VII Premio Luis Caballero

Carlos Castro. Belleza accidental, el hijo de Dios, 2013. Intervención con objetos en la Iglesia de Santa Clara.

 mar 2014 - may 2014· Por Natalia Gutiérrez

VII Premio Luis Caballero

Arte colombiano, siempre

En esta versión VII fueron escogidas ocho propuestas con el desafío adicional de dialogar con diferentes espacios de la ciudad. Los proyectos se expusieron simultáneamente durante el mes de octubre de 2013.

El premio Luis Caballero es una convocatoria para artistas colombianos mayores de 35 años, un concurso nacional creado en 1996. Los interesados presentan un proyecto para exponer en las salas de Bogotá. En esta versión VII fueron escogidas ocho propuestas con el desafío adicional de dialogar con diferentes espacios de la ciudad. Los proyectos se expusieron simultáneamente durante el mes de octubre de 2013.

Habría que hablar primero de la propuesta ganadora, la de José Alejandro Restrepo, Ejercicios espirituales. Un artista con una larga trayectoria, quien se ha encargado de ampliar el espacio de las artes plásticas en Colombia con múltiples referencias sonoras, visuales y dramatúrgicas. Y también es un teórico del arte cuyos libros buscan, por ejemplo, reflexionar sobre el cuerpo como un campo de batalla, con ecos de Foucault, entre la cultura colonizadora, excluyente hasta el extermino, católica y violenta, con sujetos que tratan de inscribir en esa cultura su diferencia.

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José Alejandro Restrepo. Ejercicios espirituales, 2013. Video y acción teatral en casa del teatro Nacional.

Ejercicios espirituales invitaba al público a ir al teatro cada ocho días durante el mes de exposición. Era una cita con la meditación. Por ejercicios espirituales, dirá Ignacio de Loyola, se entiende “todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de razonar, de contemplar […]”. Y el público llegaba a un happening, performance, drama, donde se mezclaba la presentación de discursos con videos y con “cuerpos en vivo” de un actor o del “yo no soy yo” del simulador, en una escena abierta.

Lo que pasaba en un primer momento es que el habitual mirón de las artes plásticas no estaba a salvo, sino que se encontraba sin centro, extrañado y a merced de reinventar su papel. Y era invitado, por ejemplo, a celebrar que el simulacro supera a la muerte, y poco a poco a entender que estos ejercicios espirituales eran una apuesta para meditar sobre esa opacidad de la violencia en la cultura colombiana.

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Carlos Castro. Risus Satirus, 2011. Máquina musical que reproduce melodía de las Cruzadas, cuchillos decomisados por policía de Bogotá. Intervención con objetos en la Iglesia de Santa Clara.

La más opaca de las situaciones de violencia en Colombia han sido las masacres de los grupos paramilitares. En defensa de la propiedad privada, estos grupos han sido denunciados por muchos pero también se han enrarecido sus acciones por una compleja censura. Entonces, en la obra, de pronto, en medio de esa escena abierta, los asistentes podíamos convivir con un hombre de figura patriarcal vestido de esmoquin y botas de finquero que afilaba un machete en medio de nosotros.

Estanislao Zuleta se pregunta por qué los colombianos construimos un imaginario de democracia mientras persisten y se agravan las contradicciones sociales. Es una persistencia de la idealización y la opacidad, fomentada por los discursos con poder separados de la experiencia. Queda por fuera del discurso oficial el pensamiento sobre las circunstancias, sobre la exclusión y la violencia, sobre la contingencia, sobre las paradojas irresolubles.

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Mariana Varela. Fracturas, 2013. Intervención mural con dibujo, fotografía y objetos en el Centro de Creación Contemporánea TEXTURA.

