Exposición Individualjun 2014 - ago 2014· Por Alessandra Simões

Daniel Feingold

Galería Raquel Arnaud

La convicción del artista Daniel Feingold en su oficio de construir formas plásticas es un acto de fe. Si el más profundo de los sentidos atribuidos al “arte abstracto” configura este lenguaje por su esencialidad divina, este artista es prácticamente un demiurgo, concentrado en extraer un sentido mayor de aquello que a muchos puede parecer una simple composición pictórica. No se trata de mera religión, sino tal vez creencia mayor en el misterio de la humanidad, en su potencial creativo.

En la exposición La postura del espacio, la permanencia del tiempo: obra reciente de Daniel Feingold, en la Galería Raquel Arnaud, en São Paulo, esta idea se revela de manera contundente. No parece aleatoria la escogencia de los títulos para dos dípticos de grandes dimensiones (240 x 280 cm), en negro y blanco, que llevan el nombre del dios judío del Antiguo Testamento (Yaweh o Yahweh). El curador de la exposición, el crítico norteamericano Robert C. Morgan, relaciona la escogencia con el esmalte sintético escurrido, que semeja la apariencia de una escritura sagrada, al “plano aleatorio de un universo construido bajo impulso creativo”.

Exposición Individual: Daniel Feingold — imagen 1
Daniel Feingold. Estructura 3, 2013. Esmalte sintético sobre tela. 220 x 240 cm. (86 39/64 x 94 31/64 pulgadas).

La obra de Feingold parece reflejar las ideas del crítico Meyer Schapiro, expuestas en el libro Mondrian: On the Humanity of Abstract Painting, en el que explica la capacidad que tienen las formas geométricas para servir como metáforas tanto de lo divino como de nuestra humanidad. “La abstracción en pintura evoca, más intensamente que nunca, al artista durante el acto de pintar, su toque, su vitalidad y estado de espíritu, el drama de la decisión en el proceso de la factura del arte. Aquí lo subjetivo se torna palpable”, sostiene el crítico.

Resulta interesante destacar como los propios despliegues de este arte de carácter no figurativo encajan entre sí, a lo largo de la historia, comprobando la pertinencia de este lenguaje en el trayecto global del arte en Occidente. La deconstrucción de la figura, la simplificación de la forma, el predominio de nuevas combinaciones de colores, la exclusión de la perspectiva, etcétera, aparecen como rasgos recurrentes en las diferentes orientaciones cobijadas bajo este rótulo. Feingold se ubica en este trayecto, y su obra parece estar siempre refiriéndose a ello, como muestran los dípticos de la serie Estructura, que hacen un homenaje a la pintura Broadway Boogie-Woogie (1943), del holandés Piet Mondrian (1872-1944).

La serie de treinta fotos llamada Homenaje al rectángulo es una referencia a la serie Homenaje al cuadrado iniciada en los años 1950 por el artista alemán Josef Albers (1888-1976). Se trata de abstracciones geométricas hechas a partir de troncos de árboles secos en el Jardin des Plantes, en París. Feingold muestra una naturaleza domesticada por el hombre, geometrizada por la poda de estos árboles. Esta idea del contorno de los árboles en el espacio aparece en una referencia interesante en la tela Árboles a la luz de la luna, de Mondrian (1908), en la que el artista en su fase inicial ya develaba el potencial de este delinear las ramas en el espacio.

En las pinturas de la serie Yahweh, Feingold mantiene cierto control a partir de la aplicación del esmalte negro sobre la tela; este recurso parece revelar el control del arte sobre procesos incontrolables, como se puede ver en las zonas en las que el escurrido del esmalte apunta hacia lo aleatorio. Después de que el esmalte negro llega a su punto máximo de escurrido, el panel no permanece en posición vertical. En vez de eso, el artista lo coloca en posición horizontal, alineándolo con otro panel para componer un díptico. Así, surge una composición final, como una sorpresa generada por un gran impulso creativo. Son líneas aparentemente ordenadas, pero que tienden al infinito, provocando desplazamientos en el espacio.

En la serie Structure el artista se concentra en la idea de malla. En lugar de chorreados a partir de manchas orgánicas, como en la serie Yahweh, las pinturas están compuestas por momentos de derrames de pigmento sobre la superficie, proceso muy controlado por el artista. Así, en vez de moverse linealmente en una dirección, las líneas chorreadas se entrecruzan, formando escalones vibrantes, cuyos colores ofrecen un impacto óptico exuberante, aunque en un conjunto contenido. Las pinturas evocan una tensión entre superficie y profundidad que confunde la percepción del espectador.

En sus pinturas, Feingold muestra que la sensibilidad estética puede ser material. Trata de hacer una geometría flexible, en constante entropía, que genera vibraciones aturdidoras que componen grandes campos de inestabilidad. Sin embargo, el factor de lo imprevisible acaba por tener siempre una gran unidad estética. Para el curador Morgan, la obra de Feingold “es una búsqueda persistente de una opción sistémica. Es un tipo de escritura pictórica, una condensación de palabras que invocan su consciencia de pintor”.

Así, puede decirse que el trabajo de Feingold tuvo una fisonomía viva y expresiva. Es totalmente regular, pero al mismo tiempo indefinida y vibrante, marcada por el refinamiento de variaciones elegantes, con mínimos elementos que provocan grandes transformaciones. Prueba, una vez más, la máxima del crítico Meyer Schapiro de que para hacer arte abstracto es preciso tener un espíritu libre, que no subestime la imaginación y la vida interior, y que esté muy distante de la monotonía cotidiana.

ALESSANDRA SIMÕES

Daniel Feingold, por Alessandra Simões | artnexus