María José Arjona regresó a
Colombia a mediados del año pasado después de una larga permanencia en Nueva
York, y presentó con la Galería Mor Charpentier y el apoyo de NC-arte, el performance Pero yo soy el tigre, con la
curaduría de Eugenio Viola.
El título del trabajo fue tomado del escrito de Borges Nueva refutación del tiempo. Este relato –que gira en torno a tres argumentos, uno de ellos referido al mundo de los sueños– termina así:
El tiempo es la sustancia de que estoy hecho.
El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río;
es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;
es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.
El tiempo, junto con el cuerpo, es la sustancia de la que está hecho el performance, y así lo ha demostrado María José Arjona a lo largo de su trabajo. Hace algunos años ella dijo: “Yo creo que los artistas son ante todo fabricantes de tiempo. [...] El artista del performance usa su cuerpo de una manera más fuerte que ningún otro, para fabricar tiempo con su propio cuerpo. Y esa fabricación de tiempo a partir del cuerpo es lo que de alguna manera instaura una visión […]”.

En esta ocasión, para “instaurar una visión”, buscó cuidadosamente el lugar para realizar su performance. Escogió una zona marginal, poco frecuentada por el público que asiste a eventos artísticos, pero bien conocida por ella, ya que la universidad en la que estudió queda a pocos metros del lugar elegido. Allí, siendo una estudiante, accedió a otras formas de vida menos “elegantes” y tranquilas, donde conoció, junto a la dureza, la violencia y el olvido, una profunda solidaridad entre sus habitantes.
Llegué al performance de María José Arjona después de haber recorrido algunas calles comerciales ruidosas y deterioradas en las que vi rostros endurecidos, algunos atemorizantes. Caminé entre una cantidad de motocicletas estacionadas sobre la acera y entré a una antigua bodega que parecía estar en desuso desde tiempo atrás. Después de pasar por un pasillo oscuro ingresé a un espacio de doble altura; en un extremo vi un arrume de material de demolición; era evidente que ya se había extraído una buena cantidad de escombros. Al otro extremo se había construido una especie de alfombra de terrones de distintos tamaños perfectamente ordenados. En los espacios laterales, unas tablas blancas pendían de cables de acero; sobre ellas estaban ordenados con el rigor propio de un arqueólogo piedras diminutas, escombros con pedazos de plástico, alambres, fragmentos de objetos cotidianos. Al fondo, tras una hilera de columnas, en una mesa, una joven tatuaba sobre el brazo de María José Arjona una cifra que, junto con otras, conformaba hileras de números sobre su piel. Al cabo de casi una hora, cuando el tatuaje quedó terminado, ella, con su abrigo negro de fieltro, se levantó subió al segundo piso y tocó una campana. Su sonido indicaba que el trabajo de este día había finalizado.
Solamente pude acceder a ese momento, que estuvo precedido por dieciséis días, y luego se prolongó por cuatro más, en los que la performer, en jornadas de ocho horas, y a veces hasta nueve, fue extrayendo de los escombros fragmentos que pudieran evocar la vida que transcurrió en una casa de familia aledaña a la bodega, recientemente demolida. Cada uno de estos restos seleccionados fue contabilizado en voz alta por Arjona durante su performance, y cada cifra grabada sobre su antebrazo correspondía al número de escombros extraídos durante el día.
También el sonido de su voz fue grabado y reproducido por cuatro parlantes creando así una materia sonora que desafía, como ocurre con Borges, la cronología. El sonido grabado y la voz en vivo convergían simultáneamente, de manera que el tiempo pasado se encontraba con el presente creando una circularidad ajena al modo que tenemos los occidentales de ordenar el tiempo. Según su propio relato, cuando la gente accedía al lugar, ella, como frecuentemente lo hace, enlazaba su mirada con la del espectador y nombraba con énfasis la nueva cifra. Con ese gesto, en ese instante, propiciaba el encuentro de dos cuerpos, involucrando de manera activa al espectador, acentuando la sustancia de la que está hecho el performance: tiempo y cuerpo.
No estuve presente en esos momentos en los que la performer iba y venía desplazándose por el espacio; tampoco escuché su voz. Para escribir esta reseña me he basado en registros y en una conversación con ella. Pero haber llegado al lugar, haber accedido a la instalación que se fue generando durante el performance, y estar presente durante el tiempo del tatuaje, me bastaron para que unas noches después tuviera un sueño en el que, como ocurre durante nuestras noches, los tiempos y los cuerpos se confunden. Soñé que al levantar mi brazo veía que en él estaban fijadas de manera indeleble esas cifras que tanto me impresionaron. Al despertar ya no estaban allí pero sí quedaron fijadas en mi mente, y sé que para siempre permanecerán en ese otro cuerpo productor de tiempo.
MARTA RODRÍGUEZ