Este pensamiento sobre la cultura lo han asumido algunos artistas como Carlos Castro, empeñado, me parece, en desidealizar la mirada a través de una serie de objetos inteligentes y perversos. Belleza accidental contribuía a esa idealización. En esta oportunidad, Carlos Castro intervino la iglesia de Santa Clara en Bogotá, una iglesia del siglo XVII. Recordé una intervención anterior, la de María Teresa Hincapié en 2006, quien había instalado dos gigantescos árboles como un espacio de reconciliación. En este caso, era una intervención sin tregua. En medio del esplendor barroco de la iglesia había otro mobiliario: una patrulla de la Policía y unas columnas con cajas de música construidas con cuchillos deformes, como herramientas hechas con basura y a mano, envueltas con trapos, cuchillos hechos de urgencia, decomisados por la Policía.

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Consuelo Gómez. Mesa franca, 2013. Escultura de madera expuesta en la plaza de mercado de Las Cruces.

Estos cuchillos ya localizaban al espectador en un paisaje invisible que paradójicamente queda muy cerca de la iglesia; se trata de la llamada “calle del Bronx” de Bogotá. Calle de “otra vida”, de la basura, la indigencia, la droga, y también de otras artes de hacer y de usar el sistema de poder que los invisibiliza, como diría Michel de Certeau. Castro construyó también un esqueleto, y sobre ésta comenta: “Hijo de Dios, el nombre de esta pieza, está ubicada donde antes estaba ubicado el altar de la iglesia, a los pies del cristo. La pieza está armada y dispuesta del modo en que se exhiben restos de animales, extintos o contemporáneos, en instituciones educativas y científicas. Se ven huellas claras de una transformación impuesta por alguien más de manera sutil pero a la vez violenta: un cráneo más achatado, un maxilar superior y uno inferior más prominentes y una cola hecha a partir de falanges de muchos cuerpos, entre otras modificaciones. La disposición del cuerpo, que puede ser de sumisión o de ataque frente el espectador. Según la tradición católica, nosotros como seres humanos somos creados a imagen y semejanza de Dios, y ése es un principio muy arraigado en la mente de muchos; sin embargo, otras teorías afirman que evolucionamos del mono. Esas contradicciones representan de manera simbólica una dicotomía fundamental acerca de nuestro origen como seres humanos”.

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Fredy Alzate. Quinta fachada, 2013. Escultura, láminas de zinc y objetos encontrados. Dimensiones variables. Intervención en el Museo de Arquitectura Leopoldo Rother.

Manuel Quintero hizo una instalación muy sorpresiva por el tema y la puesta en escena: un tema muy poco tratado, me parece, por lo menos en el arte contemporáneo, pero que ha sido su obsesión. Y digo muy poco tratado porque las mujeres en el arte han expresado su deseo o su rechazo de ser miradas, pero los hombres, por lo menos hoy, casi nunca toman la voz para plantear su fascinación por las mujeres, porque de pronto son acusados de machistas o de asesinos en serie en potencia. Los hombres, me parece a mí, cada vez tienen menos voz para expresar sus emociones. En Dromos, el espectador entraba a una escenografía armada con maderas que se apropiaba muy bien del espacio, recogiendo la historia de la instalación en Colombia, por ejemplo, las obras de Danilo Dueñas.

Esta maqueta gigante sugería la pista de un velódromo y era la escenografía para un video. La cámara mira a una mujer con toda la gama de la mirada –de la delicadeza a la perversión– en un lugar inédito, porque muestra muchas posibles miradas a una mujer sin llegar a ningún extremo, ni a la idealización ni al porno. Es simplemente un estado de placer de mirar a una mujer aparentemente desentendida de ser mirada, mientras un hombre pedalea en una bicicleta estática. Cuando ella se decide a mirarlo y enfrentarlo, él se cae de la bicicleta, y a partir de ahí ella le contabiliza las caídas. Me acordé de algunas obras de Sophie Calle, las que parecen unas conversaciones con las amigas, pero ésta, en versión masculina, era una narración deliciosa y la disfruté mucho.

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María Adelaida López. La casa de los Reyes, retrato de un vecindario, 2013. Instalación con madera y polvo de aspiradora. Intervención en la sede temporal de la Galería Santafé.

