Exposición Individualjun 2014 - ago 2014· Por Tatiana Flores

Carlos Cruz-Díez

Americas Society

De febrero a marzo de 2014, la Americas Society presentó una de las primeras exposiciones dedicadas a la práctica fotográfica de Carlos Cruz-Díez. Este conjunto de obras fue algo que nadie esperaba del maestro colorista y artista cinético; además, la presentación de la galería también coincidió con un período de intensos disturbios y malestar social en toda Venezuela, lo que hizo de la muestra un testamento agridulce de tiempos pasados. La mayoría de las fotografías en blanco y negro que se exhibieron mostraban imágenes documentales de festivales folclóricos y de la vida cotidiana en comunidades rurales. Las fotografías, hermosas composiciones impresas a la perfección y montadas con refinamiento, le agregaron otra capa de complejidad a la carrera de uno de los artistas latinoamericanos más famosos de la posguerra y arrojaron nuevas luces sobre la transición entre realismo social y abstracción geométrica en el arte venezolano.

Curada por Gabriela Rangel, la exposición fue la segunda muestra individual dedicada al artista desde 2008. La primera, (In)formed by Color, presentó su obra geométrica y cinética. Rangel descubrió la obra fotográfica en una visita al estudio del artista en París. “Cuando vi sus fotografías, me di cuenta de que todos los aspectos sociales y participativos de sus últimas producciones provenían de allí”, comentó en una entrevista del New York Times (7 de marzo de 2014). En efecto, las fotografías, producidas en su mayoría entre los años cuarenta y los cincuenta, hacen énfasis en la comunidad y lo ritual. Sólo un puñado presenta a personas solas o espacios desprovistos de gente; en cambio, la interacción social es una preocupación primordial.

Exposición Individual: Carlos Cruz-Díez — imagen 1
Carlos Cruz-Diez. La Piñata, El Hatillo, estado Miranda, Venezuela, 1953. Gelatina de plata. 30 x 30 cm. (11 13/16 x 11 13/16 pulgadas). Cortesía del artista.

Mediante materiales didácticos exhibidos en cajas, el espectador se enteraba de que Cruz-Díez exploró diferentes modos de figuración alrededor de 1950. El Hatillo Watercolor: The Children of Ezequiela and Ramón representa a dos jovencitos descalzos vestidos en forma sencilla, ejecutados en tonos pastel y puestos contra un fondo casi en blanco. Los dos chicos comparten un afectuoso abrazo; uno de los dos sonríe y los dos miran hacia el espectador, con lo que suscitaban su simpatía. El Diablo José Domingo, del mismo año, con su audaz paleta de anaranjados, verdes, azules, y distorsiones anatómicas, no podía ser más diferente en estilo. Un hombre de cuello alargado sostiene contra su pecho una máscara de uno de los diablos danzantes de Yaré y mira más allá del plano de la fotografía. Lo que las dos imágenes tenían en común era el deseo de atraer al espectador, un rasgo que es una constante en la obra de Cruz-Díez, como comentó Rangel.

Cruz-Díez se inició en la fotografía siendo adolescente; empezó con una cámara estenopeica y fue mejorando hasta llegar a una Rolleiflex. Antes de abrazar la pintura abstracta, dio una mirada de etnógrafo a las tradiciones y al cambiante paisaje de su nativa Venezuela. Una de sus fotografías más memorables es La Burriquita, El Silencio, Caracas, Venezuela, que muestra una típica danza folclórica con la participación de un bailarín que lleva puesta una falda con una gran crinolina y la cabeza y el cuello de un asno atados cerca de las caderas. El artista captó el momento en el que el bailarín hizo una pausa y levantó la vista mientras los músicos continuaron tocando. Detrás de ellos están los modernistas edificios del distrito de El Silencio, diseñados a principios de la década de 1940 por Carlos Raúl Villanueva. La fotografía es un estudio de contrastes entre modernidad y tradición, movimiento y estasis, y formas y texturas. Las llanas paredes de los edificios, desprovistas de adornos, se yuxtaponen a los barrocos sombreros de paja decorados con flores utilizados por los intérpretes. Los chabacanos diseños florales del vestido se oponen a la serena elegancia de la arquitectura.

Otra imagen patética era la del amado poeta venezolano Aquiles Nazoa mirando hacia el valle de Caracas desde el barrio La Charneca. En esa época (1948), éste era un vecindario poco poblado, situado en una ladera que dominaba una extensión abierta con campos y unos pocos edificios bajos. Hoy, el barrio es tan populoso que el Gobierno construyó un sistema de teleféricos para transportar a los habitantes desde y hacia sus casas. El área de la ciudad que se encuentra abajo alberga hoy los que por algún tiempo fueron los rascacielos más altos de América Latina.

A través de su exploración del realismo social fotográfico, Cruz-Díez buscó desarrollar un lenguaje visual que captaría la idiosincrasia de Venezuela. En una de sus primeras imágenes, Catia La Mar, Vargas, Venezuela (1949), el artista empleó una estética mexicanista al hacer posar a una joven pareja contra unos cactus y emplear un foco suave y una gama tonal de grises. Imágenes como La Piñata, El Hatillo, Estado Miranda, Venezuela (1952), son más representativas de su particular visión fotográfica. Captó a un niño en el aire, tratando de darle a una piñata, mientras otros niños observan. La imagen hace énfasis en la espontaneidad, empleando un enfoque definido, contrastes fuertes y cuerpos recortados, rasgos evidentes en otras obras como Los Diablos de Yaré, San Francisco de Yaré, Estado Miranda, Venezuela (1951) y Hacienda La Marturetera, Capaya, Barlovento, Estado Miranda, Venezuela (1953). En conjunto, la exposición justificó de manera convincente el que se encuentren puntos en común entre representación y abstracción en la obra de un maestro a quien todos creían conocer.

TATIANA FLORES

Carlos Cruz-Díez, por Tatiana Flores | artnexus