La exposición de Nuno Ramos en la
Caixa Cultural de Río de Janeiro tenía como mecha la referencia que el propio
título enfoca, o sea la canción Hora de la razón, compuesta e
interpretada por Batatinha y lanzada en 1976. El músico se hizo más conocido
con otras regrabaciones de composiciones suyas hechas en esa misma década, que
permitieron, por ejemplo, que el artista haya escuchado esa canción en la voz
de Caetano Veloso.
¿Pero sobre qué versan esas palabras cantadas? “Sufrir también es mérito/ cada uno tiene su momento/ cuando la hora es de la razón”, dice la voz cálida de Batatinha. Se conjugan las ideas de sufrimiento y de razón y se hacen parte de un mismo tronco; el sufrir no se ve como un entorpecimiento del ánimo entregado a una perspectiva romántica de la existencia. Sufrir puede ser un acto casi meditativo capaz de ser recodificado en versos que se repiten y se acompañan con una guitarra lenta y con intervalos. Como Nuno Ramos apunta, “Más que propiamente tristes, son obras sobre la tristeza, sin que por ello se pierda lo concreto de cada canción”.

Esa materialidad que la repetición trae en la voz de Batatinha me parece que también se aborda en las esculturas propuestas por el artista de São Paulo. Se yuxtaponen estructuras de vidrio al latón, acero inoxidable y cobre, creando espacios que se parecen a edificios transparentes que protegen tres monitores. Sobre ellas escurre brea vegetal, material extraído de ciertos árboles, que aparece en otros trabajos de Nuno Ramos. Al escurrir sobre las tres estructuras presentes en el espacio expositivo, contribuyendo a la lenta distorsión de la transparencia de esos acuarios, nos permite interpretarlas, como lo sugirió el artista, como un segundo “choro negro” (“llanto/canto negro”), nombre de un trabajo suyo presentado en 2004. Se invita al público a compartir ese dolor lento que sería capaz de escurrir en la sala por un tiempo ciertamente superior al período de visita de la exposición.
Entretanto, esas redomas se transforman en cajas acústicas a través de tres diferentes voces que se muestran al público portando una guitarra y canturreando por un período largo la Hora de la razón. Eduardo Chimachauska (artista visual y también compositor, como Nuno Ramos) y dos exponentes de la llamada “nueva música popular brasilera” dan sus tonos diversos a la composición, del mismo modo que lo hicieron Ramos, Caetano, entre otros. Batatinha cantaba que “alguien va a bailar samba conmigo/ pero el nombre no lo digo/ guárdolo en el corazón”. Al oír esos versos en momentos diferentes, pero en un mismo espacio, tenemos la certeza de que no necesariamente lidiamos con esa música en primera persona del singular, sino también en tercera persona.
No podemos tampoco olvidarnos de aquellas imágenes que crean una linealidad en las paredes de la sala, en cuanto el público es convidado a rodear esas esculturas sonoras. Setenta y ocho veces se leía la palabra “Munch” entre los límites de las márgenes de papeles. Las ondulaciones de la brea y sus matices cromáticos del negro al rojo, pasando por el amarillo, aparecen sobre los papeles, pero ahora con la ayuda de hojas de bronce, plata y oro. Aquí no está la cascada de tono monumental de las esculturas que lloran, sino la invitación para apreciar las pequeñas caídas de luz y color que traen a la vista esos papeles recortados. La linealidad de las estructuras de vidrio que estaba cortada por la caída de la brea también contrasta con las formas orgánicas y las espesas capas de materia de ese pequeño altar para el pintor noruego Edvard Munch (1863-1944). Podríamos restringirnos a esa lectura de la exposición que piensa las imágenes de la producción de Nuno Ramos con una aproximación al arte a través de la idea de expresión, una manera de ver algunos trabajos contemporáneos como herederos de aquello que la generación siguiente a Munch convino en llamar expresionismo.
Una vez más, sin embargo, al leer las frases del artista, descubro que esos trabajos fueron producidos en 2011, después de la muerte de su madre. “Quedé tan atontado que pasé algunos meses en el taller, vagando de aquí para allá, dibujando e intentando calmarme. 78 es el número de años que vivió, y que yo quise, de alguna manera, recorrer en estos dibujos. A veces hacía dos o tres en el mismo día; a veces rompía todo; a veces no hacía nada”. Lejos de querer reducir de manera psicoanalítica esa exposición a un dato biográfico (que se configuraría también como una invasión mía al doloroso momento que atravesó no soólo el artista, sino un ser humano), insisto en mirar este conjunto de reflexiones visuales sobre la pérdida, el “choro” o llanto (en cuanto ritmo musical y en cuanto acto físico), y la herencia de Munch, como una especie de monumento a todo aquello que se desvanece: el amor, la vida, la familia, la presencia física, en fin.
Volviendo a las sabias palabras de Batatinha, pero buscando el diálogo con una de sus primeras composiciones, titulada Diplomacia, –“Mi desesperación nadie la ve/ soy graduado en el arte de sufrir”–, y que nuestros sufrimientos se encuentren con los de Nuno Ramos.
RAPHAEL FONSECA