Fredy Alzate propuso una Quinta fachada, una obra que, como su nombre lo indica, pretende visibilizar la vida subterránea que tienen las ciudades. Eran muy contundentes estos latones enrollados habitados por objetos. Sin embargo, hay que decirlo, se convirtieron en objetos un poco pasivos. Es decir, no dialogaron con el Museo de Arquitectura de la Universidad Nacional, no lo interpelaron, y tampoco invitaban al espectador a atravesarlos.

Yo diría que a partir de aquí habría que trazar una raya y hablar de los otros proyectos, demasiado confiados en que el objeto lo diga todo. Demasiado atrapados en una representación sin cuestionar. Sin embargo, registran muy bien; son muy buenos modelos para fotografías. Se sentían como unas propuestas traídas de un taller solitario con sus propios referentes y localizados en un lugar sin que las circunstancias los modifiquen, que no estaría mal, pero tampoco lograban la fuerza necesaria para interpelar al espectador.

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Sergio Giraldo. Espacios imperceptibles, 2013. Instalación con video en Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Es el caso de Mesa franca de Consuelo Gómez, una escultora de amplia trayectoria en nuestro país. Era una mesa con un brazo mecánico que, tal vez por el título, sugería una cuchara, y golpeaba con fuerza la mesa. Estaba instalada en la plaza de mercado de Las Cruces, un antiguo barrio histórico de Bogotá. Una plaza, como dicen algunos arquitectos, prêt à porter, es decir, llegó a Bogotá por encargo, en barco desde Delaware, en 1924. Se trata de una estructura de metal que recuerda el Palacio de Cristal, y luego se terminó de construir con un estilo ecléctico. Es un espacio que cumple con todos los requisitos formales y narrativos para ser nombrado patrimonio histórico nacional. Tiene una cantidad de detalles sugerentes como un pavo de piedra en la portada, que podría ser un símbolo de la abundancia o del Thanksgiving Day, en el trópico. Y, claro, todo esto como escenario de los vendedores de la sabana de Bogotá de toda clase de productos. Había que atravesar este hábitat, y en un cuarto pequeño estaba la mesa. El golpe del brazo mecánico y el título son lo más significativo para mí; los leí como un llamado de una cuchara vacía. Pero en realidad el entorno era más elocuente.

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Manuel Quintero. Dromos, 2013. Videoinstalación presentada en el Archivo de Bogotá.

Un caso parecido es el de María Adelaida López, con La casa de los reyes: retrato de un vecindario, que sí, era un vecindario, en pequeño, de casas cubiertas de polvo de aspiradora; cubiertas por la repetición de las labores cotidianas y también por la nostalgia. Fracturas de Mariana Varela era un inmenso dibujo de las montañas colombianas con fotos y textos, como pequeñas marcas de emociones y de la vida en esas montañas, siempre atravesadas por el olvido y el fuego cruzado de diferentes ejércitos. El dibujo completo estaba hecho con papeles dibujados en el taller, así lo percibí, y luego eran montados en un inmenso muro. Esto hacía que se perdiera la posibilidad de experimentación con el trazo y con las sombras y con la luz y con el espacio. Es que las montañas colombianas tienen unas escalas de grises infinita que el taller volvió repetitivo, y entonces la pregunta cabe: la representación quita la vida, la reduce. La representación es un intento imposible pero esa premisa creo que tiene que notarse en la obra. Es en realidad una premisa del artista, su desconfianza con la representación. Y, finalmente, Sergio Giraldo presentó Espacios imperceptibles, el proyecto más desinformado en términos de arte, y lo digo porque un habitante en silla de ruedas de una ciudad es un tema muy pertinente, pero no estaba de ninguna manera ni presentado ni representado en unos sólidos elevados del piso atravesados con líneas amarillas.

Esta revista tiene un alcance latinoamericano, y más. Siento que este artículo es muy local y muchas veces me han tildado que juego de local y convierto la crítica en una cualidad. Lo acepto encantada. Pero para concluir e intentar incluir a otras “localidades”, digo que sigo apostando por un arte que se deje atravesar temática y formalmente por las circunstancias, porque todavía están sin explorar; aunque sea para desenterrar un espejo en el que no nos hemos mirado todavía.

NATALIA GUTIÉRREZ

Profesora de la Universidad Nacional de Colombia.

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