La pintura sigue
reinventándose y uno de los culpables es Fabián Marcaccio.
Para ello, se sirve de una tupida red de aliados (fotografía, materiales
varios, escultura, animación digital, ensamblaje, instalación ambiental) sin la
cual –en nuestro tiempo frenético e inestable– sería imposible ampliar las
fronteras sensoriales y el poder sociopolítico de la pintura misma. Además,
este argentino, nacido en Rosario en 1963 y afincado en Nueva York desde 1986,
se ha propuesto sabotear toda noción sensata de unidad, formalismo y buen
gusto.
Sus lienzos son excesivos, tanto por sus proporciones como por su densidad técnica y temática. Irrumpen –viscosos, ondulantes, virales– dentro y fuera de los espacios, envolviéndolos y anexándolos como territorios por reclamar. El más gigante de todos, producido en el año 2000, forma parte de la serie Paintant Stories (Historias pintantes) y pertenece a la Colección Daros Latinamerica. El artista siempre readapta esta inmensa pintura, de cuatro metros de alto por más de cien metros de largo, no sólo a las condiciones físicas de cada nuevo espacio expositivo, sino a sus investigaciones en curso. Así lo ha hecho, por cuarta vez, para las salas principales de Casa Daros, en Río de Janeiro, donde la obra permanecerá exhibida hasta el 10 de agosto.

En esta ocasión, Marcaccio dispuso que el lienzo envolviera casi toda la primera sala, para entonces salirse por la ventana y cruzar suspendido, en forma de gran semicírculo, por el patio interno de Casa Daros, penetrar la tercera sala y seguir su trayecto delirante. Para crear este “puente pictórico” externo, el artista produjo una sección adicional de 14 metros de ancho, pintada en ambos lados, uno de los cuales sólo puede verse desde abajo en el patio.
Un video de la fabricación de este nuevo tramo de lienzo puede verse en el catálogo en línea, accesible desde www.casadaros.net1. El micrositio incluye lúcidos ensayos de tres críticos, un enunciado del propio Marcaccio, numerosas imágenes, un recorrido por la instalación con el artista y el curador, Hans-Michael Herzog, y una larga conversación entre ambos.

Mientras que el lienzo sigue su trayecto por el exterior de la segunda sala, su interior exhibe un cautivante “Laboratorio de pintura” que expone tres aspectos concatenados de sus indagaciones pictóricas: dibujos de su repertorio personal de prototipos semiabstractos y biogenerativos; impresiones en 3-D de formas evolutivas (una especie de cómics escultóricos); y videoanimaciones (“animaciones pintantes”). Marcaccio ha comentado que la “cuestión de diseccionar, la idea de animar un cómic, que es prácticamente como la representación dibujística de un imposible, un diagrama, eso todavía está en mi pintura, en todos mis dibujos, todos mis trabajos sobre lo que yo llamo la alteración de la pintura o todas mis estrategias sobre cómo crear un espacio macromalista, paradójico de la pintura”2.
El enorme lienzo zigzagueante de Paintant Stories no está fijado a ninguna pared de Casa Daros, sino que se mueve con una lógica escultural y cinematográfica. Una lógica muy distinta de la sobria y elegante geometría interior del inmueble. Al entrar al primer espacio donde está montada la obra, mi sensación inmediata fue de cierto desequilibrio. Las curvaturas del lienzo involucran corporalmente al espectador. También comprometen la solidez del edificio, ya que parecen entrar y salir de éste a su antojo. Salvando las insalvables distancias, la instalación me hizo recordar las severas y monumentales torsiones de acero de Richard Serra, que psíquica y físicamente perturban nuestra experiencia del entorno. El lienzo de Marcaccio provoca una sensación afín por la razón opuesta: su barroca fragilidad. Después de todo, es apenas tela y pintura.

