Es complicada. La fusión,
equiparación o integración del arte prehispánico con/en el arte contemporáneo.
Aunque estéticamente la posibilidad de éxito es mayor (comparando logros
puramente visuales), los ánimos, intenciones y funcionalidad de uno y otro arte
son tan divergentes que imposibilitan puntos de unión. Conocer, estudiar y
apropiarse del peso de la iconografía prehispánica es indispensable para poder
jugar con la mezcla. El artista Mario Silva es un estudioso de la cultura
precolombina, y con este antecedente, son altas las esperanzas de que de la
relectura de lo antiguo pueda surgir algo de interés. Sin embargo, en Nocturno
no ocurre así. No ayuda el entorno, o más bien, lo empeora.

Silva ha trabajado con la herencia prehispánica y su delirante inclusión en lo posmoderno en numerosos proyectos. El libro Lords, pyramids and replicas: images from the North Coast of Peru (2006) es buena muestra. Un retrato del simbolismo de la cultura Moche del Perú adoptado por el matrimonio publicidad y propaganda del siglo XXI. La serpiente muda de piel (2011) fue una exposición de fotografías que giraban alrededor de la idea de metamorfosis, concepto axial en las culturas prehispánicas. En Altares de camino (2013) documentaba las pequeñas construcciones que jalonan la carretera Panamericana, con las que familiares y amigos homenajean a personas fallecidas en accidentes de tráfico. En Nocturno se abandona la faceta “documentalista” en favor de una dimensión más personal, y retoma la noción de metamorfosis aunque de una manera superficial. Lo que vemos en la oscura –nocturna– sala del MAC (Museo de Arte Contemporáneo) es una selección de fotografías, videos y vitrina con piezas arqueológicas pertenecientes a las culturas Mochica y Humaya. Una pieza de audio inunda el espacio con los sonidos que emite la que es realmente la protagonista de esta exposición: la lechuza. La rapaz evoca la nocturnidad y enlaza con las culturas representadas en la vitrina. En las instantáneas, encontramos a un personaje humano-animal, un hombre tocado con una cabeza de lechuza, en paisajes de noche y con referencias decorativas a, nuevamente, las culturas pasadas. Intento vislumbrar cuál es el producto sugerido por el diálogo. No parece tarea fácil, a no ser que no exista tal sugerencia más allá de un ejercicio de conexión estética. Leo el texto que hay en uno de los muros: “[...] explora la visión animista de seres ligados indefectiblemente a los ciclos naturales”. Bien por la exploración. Pero ¿cuál es el resultado de la misma? O planteemos una pregunta más exigente: ¿Qué ocurre si Nocturno es expuesto, no en un contexto artístico, sino publicitario? Las fotografías podrían pasar como anuncios de una línea de ropa o de una marca de alcohol. Utilizando sin justificación elementos prehispánicos, en una operación confusa que tiene más de postura que de asimilación. Es como cuando vemos a los jóvenes del barrio hipster donde está localizado el Museo, Barranco, con pendientes dilatadores en las orejas. Probablemente han quedado fascinados con los aretes porque se los han visto a un hip-hopero en MTV. ¿No saben que en la cultura mochica los hombres llevaban esos pendientes? Por los anteriores trabajos de Mario Silva constato que el artista no es desconocedor de sus orígenes. Que maneja la terminología y la funcionalidad de los objetos mochicas y humayas que introduce en su trabajo. Pero no logro adivinar la intencionalidad de la operación, la polisemia (esa es una de las características del arte, en comparación con la publicidad. La primera busca tener varios significados, la última, no). Quizás mi mirada haya quedado sesgada por lo visto en la sala de enfrente; una muestra de diseños de Agatha Ruiz de la Prada. Una incursión abiertamente comercial en el llamado museo de arte contemporáneo. Como decía Dinio, personaje de la farándula española, “la noche me confunde”.
JUAN JOSÉ SANTOS
