Para su primera exposición
personal en Francia, Luis Camnitzer (Lübeck, 1937) fue escogido por un
galerista singular, Thomas Bernard, dinámico director de Cortex Athletico,
galería que creó en 2006 (Bordeaux y París). Pertenece a esa nueva generación
de galeristas que no se contenta con comerciar, sino que genera y produce
proyectos colectivos, apoya talleres de artistas, se involucra activamente en
una vida artística y cultural diversificada, a veces geográficamente dispersa,
más allá de la sola actividad de marchand
d’art. Camnitzer ya se había presentado colectivamente en París, en 1997,
en la exposición De cara a la Historia (1933-1996) (Centro Georges
Pompidou), y actualmente, en la exposición América Latina, fotografías
1960-2013, en la Fundación Cartier.

El modesto tamaño de la retrospectiva de Camnitzer (doce obras producidas entre 1969 y 2012, con la curadora invitada, Florencia Chernajovsky) no merma en lo absoluto el interés que ésta suscita, pues está concentrada en algunos aspectos fundamentales del trabajo de exploración de la relación entre palabra e imagen emprendido por el artista uruguayo desde los años sesenta, en Nueva York, en un contexto donde se afirmaba el movimiento conceptual en torno a artistas que se convertirían más tarde en figuras tutelares: Sol LeWitt, Joseph Kosuth o Lawrence Weiner. En América Latina, algunas grandes orientaciones formales e ideológicas dominaron los principales escenarios artísticos del continente durante largos años: figuración política y de identidad en México, movimientos geométricos y abstractos en el Río de la Plata, Brasil o Venezuela –para citar sólo los más determinantes–, razones (entre otras) por las que la apertura conceptual fue lenta y fragmentaria. Varios artistas, sin embargo, supieron destacarse. Es el caso, en Brasil, de figuras emblemáticas en rebelión/ruptura como Lygia Clark o Hélio Oiticica, y en Argentina, con las actividades experimentales y vanguardistas del CAYC (Centro de Arte y Comunicación, Buenos Aires, 1969-1980), creado por Jorge Glusberg.
Dentro de su generación, y de la que abordó el arte conceptual, el trabajo de Camnitzer-artista (por cuanto él es también pedagogo, teórico y crítico de arte) ocupa un espacio original en un panorama que contó, más bien, con experiencias individuales y aisladas que un movimiento nacionalmente constituido, del mexicano Ulises Carrión a los argentinos Marta Minujin, Marie Orensanz y Victor Grippo, pasando por el chileno Eugenio Dittborn o los brasileños Regina Silviera, Jac Leiner o Cildo Meireles, para no mencionar sino éstos. Al concretarse, en los años noventa, con la generación de los neoconceptuales, la verdadera internacionalización del arte de América Latina, ve generalizarse la integración de la escritura en obras teñidas de crítica social y política o muy personales, estableciendo al mismo tiempo, con carácter definitivo, los límites del concepto “obra de arte”.
Los primeros trabajos de la exposición tienen que ver con el período político; aquí, el collage fotográfico hace que el discurso dominante se vuelva contra sí mismo Three heads, Tres cabezas, (1970, serigrafía y técnica mixta sobre papel, 77,5 x 49,6 cm); más allá, en el suelo, siempre refiriéndose a Camboya, dos terribles palabras, Fosa común (1969, estarcido de 90 x 10 cm), dialogan trágicamente con las serigrafías enfrentadas a ellas. La exposición fue construida con base en la noción de pedagogía, puesto que el título hace referencia, así como dos obras con las que está directamente relacionada, una Simón Rodríguez [velas], (1992, técnicas mixtas, 48,3 x 26,7 x 5,9 cm), con el pedagogo de Simón Bolívar, Simón Rodríguez (1769-1854), que Camnitzer considera como “la figura tutelar de la historización del conceptualismo en América Latina”. El artista rinde homenaje al venezolano poniendo como epígrafe, tallada en el papel grueso (31 x 37 cm, 1992), la frase de Rodríguez: “Leer es resucitar ideas sepultadas en el papel. Cada palabra es un epitafio”. El lenguaje como materia encuentra aquí su máximo sentido y está presente en toda la muestra, sellando las obsesiones intelectuales de Camnitzer sobre la volatilidad del sentido de las palabras y la arbitraria yuxtaposición entre palabra e imagen, dentro del más puro espíritu de los escritos teórico-conceptuales en los que “es la idea la que hace la obra y su ejecución ya no tiene mayor importancia”. Al afirmar que “Rodríguez me permitió comprender que yo provenía de una genealogía distinta, la que me ayudaba a comprender a Magritte y Mallarmé, sin que por eso dependiera de ellos”¹, Camnitzer delimita los contornos de sus legados, afirma la distancia que lo separa de estas figuras innovadoras y reivindica la libertad de todas sus adhesiones, sin que falte una vivificante dosis de humor. La instalación Arbitrary objects and their titles (Objetos arbitrarios y sus títulos, 1979/2010, técnicas mixtas, dimensiones variables), paráfrasis in progress del “sistema” Magritte, está concebida como una especie de constelación en permanente devenir, con objetos anodinos encontrados y trocitos de papel rasgados e informes, entremezclando “el acto de ver” y “el acto de leer”, fusionando “la imagen mental” y “la imagen ocular” para crear un entredós significante entre imagen y escritura que recorre toda la exposición.
En un época en que el gigantismo, la redundancia discursiva, la voluntad expresiva a cualquier precio dominan el arte, el “gesto” artístico, reducido a su más sencilla materialidad y sutileza significante, aporta un remozamiento intelectual saludable a la inflación material y espacial que pretende dar sentido a gran parte de las obras de arte contemporáneo.
NOTA
1. Citación extraída de una conversación con Luis Camnitzer, el miércoles 5 de febrero de 2014, en la EHESS (París), en el marco del seminario “Something you should know” (“Algo que deberías saber”).
CHRISTINE FRÈROT
