Laboriosas, lúdicas y dedicadas
el conjunto de veinticinco piezas fotográficas y una instalación que reunió la
fotógrafa Marina Font bajo el nombre de Dark
Continents (Continentes oscuros), en su tercera muestra individual en la
Galería Dina Mitrani, hablan del tiempo de la mujer, de la complejidad de la
psique y de las metáforas de la exploración femenina. Esta exposición continúa
el camino de reflexión que la artista hace acerca de lo femenino, el género, y
las cuestiones enigmáticas e intrínsecas de la mujer, esta vez desde un lugar
más cercano a la biología, los ciclos y la fertilidad.
El término Dark Continents fue acuñado originalmente por Henry Morton Stanley en su definición acerca de África, y posteriormente empleado como analogía por Freud en el ensayo Questions of Lay Analysis (1926), en el que sostiene que para el estudio de la psicología, tanto la psique como la sexualidad femeninas son regiones oscuras, difíciles de asir, complicadas, ajenas. Esta analogía pretende, por una parte, aseverar la incapacidad del otro para comprender la complejidad del género femenino, y por otra, exaltar la inquietud y las capacidades del conquistador (de regiones o mujeres). Así, en la obra de Marina Font, el cuerpo se entiende como una superficie topográfica, un mapa metafórico de las complejidades del ser interior.

Dark Continents está compuesta de dos cuerpos de trabajo muy distintos: por un lado, un extenso conjunto de fotografías impresas en blanco y negro sobre lienzo de un mismo cuerpo de mujer, a veces completo, a veces fragmentado, intervenidas manualmente con bordados, blondas, botones, tules y telas, que conectan con las actividades domésticas atribuidas a la femineidad y las labores manuales; y por otro, una instalación y dos piezas de fotografía sin intervenir, en colores y de corte más conceptual, que refieren a los ciclos de fertilidad de la mujer en general y, específicamente, de la propia artista.
Llama la atención la estrategia formal de este primer cuerpo de trabajo de fotos intervenidas manualmente, en el que Font emplea la repetición de la pose. Ello implica un cuestionamiento justamente a la serialidad, a la generalización del género, mostrando una mujer con postura asexuada que se planta frontalmente ante el mundo, como modelo analítico, a la vez objetual, y que pone en cuestionamiento la relación sujeto/objeto entre la mujer y el espectador. El cuerpo se posiciona aquí como un vehículo para la expresión de la pérdida de identidad corporal, algo así como una membrana divisoria entre las imaginativas fronteras internas y externas; sugiere, así, alienación, por una parte; y por la otra, busca “tejer” metafóricamente –a ratos más obvios que otros– espacios interiores de ciclos, hormonas, fertilidad a partir de dichos tejidos. La obra de Marina Font se cimienta en una preciosa simplicidad formal, y suele trabajar sobre una base estructurada que repite para hacer más evidente su mensaje; así, de forma intencionada, pretende no confundir con cambios innecesarios en las formas; por ello, al final, la imagen fotográfica prácticamente desaparece, nos olvidamos de ella, para dar paso a otra cosa: el trabajo manual, paciente y laborioso, pareciera hablar también acerca de las virtudes morales de prudencia, justicia, fortaleza y templanza que intrínsecamente se asocian con la mujer. Quizás la artista desea apuntar con ello a una suerte de serialidad que proviene de un análisis más biológico/anatómico que representa a la mujer como objeto de estudio en láminas de anatomía, intentando así elaborar una suerte de poética de lo que caracteriza al género, distintivos sine qua non de lo que define al hecho de ser mujer. Algunas más evidentes que otras, como en la que el cuerpo está bordado (prisionero) dentro de una jaula de pájaro, o más sugerentes, como en el caso de Royal (2013), en la que apliques de crochet cubren completamente el rostro de la modelo; estas obras sugirieren precisamente esa libertad creativa, que contrasta con la rigidez de la pose, y representan a la vez los intricados misterios del cuerpo y la mente, claramente, los otros continentes desconocidos de lo que implica la femineidad. Font habla, a partir de la labor doméstica y manual, de lo que la mujer “debe” ser/hacer, y se enfrenta de modo poético a un cuestionamiento acerca de los roles impuestos sobre el género, mientras reflexiona acerca del inconsciente colectivo en el que se registran las experiencias que marcan la vida de una mujer.
Un aspecto primordial de la muestra es la voluntad de conectar simbólicamente la totalidad de las piezas con la fertilidad, la maternidad y los arquetipos de mujer-madre-diosa. Ello se ejemplifica más claramente en el segundo cuerpo de trabajo: una sugerente instalación de veintiséis fotografías en colores no intervenidas de conjuntos de huevos, iluminados sobre un suelo de cemento, que representan los ciclos de fertilidad de la vida de la artista. Es gracias a esta instalación que la artista logra crear una lectura dinámica entre todo el conjunto expositivo, en donde ya no sólo los rostros y cuerpos parcial o totalmente cubiertos en posturas anatómicas hablan de etimologías femeninas particulares, sino que todo el conjunto refiere a procesos más bien universales, las sutilezas generalizadas del cuerpo interno. Justamente, a partir de esa ruptura de formatos y estrategias es que la artista atina y establece la brecha entre el cuerpo y su memoria, entre la complejidad biológica y la artesanía manual, el recuerdo vívido de lo que poco se recuerda como detalle: los cambios hormonales, las células, los ciclos de ovulación, y la oscuridad de lo que no se percibe fácilmente, pero que exalta, sin duda, la polifonía de ser mujer.
AMALIA CAPUTO
