Exposición Individualjun 2014 - ago 2014· Por Diana Cuéllar Ledezma

Los Carpinteros

Ivory Press

Una pareja de adolescentes entra en una habitación. En aras de privacidad, el chico cierra la contraventana desde la que se alcanza a ver una calle de La Habana Vieja. Comienza entonces un encuentro sexual, que se prolonga por décadas. Más allá de las reflexiones sobre sexo, cuerpo, amor y envejecimiento, en Pellejo (video, 2013) se observa elocuentemente una tensión entre tiempo transcurrido y tiempo detenido; o, más bien, entre el tiempo que transcurre sin que la realidad cambie. Consumado el acto, el hombre, ahora viejo, abre las portezuelas. Los cuerpos de los amantes han cambiado notablemente. Adentro se han amado, afuera la ciudad es la misma, al menos en apariencia.

La dialéctica entre tiempo transcurrido, borrado y detenido es, sin duda, una de las líneas maestras de Bazar. Tanto en la muestra, que reúne buena parte de la producción de Los Carpinteros de los dos últimos años, como en general en su obra esta línea se inscribe en una más abstracta que podría resumirse como la exploración del absurdo y el caos. No sólo me refiero a la inquietud de estos artistas por escudriñar paradojas, sino a su enorme capacidad para cuestionar el mundo desde una mirada problematizadora, que encuentra contradicciones ahí donde, en principio, no las hay. La primera línea se muestra de forma inmediata y ligada a temas sociales, fisiológicos, lúdicos o de consumo, mientras que la segunda tiene reverberaciones filosóficas, históricas y conceptuales. Pero no se bifurcan, la mayoría de las veces actúan como capas superpuestas de significación dentro de una misma pieza.

Exposición Individual: Los Carpinteros — imagen 1
Los Carpinteros. Pellejo, 2013. Video.

Pellejo no es, por tanto, la única obra en Bazar que evidencia las paradojas del tiempo. Más sencilla resulta la metáfora de los relojes (Reloj de pulsera. Tipo A, B y C, 2014) cuyos diales han sido cubiertos por una capa de acero inoxidable, borrando así el tiempo o, en el supuesto de que los relojes estén en funcionamiento, impidiendo observar la representación visible de su transcurrir. No se trata, sin embargo, del tiempo por el tiempo, en un sentido metafísico. Las implicaciones políticas y sociales son sutiles, pero fácilmente identificables para quien conozca la situación en Cuba y algunos países del otrora Bloque Soviético. Cuando en la película Good Bye Lenin! Alex cuenta a su amigo su temor de que su madre se entere de la caída del Muro de Berlín a través de los telediarios, éste le sugiere que le ponga videos con noticias grabadas del año anterior. La madre ni lo notaría, ya que, asegura el amigo, en la República Democrática Alemana los noticieros “siempre daban la misma basura”. Una de las últimas tomas de Pellejo muestra la cama vacía después del encuentro. Ineludiblemente, hallo una delicada cita de Félix González-Torres, extensiva en los relojes de pulsera. El vínculo no existe sólo en virtud de las coincidencias de elementos (relojes, amor, pareja, sexo), sino también poéticas, conceptuales e histórico-contextuales. Él fue otro artista de origen cubano que supo hablar de lo político desde lo íntimo y aparentemente banal.

Más directas en cuanto a su aproximación al absurdo ideológico del régimen cubano son las vallas que emulan a aquellas que, en la Isla, transmiten lemas revolucionarios. Dispuestas en fila al inicio de la exposición, estas réplicas en miniatura de lo que podríamos llamar “ruinas contemporáneas” despliegan otras consignas: “La cosa está de pinga”, “Me cago en el corazón de tu madre” y “Odio como suenan las maracas”. Más aludida que presente, la música es la otra gran línea de la muestra. Refuerza, aunque no lo parezca, el énfasis en el tiempo: es en torno a él que se articulan los sonidos de cualquier melodía, como la que tal vez emitan las bocinas de Guitarra con altavoces (2014), que no puede escucharse porque la pieza suele estar desconectada.

Sobra elucubrar sobre cómo la música está presente en el video de Conga irreversible, performance, realizada durante la XI Bienal de La Habana (2012), en la que danza y música cubanas fueron ejecutadas de forma inversa. En esta ocasión hay que reparar en que la proyección no funciona como documentación, sino que es una pieza de video en sí misma. Este medio, en el que Marco Castillo y Dagoberto Rodríguez apenas han trabajado, se convierte así en el centro de la muestra, y es su principal aporte.

En Polaris (video, 2014), un hombre sube, una a una, sus tres congas hasta la cima de algún monte nevado de los Alpes. El camino es arduo, y en ocasiones el instrumento le sirve como un híbrido de bastón y piolet para apoyarse al subir las pendientes. Al final toca algún ritmo en ellas. Se ha dicho ya, pero conviene recordarlo: gran virtud es hacer arte tropical sin sol, palmeras y maracas. Si se me permite sugerir un título alternativo, llamaría a este video Con la música a otra parte.

DIANA CUÉLLAR LEDEZMA

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