Estar frente a una fotografía
de Rochelle Costi suele producir un cambio con relación al espacio: o bien eres
Gulliver, o bien eres uno de los protagonistas de Tierra de gigantes, el famoso seriado de los sesenta, en el que un
grupo de humanos llega a un planeta donde todo es de enormes proporciones. En
suma, Costi consigue que la imagen cambie, con su escala, el propio tamaño del
espectador, quien entonces cumple uno de sus sueños de infancia: ser enorme y,
en consecuencia, mirar el mundo desde arriba, las montañas como mínimos arrumes
de aserrín o de arena, o ser diminuto, y entonces ver un frasquito de témpera
tal como se ve un barril.
Cambio de escala siempre acompañado de la disposición de la fotografía o el objeto en la pared; Rochelle Costi juega todo el tiempo con el cuerpo del espectador, quien tendrá que estirar el cuello o bajar un tanto la vista para espiar completamente una determinada imagen. Y uso el verbo “espiar” pues la obra de esta artista, además de cambiar el tamaño de quien la ve, consigue hacer de su visitante un espía, siempre procurando por qué algo cotidiano resulta de repente extraño, o viceversa, por qué algo extraño se le hace cotidiano.

Pero voy por partes. Curada por Ricardo Resende, la última exposición de Rochelle Costi en la Galería Luciana Britto está dividida en dos tramos. El primero, titulado Todo el tiempo, es una panorámica de su producción en más de veinte años de trabajo. El segundo, titulado Lugar común, consiste en una serie de fotografías realizadas en 2013.
Compuesta al modo de una instalación, Todo el tiempo es un conjunto en sí mismo, es decir, las obras de épocas y años distintos terminan conformando un todo, y no una serie de imágenes independientes, tal como sería el caso de una muestra retrospectiva. En las paredes laterales, al modo de un gabinete de curiosidades, están las fotografías y algunos pocos objetos, mientras que en la pared frontal hay un reloj cuya particularidad consiste en no tener números sino las letras del nombre de la muestra, y tan sólo una aguja, gigante, que avanza con la rapidez de un segundero.
Este gabinete es interesante pues brinda la oportunidad de ver varios trabajos relevantes reunidos, en diálogo, y más aún, porque aquí Costi realiza una colección de sus propias obras.
En una extensa entrevista con Ivo Mesquita, en 2005, la artista afirmó: “Entiendo el arte de fotografiar como un gesto de coleccionista”, a la vez que definió la labor de coleccionar como un “ejercicio de determinación”, de “escoger arvejas en un caldo”. Así, esa labor que antes había realizado en el mundo, eligiendo entre miles de posibilidades unas cuantas tomas, ahora, en 2013, tuvo que llevarla a cabo con el conjunto de su propia obra. Determinar y ordenar un fragmento de su propia producción, lo que llevó a un rompecabezas capaz de evidenciar varias constantes, hilos que atraviesan su recorrido. Entre ellos, el trabajo de la escala, con el que abrí este texto; el interés por los objetos producidos en masa, tales como calcomanías, vasos con marcas antiguas o individuales de plástico, objetos todos que conforman un imaginario colectivo e implican una nostalgia compartida: no hay mayor epifanía que encontrar una marca desactivada de una gaseosa de infancia. Asimismo, la artista señala ordenamientos intrínsecos en el caos cotidiano, desde la disposición de las mercancías en una miscelánea abarrotada hasta la patronización específica de un papel de colgadura o de un mosaico setentero. Y, finalmente, tenemos la cuestión de la intimidad, del lugar privado, que Rochelle Costi consigue abrir para el espectador a través de series como Cuartos, presentada en la XXIV Bienal de São Paulo (1998).
Estas fotografías –que comparten un punto de fuga acusado y una escala prácticamente natural– tienen una especificidad en su instalación: se encuentran casi a la altura del suelo, lo que crea un juego con el observador, pues se integran con su propio cuerpo, invitándolo a entrar en ellas tal como si fueran una extensión del lugar. Efecto de la posición que, en la época fue discutido entre Costi y los curadores Paulo Herkenhoff y Adriano Pedrosa y el arquitecto Paulo Mendes da Rocha.
La segunda parte de la muestra, Lugar común, está compuesta por fotografías actuales cuyos pormenores llevan a fruncir el entrecejo, detenerse sobre lo visto y evaluarlo varias veces. Cosas o puntos de vista dislocados, que resultan extraños al espectador, tales como una familia de champiñones creciendo en un hueco minúsculo en la mitad del asfalto, imagen de belleza sobrecogedora. O la vista de un bosque enorme bajo cuyos árboles provoca salir corriendo; y que, sin embargo, mirado con atención, resulta ser un cultivo de una enredadera –de repente tomates– sostenida con delgados parales de madera que en un primer vistazo pasaron por ser troncos. Ahora bien, una vez identificado el engaño, el espectador jamás cambiaría el cultivo por el bosque, sino que optaría él mismo por hacerse diminuto para entrar en tal paisaje.
JULIA BUENAVENTURA
