La nostalgia de las grandes
pinturas que marcaron la historia del arte de Occidente se manifiesta en forma
preponderante en la exposición Inquisitoria de los absurdos, que reunió
recientemente cerca de treinta obras del artista Walter Goldfarb en la Galería
Graphos Brasil, en Río de Janeiro. Construcciones figurativas, amplias
dimensiones, énfasis cromático, entre otras características, marcan la obra de
este artista carioca, que reafirma, sobre todo, el poder de la belleza para el
arte y la vida.
La muestra también presentó, por primera vez, una serie de esculturas que, en contraposición a los grandes formatos de las pinturas, parecieron extremadamente delicadas. En el conjunto de trabajos, el artista profundiza temas de su herencia judaica –la madre sobreviviente de los campos de concentración, el padre violinista– creando una relación entre su biografía, el legado de la cultura semita y la historia del arte, dando a su obra aspectos inusitados y de impactante aspecto visual.

Con más de veinte años de carrera, Goldfarb se graduó en Artes Visuales en 1995 en la Escuela de Artes Visuales del Parque Lage, en Río de Janeiro. También está preparando, para 2015, el libro Diario de un artista, con apoyo del crítico Paulo Herkenhoff, quien ideó la publicación dándole el carácter de un diario, basado en cada uno de los encuentros que ha tenido con el artista en los últimos años. A lo largo de su carrera, Goldfarb ha realizado un trabajo de profundo cuidado técnico, donde el día a día en el taller se convierte en principio artístico del hacer.
El resultado es un trabajo complejo, tanto desde el punto de vista técnico como del semántico. Al hablar de lo bello en su obra, no se trata de enaltecer el concepto de belleza clásica, que marcó la estética renacentista con sus normas relativas a la armonía y a la proporción. Lo bello, en las pinturas de Goldfarb, se afirma en el concepto moderno que le dio a la belleza categorías como la expresión, lo sublime y lo extraño. Hay, incluso, un sentido barroco, que permea la profusión de elementos y técnicas. Los trabajos tienen largos títulos, repletos de ironías y cuestionamientos, con múltiples significados, y fueron fabricados con materiales que agudizan el campo simbólico al interferir en representaciones, jerarquías, valores morales y éticos, sexualidad, religión y política.
Las obras están hechas con bordados en richelieu y gobelino (con hilos de algodón sacados de la propia lona soporte de la pintura, seda y lana, croché y brocados), mezclados con piedras preciosas como rubís, diamantes y perlas, crucifijos de madera y plata, cristales Lalique y Baccarat, encaje francés, objetos en oro y zafiros orientales. Las esculturas están protegidas por domos de vidrio soplado y montadas artesanalmente sobre cilindros de mármol tallados a mano. Se exhibieron en la exposición sobre bancos de madera sacados del taller de Goldfarb.
Grandiosas, las pinturas encontraron un espacio ideal en los cuatro metros de altura de la galería. Así, la muestra se transformó en un laberinto dentro del cual el espectador podía sumergirse en el universo del artista. En esta disposición espacial, el conjunto de obras revelaba los propios objetivos del artista al corroborar la idea wagneriana de una “obra total”. Más allá de la idea del romanticismo alemán que trataba de la integración entre diversos lenguajes artísticos, Goldfarb promueve la idea de una gran unidad estética en su propio repertorio pictórico. El resultado es la sensación de arrebato.
La confianza en la figuración es otro aspecto significativo de su trabajo. Para explorar su repertorio figurativo Goldfarb fundió materiales y procesos complejos, creando una poderosa carga simbólica y emocional. Tiene innumerables referentes y la influencia de artistas modernos como Matisse, Klimt y Munch. Es interesante la constante presencia de muchos arabescos y una “estética lisérgica” de los años setenta y ochenta, que podrían considerarse como una alegoría del propio sentido de la obra del artista: laberíntica y cabalística.
Resulta interesante cómo el artista acostumbra explicar el paso de las pinturas prácticamente abstractas de grandes dimensiones (con fragmentos de textos, letras, símbolos y geometría) a las enormes telas figurativas. Estas declaraciones le fueron hechas al periodista Luciano Trigo, con ocasión de otra exposición de este año, en el Museo Nacional de Bellas Artes, en Río de Janeiro: “En 1996, llegando al taller, fui subiendo las escaleras para el segundo piso y lentamente fui engullido por inmensas telas casi abstractas, sin vestigio de figuras humanas, mas llenas de simbolismos a través de su materialidad. […] yo me pregunté: ¿‘En dónde está mi alma?’ Al día siguiente, de hecho, realicé mi primera pintura figurativa”.
Goldfarb crea, ante todo, una mitología particular señalada por asuntos sumamente subjetivos y por la reflexión sobre su identidad. Al mismo tiempo, da un salto poético al abordar temas tan universales como la sexualidad, las relaciones de poder, la construcción del cuerpo contemporáneo en Occidente. Entre el imaginario particular y la simbología universal, el trabajo de Goldfarb descansa en su propia importancia.
ALESSANDRA SIMÕES
