Exposición Individualmar 2014 - may 2014· Por Marcela Quiroz Luna

Marcela Armas

MUAC

Vista a distancia, Vórtice de Marcela Armas –instalación comisionada para cerrar el ciclo del programa curatorial “Por amor a la disidencia”, del Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad Nacional Autónoma de México– es una figura alargada y esbelta suspendida en el centro de la sala, conformada por cuerpos giratorios homogéneos que se mueven lentamente en espiral, sostenidos por tres ejes que parecen rodear un cuerpo central invisible o imaginado. Pero ese vacío-de-centro en torno al cual giran implica un cuerpo simbólico efectivamente ausente, soportado por una hastiada maquinaria que lo mantiene casi vivo.

Al acercarnos a la obra, empezamos a (des)configurar sus partes. Las figuras circulares resultan ser engranes de equivalente tamaño y grosor. Los cortes perfectos de su dentadura giran entrelazándose en una espiral vertical apresada en/por su propio mecanismo. Los engranes sostienen un letárgico ritmo de movilidad obligado que se autoalimenta de impotencia, pues sucede que las piezas no mueven ni accionan “nada”, aparte de su propia rotación, declarando en vilo la incoherencia de su existir. Y sin embargo, su apaciguado y constante rotar también hace evidente que nada ni nadie lo frena, así que el ciclo “engranado” se ofrece tan infinito como imperturbable.

Exposición Individual: Marcela Armas — imagen 1
Marcela Armas. Vórtice, 2013. Instalación. Medidas variables.

Observando en detalle es posible distinguir el material del que están hechos los incansables –si bien fútiles– engranes del Vórtice de Marcela Armas; compuestos por aglomerado de papel verde-grisáceo opaco, cada engrane se arma por condensación entre cientos de capas delgadísimas (semejantes a las capas tectónicas), sumando cuerpo por volumen. Es entonces que la obra nos revela la composición –simbólica y literal– de su mecanismo hecho de H(h)istoria(s) empalmada(s). Narrativas que con el paso del tiempo y por decisión del Estado han fluctuado por imposición como discursos oficiales y/o evitados: en cualquier caso, convertidas en desecho. De tal suerte que la materia originaria de los engranes no retiene ni comparte de facto el trayecto origen-destino dictado por su contenido, sino simbólicamente.

Vórtice se presenta a merced del relato de su propio proceso de factura y de las imágenes enlazadas de un video que silenciosamente la acompaña. En el aparecen tomas reflexivas en diversas locaciones (entre las que sucede la conversión de “obligaciones” dictadas sobre papel), como si carecieran de un orden narrativo estricto; sin embargo, en conjunto, configuran fragmentos-en-evidencia de distintos procesos de producción, almacenaje, degradación y/o reciclaje masivo del papel que alimentan y degradan las esferas de la política y la educación pública en el país. Entendemos pues que el proceso al que refiere la obra de Armas parte de la incontable acumulación de archivos muertos entre instancias gubernamentales, hasta ser convertidos en materia prima para la producción masiva de libros de texto dirigidos a la enseñanza primaria y secundaria en las escuelas de “educación pública”. Entre las escenas filmadas aparecen algunas cifras y datos que ayudan a dimensionar el ciclo de “consumo” de los libros escolares anualmente impresos y repartidos en todas las escuelas públicas del país. Por ejemplo, conforme se nos informa que en 2013 se produjeron 218 millones de libros de texto gratuitos, nos damos cuenta de sus “orígenes” entre cientos de miles de archivos vencidos por el tiempo y recolectados para hacer de su olvido –causal o involuntario– toneladas de papel utilizable por reincidencia. Fragmentos públicos y/o privados de la burocrática vida política se muestran así conglomerados como masas muertas, ya sólo serviles para ser triturados y reinventados hacia un segundo tiempo de uso.

Si bien la producción para entrega gratuita de estos libros se podría considerar como una acción “respetable” entre los escuálidos decretos nacionales para el impulso de la educación pública nacional, la obra de Marcela Armas cuestiona la pertinencia y responsabilidades –ya sean atendidas o desechadas– que alimentan sus orígenes y perdurable existencia. Así, buscando replicar el orden y corporalidad de su germinar, la artista convocó a un grupo de voluntarios (principalmente estudiantes de la UNAM) para construir una pequeña maquila que le permitiera emular los procesos que transforman el papeleo burocrático en libros de texto.

Vórtice se asume y despliega como un ejercicio de “visibilidad mecánica” respecto a un proceso que debiera ser de orden vital, pero que tiene lugar casi por inercia; cargando consigo una pesada herencia, aun cuando aparentemente invisible. Esto sucede en el cuerpo de los engranes que conforman la ascendente (y por lógica ¿o destino?, descendente) espiral, por cuanto son producto de la autofactura, habiendo sido creados con papel reciclado por la artista y su equipo de voluntarios en su propia maquila –congregando bloques de papel aglutinado con resinas y recortados perimetralmente– para dar posibilidad a su fatuo accionar. De esta manera, Vórtice no sólo implica simbólica y conceptualmente las etapas nodales de un proceso de traducción-por-borramiento entre viejos y nuevos “saberes”, sino que se compone de la misma masa inerte, alimentando a su vez una maquinaria –a escala y en paralelo– igualmente cuestionable sobre sus propósitos y resultados.

MARCELA QUIROZ

Marcela Armas, por Marcela Quiroz Luna | artnexus