualmente vive en la localidad. Su trabajo presupone una crítica y un testimonio del cambio o la acción producidos por los seres humanos.
Las cimas de los árboles son como raíces bebiendo los cielos es el título de la exposición que tiene lugar en la galería Bendana Pinel de París, del 15 de marzo al 10 de mayo. Allí muestra su concepción del mundo y resume una descontextualización espacial.
El campo conceptual es vasto y va desde el concretismo y la performance hasta el nuevo campo de las tecnologías.

Motta sigue una evolución propia del arte brasilero en la que el conceptualismo y la apropiación son ‘digeridas’. Y no hace solo referencia a la antropofagia cultural.
Todo comenzó frente a la mirada inquisidora sobre los diversos colores de la tierra y su calidad específica según la geografía. Aunque en Pedro Motta los elementos se aúnan en la sutilidad. Y una reestructuración de valores, a partir de la imagen.
La naturaleza se muestra con todas sus limitaciones, en oposición a un romanticismo extremo y a la objetividad científica.
Todas las obras presentadas son de este año. En la tarjeta de la invitación, la raíz mira al cielo. La frase del título –en una visión desde Los Ángeles– es parte de un poema de Rainer Maria Rilke, extraído de la compilación de Verger (1926).
La referencia es intencional ante otras formas de subjetividad que se establecen en la actualidad.
¿Induce acaso un elemento de angustia kierkgaardiano para producir un nuevo salto?
Su tema se centra en el problema general de una cultura. El nombre de Brasil asociado a la tierra roja induce a un origen y una pertenencia cultural ancestrales.
Así, aparentemente en la Naturaleza de las Cosas, serie de cinco trabajos de 61 cm por 55 cm, en una edición de tres. El cielo toma un tercio de la imagen, y el suelo, el resto. Invierte así las reglas de composición clásica. Y la tierra destaca los dos colores principales, en rojo y amarillo. El árbol muestra el resto de su copa.
Y el artista interviene des-dibujando y recomponiendo la parte esencial nutriente: la raíz. Esta parte vegetal queda incisa: invisible/ visible expresando la ambigüedad de la situación a la que el artista quiere someter el contenido.
Desde este ángulo, la perspectiva se ha invertido, y el ser humano debe volver a poner sus pies sobre la tierra, pero desde el cielo, en una nueva espacialidad y concepto de profundidad. Según esta construcción, el punto de vista avanza y la línea de horizonte se acerca. La propuesta parece ahogar la imagen en su esencia espacial.
La muestra está también construida, en su mayoría, con obras medianas y de formato a repetición. Archipiélago (2008-10) y Paisaje en suspenso (2010-11) son las de mayor tamaño, con 100 cm x 100 cm.
En la primera despliega las posibilidades técnicas de los nuevos medios. Es un espacio confinado, tomando como punto de partida el desmembramiento de un paisaje anterior hecho con tierra.
Espacio confinado, Testimonio y Pivotante son fotografías intervenidas de 2014 –serie de obras en blanco y negro de 45 cm x 45 cm–, donde el título y el tema se expresan al unísono. Sólo una de las obras tiene otra pigmentación, y no por casualidad es rojiza.
¿Ejemplo poético del ocaso? ¿Transposición de una tierra febril? ¿O un reflejo de El grito de Munch hacia lo mineral?
Bajo la presión ecológica, la tierra se transforma en carbón. Y es allí donde el horizonte se eleva por acumulación. Aumenta la perspectiva y aumenta la cocción… Es la consubstancializacion de los elementos en carbón.
Alquimia extrema de una transformación profunda: el negro sobre negro, el cuadrado de Malévich y el presagio de un nuevo realismo están presentes.
Según nuestra interpretación, el artista se excede en el tema yendo hasta los niveles más profundos del imaginario colectivo.
Una musicalidad específica, poética y de una marcada soledad se desprende de estas imágenes.
El origen etimológico de la palabra Brasil aún no se identifica claramente. Aunque, según las teorías, se aceptaba que la mención más remota del término podría ser encontrada en el idioma de los antiguos fenicios. Este vocablo se utilizaba para nombrar a un colorante rojo utilizado por esta civilización.
Pero ahora se refiere al palo brasil, del que se obtiene una madera de color rojizo, y también pigmentos.
Y cuando los exploradores portugueses hallaron esta especie de una tonalidad tan rojiza, lo pusieron palo brasil, pues brasil viene de brasa. Estos árboles exportados contribuyeron al crecimiento de la economía, produciéndose así una identificación entre el territorio, el nombre, la especie vegetal y su transformación en producto.
Una poderosa industria se constituyó, naciendo el monopolio, pero también la extinción de la especie.
Así, el rojo, el árbol, la tierra y la identidad de la nación se conjugan en estas imágenes de poderosa carga artística construidas con carbón. La madera y su combustión simbólica inundan esta nueva expresión.
Pedro Motta compone con la naturaleza y la acción del hombre convirtiendo las imágenes que transforma.
Las imágenes son resultado de una lenta elaboración. Motta trabaja con sentido de depuración, construyendo pero estableciendo nuevas leyes. Retoma así el tema de la condición de supervivencia de la naturaleza. Quizás también ha encontrado una solución a partir de su intervención plástica. Y que la síntesis consista en reelaborar el proceso de una cultura desestabilizada en las bases. Invertir las reglas del paisaje aparece como parte de la exploración de lo sideral y del cambio cultural del siglo XXI.
SUSANA SULIC
