Exposición Individualmar 2014 - may 2014· Por Miguel López

Natalia Revilla

Galería Wu

Los dibujos de Natalia Revilla han explorado en años recientes distintas formas de representación de la violencia. Revilla ha observado documentos históricos del conflicto armado entre Sendero Luminoso y el Estado peruano, pero también escenas cotidianas de amenaza, destrucción y duelo. En su anterior exposición individual, El porvenir es el pasado que viene (2012), en el Centro Cultural Ricardo Palma, Revilla presentó una serie de dibujos sobre tela basados en fotografías de prensa de los años ochenta y noventa, donde los cuerpos y elementos ausentes en las imágenes alegorizaban la negación del antagonismo social. La artista apuntaba con esas obras a una tensión irresuelta en la vida del Perú de posguerra: la pregunta por eso que es visible y lo que permanece negado de representación, por aquello que tiene legitimidad de ser mirado y lo que ha sido marcado como irrepresentable.

Ese juego de ausencias ha sido una constante en su trabajo desde 2010, primero como un intento de exploración de imaginarios íntimos y afectivos, y luego a través de una observación frontal del cuerpo social, violentado a través de imágenes que utilizaban principalmente el calado como herramienta de representación. La artista imaginaba así el dibujo como el registro de una acción. “La acción es herir, dibujar con vacíos”, señalaba Revilla. Aquel corte sobre el soporte puede interpretarse también como un intento de intervenir en la memoria de aquellas imágenes, señalando la dificultad con que aquellas historias pueden ser narradas y construidas. Al mismo tiempo, lo que los puros vacíos señalan no es así sólo una suma de signos extraviados, sino las formaciones imaginarias que construyen las fronteras de lo que aceptamos o reprimimos al percibir la realidad.

Exposición Individual: Natalia Revilla — imagen 1
Natalia Revilla. Rio negro, 2013. Planchas caladas de acrílico negro, instalación. Dimensiones variables.

En esta nueva individual, Lo invisible es un lugar (2013), Revilla evoca imágenes que surgen a partir un reciente viaje personal de la artista al Amazonas, en Perú, lugar que visitó constantemente cuando era una niña, constatando el cambio brusco que habían sufrido distintos paisajes y zonas naturales. Así, la artista recolecta una serie de representaciones de aquellas transformaciones, sucedidas tanto por la intervención humana como por el efecto de diversos fenómenos naturales. Revilla mira estas alteraciones como las huellas de múltiples crisis, tanto individuales como colectivas, presentándolas una vez como “heridas físicas o en el imaginario”. La exposición surge así como un proceso de negociación entre la memoria individual y el recorrido contemporáneo de aquellos espacios hoy marcados por el abandono y la depredación.

Una de las principales piezas de la exposición es un dibujo calado, Sin título (2013), donde se observa una precaria bandera tristemente colocada sobre restos de madera y otros elementos, en la mitad de una carretera. La pieza está basada en una fotografía tomada luego de los incidentes conocidos como la “Masacre de Bagua”: una represión ejercida por el gobierno de Alan García el día 5 de junio de 2009 contra pobladores amazónicos que habían bloqueado la carretera como un intento de frenar la privatización de sus tierras. La imagen presenta una sensación de tragedia, ruina y desamparo, aludiendo a un proyecto de nación quebrado, en un paisaje que fue parte significativa dentro de la vivencia de la artista.

Otra de las piezas principales, Río Negro (2013), presenta un fragmento tridimensional del río Marañón calado en color negro. La obra, colocada suspendida sobre el suelo, es como una entidad enigmática donde, al estar parado frente a ella, surge la sensación de que algo terrible ha ocurrido, sin saber exactamente qué, la cual inyecta una sensación de duelo frente al objeto. El color oscuro del río y de su entorno evoca los efectos devastadores de la contaminación, como si se tratara del reverso directo de los discursos ciegos de promoción publicitaria y celebración económica del país en los últimos años.

Otra serie de cuatro dibujos hiperrealistas en carboncillo presenta también representaciones perturbadoras por lo enigmáticas, todos basados en fotografías circuladas en los medios de comunicación: desde un registro de las aguas contaminadas del río, un camión que transportaba árboles talados ilegalmente, una grieta producto de un temblor, hasta los forados que la dinamita produce en las montañas durante la construcción de carreteras. En todos estos casos, se trata de paisajes disfuncionales que, como muchas de las obras en la exposición, convierten las imágenes de la memoria individual en los ecos de una catástrofe colectiva. Estos territorios dibujados parecen hablarnos ya desde la pérdida: las escenas de Revilla son también escenografías que, entre el documental y la ficción, nos comunican con angustia los destellos futuros de una tragedia que parece irreversible.

MIGUEL A. LÓPEZ

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