Existe una intención literaria en la nueva exposición de Tania Candiani. Es algo que promete de manera franca desde el título que le ha dado, La Magdalena y otros trabajos de campo, que bien podría adornar el lomo de un libro. Este libro, como objeto prometido, no existe stricto sensu, pero en su posibilidad, Candiani hace el catálogo de un saqueo, en cuanto a lo que ha sido –desde el siglo XVI–trasladar un lugar a otro, piedra por piedra, para afirmarlo en su destitución: quienes son dueños del presente son dueños del pasado. En este espíritu de apropiación, o más bien, en su paradoja, Candiani encarna el espíritu de lo moderno; lo imita, en la medida irremediable de que es una inercia aprendida culturalmente, pero también lo inventa (o mejor dicho, lo vuelve a inventar) en la evidencia de su propio tránsito en un lugar remoto. Lo que trae de su viaje, el bagaje físico y espiritual, linda peligrosamente con lo turístico, y aun, en el engaño del Descubrimiento, como nuevo Vasco de Gama, nos seduce con una fantasmagoría que actualiza un imaginario decimonónico.
Según el proyecto original, Expedición Botánica, Candiani tenía como intención investigar durante su estancia en el poblado de Honda (Colombia) –como invitado del programa de residencias artísticas de esa localidad que dirige el curador colombiano José Roca (fundador del espacio independiente Flora ars+natura)–, la figura y el imaginario del viajero científico: las notas, los comentarios, los herbolarios, los dibujos y demás “trabajos de campo”. Le interesaba relacionarlos con las primeras investigaciones botánicas de América: los nuevos nombres y clasificaciones que tomaban el lugar de los viejos. Entre el trabajo de campo, labor social y su obra, frente a las condiciones de vida de los habitantes de Honda, se preguntaba sobre todo por el conocimiento perdido. Honda fue un importante puerto fluvial en Colombia, y hoy día la población sobrevive de la pesca, el comercio y el turismo.

La pregunta que se hizo Canidani fue: “¿Cómo, proveniente del Viejo Mundo, el viajero científico nombró un nuevo mundo y desplazó el conocimiento local?”. El espíritu científico y el espíritu conquistador son uno y el mismo. Su finalidad es la misma: el saqueo. Su justificación a posteriori es el rescate que se hace de otra cultura. Candiani no se engaña a este respecto, sabe que el saqueo es emocional. Es una experiencia exótica en el borde de un continente que no ha dejado de ser exótico. Sabe que este lugar es el margen de una Latinoamérica que ha sido globalizada y que puede querer dejarla atrás. Sabe también que esa lejanía es una ilusión. Es el salvaje en el espejo. Candiani salta del catálogo científico al ritual mágico. Tal vez por eso, el paisaje con un puente amarrillo pintado en una piedra, para darle un peso a la imagen que se escapa. Tal vez por eso la herbolaria en calidoscopios, transformada por la luz en los proyectores en un juego delirante de formas.
La pieza angular de la exposición es La Magdalena, una canoa en el río Magdalena con un gramófono. La canoa fue comprada a un pescador. Luego la partió en dos para otra pieza, con el gramófono y el río en un monitor de video. Éstas son francas alusiones a Fitzcarraldo, filme del alemán Werner Herzog sobre un hombre que se propuso construir un teatro en la Amazonia. Así lo declara, al menos, para quienes no tienen la referencia de este espíritu civilizador. Candiani hace un objeto poético al superponer estos objetos de usos opuestos; una fórmula heredada de la vanguardia, que de por sí es una versión extrema de una fórmula heredada de los románticos. La canoa con el gramófono y el paisaje fluvial son el leitmotiv de la exposición: el delirio de la civilización frente a la exuberancia de la naturaleza. El peso de lo antiguo es que fue alguna vez nuevo. Un gramófono sustituyó alguna vez a una orquesta completa. El monitor de video sustituye el viaje a través del río. Los vehículos de los simulacros de lo moderno se convierten en fetiches. Según Candiani, la pasión de Fitzcarraldo es como la pasión de los pescadores: “Es un gesto, un homenaje al sueño de un hombre que hace hasta lo imposible por llevarlo a cabo. Tiene que ver con la situación de la gente en esa ciudad, esa lucha de todos los días por sobrevivir, pero con todo el respeto que tienen por su pasión”. Según Roca (quien también curó la exposición), “El barco, el aparato, la música e incluso el río mismo, en su manifiesto anacronismo, son todos símbolos de un proceso coartado”.
En otras piezas, a partir de cuadriculas, Candiani enmarca al río, que transcurre dentro del marco como un continuo tan presente como inasible. Las imágenes en video (que bien hubieran podido tener una función documental o publicitaria), son atrapadas y convertidas en cuadros, sometidas por un momento a quien porta el marco. Los marcos y cuadriculas –que son a la vez objetos, metáforas y criterios– son convertidos en una red de sentidos y correspondencias. Las piezas que conforman su exposición construyen una narrativa de descubrimiento, una puesta al día de lo remoto, una expedición pero también una invasión, un botín que mostrar.
RICARDO POHLENZ
