Exposición Individualjun 2014 - ago 2014· Por Christine Frèrot

Demián Flores

Centro Cultural San Carlos

Desde hace años, el trabajo del mexicano Demián Flores (Oaxaca, 1971) se singulariza por dos aspectos esenciales: su fidelidad a las técnicas de la tradición pictórica (pintura, fresco, grabado, collage, etcétera) en un medio artístico a menudo poco receptivo a esos modos de expresión, y su manejo “antropofágico” de las imágenes –del pasado o actuales– que muestran tanto una interrogación permanente sobre la relación entre tiempos distintos de representación como un cuestionamiento de su identidad como creador frente al mundo contemporáneo.

En la exposición personal presentada en México (Demián Flores es el primer artista contemporáneo escogido para inaugurar esta nueva galería universitaria), se produjo una situación inédita e inversa a las que, desde hace mucho tiempo, nos tiene acostumbrados. Si bien es cierto que la “antropofagia” iconográfica está aquí muy presente, lo está en sentido inverso, puesto que, esta vez, es la imagen escogida la que “ha devorado” las del artista. Flores diseñó la exposición como una especie de instalación compuesta de quince óleos sobre lienzo de mediano y gran formato (2014), cuyo sentido resulta de la visión de conjunto de las piezas. La serie tiene como punto de partida una representación emblemática de la cultura mexica, la diosa-madre Coatlicue, cuya historia está relacionada en parte con el recinto de exposición (tras su descubrimiento, en 1790, la monumental escultura fue transportada a la Real y Pontificia Universidad de México, fundada en 1551). Además, el misterio de sus atributos y su potencia formal han fascinado y alimentado la curiosidad de muchos investigadores como el naturalista alemán Alexander von Humboldt y, sobre todo, el historiador del arte mexicano Justino Fernández, para su famoso texto sobre la divinidad, o, más recientemente, el poeta Octavio Paz, quien la describía como “petrificada petrificante”.

Exposición Individual: Demián Flores — imagen 1
Demián Flores. Coatlicue VI, 2013. Óleo sobre lino. 200 x 180 cms. (78 ¾ x 70 4/5 pulgadas). Colección del artista. Foto: Kenny Viese.

La Coatlicue es un impresionante monolito de basalto rectangular de 2,50 m de alto por 1,60 m de ancho, que pesa 3.000 kilos¹. En náhuatl, su nombre significa “La que lleva una falda de serpientes”. Se le conoce también con los nombres de “Diosa-Madre de la Tierra de la que nacieron todos los astros”, “Diosa del fuego y la fertilidad” y “Diosa de la vida, la muerte y el renacimiento”. Una breve descripción de la cara anterior muestra dos cabezas de serpientes con dientes acerados, cuatro manos con las palmas visibles, una calavera al centro, una falda formada por serpientes entrelazadas y dos enormes pies/patas de felino. La cara posterior también está esculpida. Demián Flores habla de su experiencia contemplativa delante de Coatlicue, de sus largas horas frente a ella, hipnotizado y aterrado por las contradicciones de aquella que es a un tiempo madre de la Tierra y destructora del Sol. El artista no busca ilustrar sino sentir, captar, interrogar, experimentar los límites entre la pintura y el sentir; y fusionar lo que el contacto con tal figura genera pictóricamente. Así, pues, se abrió a ella para recibir la energía que libera y transcribir con su pintura el impacto que ella le produce. Para Demián Flores, Coatlicue tiene vida propia, su propio sentido. No se le puede reducir a una lectura globalizada y occidental ni tampoco pretender representarla.

Lo que Flores parece haber sacado de su experiencia meditativa es el lado sombrío, la oscuridad, la negrura que se desprende del monolito. El artista parece subyugado, superado por esta presencia inconmensurable en la que desaparece o nos pierde. Esa ausencia-presencia que Demián Flores ha sabido captar, es lo que quiere mostrarnos del mundo cerrado que constituye Coatlicue, en donde se cruzan hombre y animal, vida y muerte. De ella nos ofrece una imagen fantasmal, como una aparición/reaparición. La masa informe está allí, ante nuestros ojos, poderosa, impasible, imperturbable. La mayor parte de los lienzos grandes está constituida por masas negras de cuyo centro emerge la calavera (Coatlicue 2), y son escasos los fondos coloreados en azul turquesa, rojo anaranjado o amarillo oro (Coatlicue 10, y Coatlicue 6). En ciertos cuadros, la mancha oscura está cebrada por el ondulante trazo de una línea clara, iluminando parcialmente la sombra predominante; o es atravesada por la presencia de una imagen figurativa (relacionada, en este caso, con el nacimiento) (Coatlicue 3). En algunas telas, la calavera aparece y nos interroga. En otras, ha desaparecido, tragada por la violenta voracidad de esa divinidad terrestre asociada a la fundación de México. Entonces nos sentimos cercanos al inframundo de los aztecas, al Mictlan, donde la vida y la muerte no son sino uno.

El logro del artista fue encontrar una solución pictórica para ese mundo hermético y confrontar su silencio con el eco que despierta en la pintura. Estar a la vez cerca (a través de la pintura) y lejos de la figura que lo obsesiona; saber esquivar todas las preguntas que ella plantea, todos sus misterios simbólicos, y no conservar más que el halo imaginario e imperceptible que la rodea; he ahí el problema que Demián Flores ha sabido superar.

NOTA

1. Esta pieza se encuentra actualmente en el Museo de Antropología de México, en el Salón Mexica.

CHRISTINE FRÈROT

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