Exposición Individualjun 2014 - ago 2014· Por Argelia Castillo

Ariel Guzik

Laboratorio Arte Alameda

En la intersección de arte y ciencia se inscribe Cordiox, instalación sonora que, tras haber representado el año pasado a México en la edición 55 de la Bienal de Venecia, es exhibida entre febrero y abril por el Laboratorio Arte Alameda, institución que se ha consagrado a la exposición, documentación e investigación de prácticas artísticas contemporáneas que recurren a soportes tecnológicos.

La muestra ocupa dos salas del espacio museístico. La primera de ellas, de carácter introductorio, reúne una bitácora de viaje que se compone, por una parte, de un conjunto de dibujos y diagramas que ilustran el numen explorador y expedicionario de los procesos constructivos de Ariel Guzik (México, D.F., 1960), y por la otra, de una serie de fotografías relacionadas con el montaje de su dispositivo cordófono en el pabellón véneto, la exiglesia de San Lorenzo, donde la obra entró en diálogo con el sugerente marco arquitectónico y la excelente acústica del antiguo edificio donde, se conjetura, reposan los restos de otro viajero, el gran Marco Polo.

Exposición Individual: Ariel Guzik — imagen 1
Ariel Guzik. Cordiox, 2013. Sound installation. Variable dimensions. Photo: courtesy of Alameda Art Laboratory, National Institute of Fine Arts, Mexico.

Al trasponer un grueso cortinaje se accede a la segunda sala donde, solitario, se levanta Cordiox. Sucede que, en contraste con la sede veneciana, la pieza del también músico, investigador, inventor, iridólogo y herbolario se presenta dentro del “cubo blanco” del recinto expositivo de la ciudad de México, a saber, en un emplazamiento carente de elementos contextuales distractores, a fin de que el público asistente pueda concentrarse exclusivamente en la propuesta del artista multidisciplinario

La de Guzik es una máquina de enorme sensibilidad y complejidad que refiere el espacio circundante a través de sonoridades, las cuales traducen las frecuencias invisibles e inaudibles captadas en el entorno.

De formato monumental, el artefacto posee un núcleo de cuarzo puro fundido en forma de cilindro hueco, que mide 180 centímetros de altura por 45 de diámetro y 5 milímetros de espesor, y que funciona como un tímpano capaz de percibir las vibraciones más tenues del ambiente.

A su alrededor, y dispuestas en tres arpas interdependientes, se extienden 172 cuerdas sometidas a tensión, de 400 centímetros de longitud, las cuales no son pulsadas, frotadas o percutidas, sino activadas por campos magnéticos.

Ambos componentes, el tubo transparente y el grupo cordófono, acoplados por medio de un sistema de puentes de madera, están contenidos en una estructura de acero, que se halla conectada a una especie de tablero de mando, integrado por bulbos y circuitos, y albergado en un mueble de caoba.

En la semioscuridad prevaleciente, el espectador aguza el oído frente al misterioso mecanismo generador de un envolvente sonido de extrema sutileza, no amplificado por altavoces ni reproducido a través de aplicaciones digitales.

Se trata de la peculiar musicalidad producida por el encuentro de fuerzas complementarias, las cuales “pueden ser descritas a partir de los principios opuestos de la filosofía taoísta, esto es, femenino-receptivo-tierra (cristal de acero) y masculino-creativo-cielo (cuerdas vibrantes)”, según argumenta en el texto de sala el propio Guzik, investigador de los lenguajes de la naturaleza.

Así, Cordiox detona una experiencia sensorial directa, inmediata y profunda, que abisma al visitante en estados de contemplación y meditación, durante los cuales hay quienes mencionan haber identificado desde “la voz del silencio” hasta “la voz del universo”.

Ahora bien, esta atmósfera auditiva apela también al concurso del sentido de la vista, debido a que la constitución objetual del singular instrumento deviene asimismo en medio expresivo.

Si en el ámbito de lo sonoro el conjunto tridimensional de Guzik armoniza la dualidad entre caos y organización mediante la captación y la transcripción de las energías emanadas de las señales residuales ambientales, en el territorio de lo visual propone una estética de juego y síntesis de formas antinómicas.

Mientras que la estructura de acero despliega un ánimo ascensional, acentuado por la esbeltez y la ligereza, el mueble de caoba traza líneas horizontales, acusando robustez y pesadez; aquélla remite a la frialdad del metal, y éste, a la calidez de la madera; aquélla muestra injerencia de la tecnología, y éste, del oficio artesanal; aquélla ostenta un diseño moderno, y éste, una estilización más bien nostálgica, signada por arabescos crípticos.

Tal es la manifestación plástica, a la que el intrigante sonido reformula con una dimensión de temporalidad, de esta suerte de aparato escultórico construido por Guzik, engranaje enclavado en el cruce de invención y creación.

En resumen, la exhibición de Cordiox, curada por Itala Schmelz, resulta de innegable y novedoso interés en el horizonte de las prácticas multisensoriales y transdisciplinarias del arte contemporáneo, en virtud de que, en su afán por revelar lo imperceptible, renueva la desgastada capacidad de sorpresa, comunica sentidos de descubrimiento y fascinación por el entorno, hila fino en la coordenada espaciotemporal del aquí y el ahora, vehiculo estados anímicos y emocionales, y dispara toda clase de interrogantes. 

ARGELIA CASTILLO

Ariel Guzik, por Argelia Castillo | artnexus