Exposición Individualjun 2014 - ago 2014· Por Santiago Espinosa de los Monteros

Erik Beltrán

Museo Tamayo

Aunque es usual encontrarnos en el panorama de las artes visuales mexicanas con exposiciones que confrontan la realidad fundamentalmente en el terreno de lo político, lo social y lo empresarial, la muestra Atlas Eidolon de Erik Beltrán (Ciudad de México, 1974), curada por Willy Kautz, alcanza niveles narrativos y de complejidad expresiva pocas veces vistos en el paisaje expositivo mexicano.

La muestra descansa sólidamente en fuentes documentales que van desde los archivos fotográficos del periódico mexicano La Jornada, quizá uno de los más combatientes medios impresos que han constatado la compleja vida de la resistencia mexicana que se ha opuesto a fraudes, monopolios, actos de impunidad solapados por el Estado y corrupción galopante que no encuentra castigo en las laxas leyes mexicanas, hasta textos de autores como Aby Warburg, Frances Yates y Giordano Bruno.

Exposición Individual: Erik Beltrán — imagen 1
Erik Beltrán. Atlas Eidolon, 2014. Instalación. Foto: Daniela Uribe.

El resultado es una compleja red expresiva que, literalmente, nos presenta un mapa relacional de las intrincadas relaciones del poder oficial con las del otro poder, el de la delincuencia organizada, los monopolios, los voluminosos capitales y, por supuesto, la forma en la que éstos inciden en la confección de leyes, normatividades y prebendas que favorecen siempre a grupos de mando y poderes fácticos que desde hace décadas se encuentran en el corazón de las estructuras de mando del país.

Quizá la delación y puesta sobre la mesa de reflexión de estos temas no serían del todo meritorias por ese simple hecho, y es por ello que Erik Beltrán ha seleccionado una intrincada manera expresiva de plantear ante el público una serie de cavilaciones que dejan en claro, mediante el uso de fotografías y de esquemas relacionales, una suerte de radiografía descarnada de las estructuras del poder y su enfermiza (pero funcional), relación con otras esferas que han logrado por todos los medios (legales e ilegales) incidir en la alterada e inaprehensible vida mexicana.

En ese aparente caos de nombres, fechas, fotografías, delatores árboles genealógicos y perturbadoras imágenes de mandatarios y empresarios que conviven con decapitados y torturados está escondida la exigencia para que el público, literalmente, aprenda a leer un panorama que, aunque se nos antoja inabarcable, no es sino el trazado de rutas de la cotidianeidad nacional, que, de paso, demuestra su cíclico renacer de tanto en tanto, con el mismo perfil de actores, situaciones más o menos similares y grupos que fingen pasarse la estafeta de vez en cuando para escenificar la gran obra de las simulaciones públicas.

El mismo Erik Beltrán explica que “[...] La psique colectiva de un país se puede medir por medio de su bagaje iconológico, ¿cómo hacer un catálogo de estos íconos?, ¿cómo presentarlos en sus posibles combinaciones?, ¿cómo hacer una máquina de lectura combinatoria para visualizarlos?, ¿cómo visualizar nuestra memoria pública? El problema de la interpretación del presente a través del pasado nos conduce inevitablemente (pues en cuanto personas somos unidades inmersas en la dinámica colectiva) a preguntarnos por la existencia de un narrador. ¿Quién es y de dónde proviene esa voz omnisciente?”.

Una de las piezas capitales de la muestra, montada en el patio interior del Museo Tamayo, consiste en seis anillos giratorios sobre los que se han instalado, en ambos lados, fotografías de los momentos y personajes más relevantes de la vida mexicana. La remembranza del Atlas sosteniendo al mundo es inevitable, no sólo en su estructura circular, sino como contenedora de imágenes que delatan distintos ritmos temporales, iconográficos y temáticos que al girar transgreden y superan el tiempo y situación a los que están acotados provocando dimensiones nuevas y lecturas múltiples. Puede hablarse de mundos interrelacionados cuyos alcances expresivos llegan a retar la Memoria Colectiva, quizá uno de los personajes centrales de esta exposición.

En una sala contigua encontramos mesas que sostienen cientos de fotografías montadas en sencillos bastidores, tales como aquellas que sirven de ornato en los espacios íntimos del hogar o la oficina. A diferencia de la vocación de aquéllas, éstas, lejos de adornar, ponen en evidencia con su sola presencia a los protagonistas de luchas encarnizadas por el poder, los cadáveres decapitados y mutilados de la Guerra contra el Narco que emprendió el Estado mexicano desde la presidencia de Felipe Calderón, los líderes de sindicatos corporativos y eventos políticos y sociales que juntaron bajo el mismo techo a los en apariencia enemigos irreconciliables.

Todo ese conglomerado de potentísimas imágenes está circundado por diagramas circulares, evocadores de la gran pieza exterior, que con nombres y apellidos nos deja claras las intrincadas relaciones entre los diferentes sectores del poder. Temas como el de la industria ferrocarrilera, tan turbia y torpemente manejado, aquí se clarifican con los nombres de los involucrados, las compañías dominantes y los años en los que se llevaron a cabo las acciones para desmantelar la que otrora fuese una de las industrias más prometedoras en el desarrollo mexicano.

Un árbol genealógico deja en evidencia las comprometidas relaciones de grupos de poder, específicamente el llamado Grupo Atlacomulco (conocido así por el pueblo en el estado de México que lleva ese nombre y que ha sido cuna de capitales inexplicables y de cuotas de poder que hasta la fecha se siguen pagando), en donde se aprecia con claridad la línea sucesoria de gobernadores y funcionarios de alto rango que desembocan en el actual presidente de la República.

Una inquietante imagen de seis presidentes, todos ellos con los brazos abiertos, hace honor a los postulados de Aby Warburg, especialmente en su obra Atlas Mnemosyne, conformado casi sólo por imágenes con las que narraba la historia de la memoria visual europea y sus infinitas repeticiones simbólicas. El Museo Rufino Tamayo, perteneciente a la red de museos del Instituto Nacional de Bellas Artes, indudablemente da un paso fundamental abriendo sus espacios a la reflexión contemporánea de la memoria colectiva mexicana. 

SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS

Erik Beltrán, por Santiago Espinosa de los Monteros | artnexus