A pesar de su tamaño, la obra de Marcaccio es antimonumental porque no compite con la edificación, sino que juega con ella. Así, logra crear ambientaciones dinámicas –”zonas pictóricas”, como él las llama–, aunque sin duda también apunta a bajarle a la arquitectura esos humos de autoridad y permanencia con que tradicionalmente la identificamos.
Según el propio artista, dos influencias importantes para la génesis de su trabajo han sido el muralismo y los frescos renacentistas, con sus grandes ciclos narrativos. Pero a diferencia de eéstos, sus historias “pintantes” (neologismo del artista, que fusiona pintura + mutante + actuante) se rehúsan a verse coartadas por el muro y el edificio. Otra referencia directa es la valla publicitaria, a la que da una perversa vuelta de tuerca: en lugar de la típica imagen ampliada y de fácil lectura, las telas de Marcaccio están compuestas por una alucinante legión de fotografías escaneadas de internet, deformadas, zurcidas o injertadas digitalmente con otras imágenes de dispositivos, organismos y cuerpos auscultados, fragmentados o desmembrados; sus dibujos genéticos, fosas comunes y órganos abiertos, símbolos, escenas pornográficas y políticas, micro y macrovisiones, textos y trazos, y gruesos empastes de silicona multicolor que a menudo chorrean colgando fuera del borde. El efecto es ensordecedor y visceral. Abyecto y seductor. La carcajada y la pesadilla. Los brochazos abstractos de pintura colorida obstruyen las “historias” figuradas en el lienzo, manchándolo todo a su paso con estridente furor. La pintura como insolente profanadora de la representación.

Una operación paralela ejerce la cuadrícula, esa estructura racionalista que ha sido tan medular para el arte moderno. Marcaccio contraviene el propósito de la clásica cuadrícula rígida parodiándola en forma de soga que va cambiando de tamaño y espesor. Se ensucia, se deshilacha o se ahueca, y se transforma en huesos carnosos, heridas cutáneas, alambres, frutas, celditas para fisgonear porno, etcétera. Además, este entramado es otra manera de parodiar al lienzo mismo (ambos–soga y lienzo– son un conjunto de hilos para desestabilizar el fondo pictórico. La soga también es piel. La pintura, carne y secreciones.3
Las escalas varían mucho, así que hay que enfocar la mirada desde distancias y ángulos diversos. Se ve y se siente el fluir de la conciencia y su discontinuidad, la energía de los movimientos que impulsan procesos de mutación e hibridación, la conjunción atiborrada de técnicas y medios y sujetos. Se siente el pasaje del tiempo, su pulsación espacial.
Pasé algunas horas recorriendo este lienzo imposible: de un lado para el otro, acercándome y alejándome; espié el comportamiento de visitantes incrédulos, apurados, divertidos, pasmados o atentos; volví a escudriñar el torrente de imágenes mediáticas, paisajes tecnológicos y biológicos mutantes, brochazos virtuales, viscosidades reales, y esa ubicua cuadrícula esquizofrénica. De la nada, me vino a la mente 4’33’’, la pieza de John Cage, cuyo silencio absoluto exige al oyente concentrarse en los ruidos del entorno. Y, como si estuviera oyendo una versión en loop de 4’33’’, me concentré en la intromisión de Marcaccio en nuestros asuntos: la incesante violencia a nuestros cuerpos y al cuerpo del mundo.
NOTAS
1. O directamente en http://fabianmarcaccio.daros-latinamerica.net
2. “Hans-Michael Herzog en conversación con Fabian Marcaccio” (en Fabian Marcaccio. Paintant Stories, Daros-Latinamerica, Zúrich, 2005, y http://fabianmarcaccio.daros-latinamerica.net/?p=123&lang=es)
3. En las recientes “Rope Paintings” (Pinturas de soga) de Marcaccio, el mismo lienzo se ha convertido en una malla de soga real, materializando así lo que antes era virtual.
*Todas las imágenes que ilustran el artículo son fotografías de Mario Grisolli/Casa Daros.
ADRIENNE SAMOS
Crítica de arte, curadora y gestora cultural independiente, Panamá.

