En octubre de 1992, el diario
bogotano El Tiempo publicó unos
apuntes de Juan Fernando Herrán, donde exponía sus mayores intereses y retos
como artista, a propósito de una muestra individual que tuvo por entonces. El
título de la nota es Una actitud arqueológica, cita del mismo escrito de
Herrán, en el que comienza estableciendo que en su obra indaga “el ser humano,
sus relaciones con los demás y con su medio, su cultura”. Según el autor, para
llegar a esta cuestión, el artista debe proponer “una relación estrecha entre
la forma, las ideas y los materiales”, con la posibilidad de dar forma al mundo
o, por el contrario, desglosarlo. Siguiendo la carrera de Juan Fernando Herrán
hasta el día de hoy, se revela permanente y latente esta actitud de
investigación arqueológica, a través de la cual el artista localiza, documenta,
analiza y expone los vestigios materiales de su contexto, para ilustrar sus
estructuras de poder, sus ideales, valores e imaginarios. El último proyecto de
Herrán, titulado La vuelta, está
concebido de manera coherente con ese impulso que señalaba en aquella temprana
nota de prensa.

La vuelta es una propuesta audiovisual concebida desde el formato documental, en el cual presenta testimonios e imágenes de apoyo que ilustran el rol y estatuto simbólico de las motocicletas en los barrios marginales de la ciudad de Medellín. El video fue presentado por primera vez en el pasado Salón Nacional de Artistas –que tuvo lugar en Medellín–, y en la actualidad puede verse en la Galería Nueveochenta de Bogotá. En obras anteriores, concebidas propiamente dentro de los recursos de la escultura y la fotografía, Juan Fernando Herrán había documentado objetos, signos, recursos naturales o estructuras arquitectónicas, para enseñar su significación en los contextos en los que se inscriben, profundizando así en las tensiones políticas y sociales de Colombia. Este interés se hace evidente en proyectos como Papaver somniferum (2000), sobre las connotaciones de la planta de amapola en diferentes contextos geográficos; en Emplazamientos (2003), sobre las estrategias arquitectónicas de control y vigilancia en Bogotá; en Camposanto (2006), sobre las costumbres populares de remembranza de la muerte, y en Escalas (2008-2011), sobre los recursos de desplazamiento y habitación en cinturones de pobreza en Medellín. Desde el momento que comenzó a definir Escalas, trabajaba simultáneamente en las mismas zonas para su proyecto La vuelta, siguiendo un largo proceso metodológico que le implicaba constantes entrevistas con los motociclistas, sus parejas, familiares y amigos, la configuración del archivo visual y sonoro, y, por último, el cuidadoso proceso de edición, fundamental para la determinación de la estructura narrativa y la definición del contenido que decidió distinguir.
A lo largo del documental, los personajes entrevistados expresan su profundo apego a su aparato, sentimientos obsesivos, adictivos. Las motos les permiten movilizarse por entre los caminos empinados y laberínticos de las lomas pobladas. Las han adquirido con muchísimo esfuerzo, y les otorgan todo su cuidado, personalizándolas, inscribiéndoles su identidad; con ellas se compenetran en grupos de compincharía o competencia, para hacer piruetas, carreras o hacer la vuelta: un asalto o un asesinato por ajuste de cuentas. En este medio, la posesión y el dominio de la moto, a la vez que la potencia y velocidad del aparato, prestan honor y reconocimiento, cautivan mujeres, infunden miedo. La moto determina el esquema de anhelos y miedos de los hombres en una sociedad: eleva su posición, pero los deja siempre expuestos a la muerte, ya sea por un accidente, ya sea por inmiscuirse en la criminalidad. A través de imágenes y sonidos, como las tomas a los cementerios de motocicletas, la permanente atmósfera nocturna o la mediación del sonido de los motores, el documental exalta la intensidad del sentimiento que, aparentemente, despiertan el riesgo, la velocidad y el ruido de estos aparatos.
El anuncio de la exposición en la Galería Nueveochenta causaba expectativa, pues no se sabía si al volver a ver La vuelta notaríamos piezas diferentes al documental. Efectivamente, en esta muestra se exhibe también una serie de fotografías tomadas en la noche, en esquinas y callejones de las comunas de Medellín. Estas imágenes, impecables, recuerdan el proyecto Escalas, porque ponen en evidencia los mismos espacios periféricos donde se despliegan las construcciones improvisadas de niveles en las casas y escalones para llegar a ellas. Esta vez, vemos los fantasmas (tomas en larga exposición) de motocicletas que recorren velozmente las calles de estos barrios. Los espectros de estas motocicletas aparecen como sombras que oscurecen la noche; son el peso histórico que no desaparece de estos lugares y los hace tensos y aterradores: el sicariato, que ha dejado miles de víctimas por cuenta de pistoleros movilizados en estas máquinas.
En La vuelta, toda una comunidad ha sido desglosada a partir de sus relaciones con un objeto. Apoyándose en imágenes, sonidos, e historias de primera mano, Juan Fernando Herrán expone el andamiaje ético, emocional y estético de hombres que han definido su vida en función de una máquina, y la sociedad que los acoge y les teme. Dice Alberto, uno de los motociclistas entrevistados: “Las motos eran muy principales para nosotros, esa era la mamá de uno, el ángel de uno, la vida de uno”.
NICOLAS GÓMEZ ECHEVERRI
