La exposición de Carlos Jacanamijoy,
cuidadosamente curada por el historiador Álvaro Medina, es una retrospectiva de
más de veinte años: desde 1992, cuando el artista comienza su carrera como
artista, luego de graduarse de la Universidad Nacional de Colombia, hasta 2013.
Hacía falta una exposición de tal magnitud de, quien durante mucho tiempo fue
admirado por muchos y odiado por otros tantos, quienes le consideraban
peyorativamente un artesano. Pero como decía Oscar Wilde en su famoso ensayo
sobre el arte y la artesanía: el arte moderno (y contemporáneo, agregaríamos
hoy) está íntimamente vinculado a lo artesanal. Éste no es el espacio para
adentrarnos en este tema que me apasiona, pero sí aprovecharemos para dejar en
claro que lo artesanal, visto en ocasiones como algo negativo y vinculado a un
cierto virtuosismo, extraña y erróneamente cuestionado en el arte
contemporáneo, es una de las fortalezas de la obra de Jacanamijoy.
Luego de visitar esta muestra, podemos afirmar no sólo que el artista ha logrado demostrar que su obra es el resultado de un trabajo constante y riguroso, sino también que la pintura no ha muerto, en clara oposición a la sentencia que hizo camino en nuestro medio, precisamente desde hace poco más de veinte años. En este sentido, Jacanamijoy es un artista que ha persistido con tenacidad en construir un lenguaje plástico donde el imaginario indígena, propio de su cultura inga, se consolida en una obra que ya ha alcanzado la madurez necesaria para mostrarnos que el arte es un asunto de constancia y trabajo permanente, donde se mezclan tradición y contemporaneidad.

¿Cómo es posible que un artista de origen indígena, formado en una escuela de arte, donde los valores estéticos son fundados en valores estéticos occidentales y europeos, logre transmitir en sus obras algo de su cultura milenaria? Álvaro Medina nos dice lo siguiente: “Si la memoria genera recuerdos, los que Jacanamijoy expresa con sus pinceles generan magia y color. Contemplamos imágenes compuestas con la libertad formal que el pintor indígena de formación académica supo derivar del expresionismo y la abstracción propios de los vanguardistas europeos. Al combinar figuración (el espacio paisajístico), expresionismo (la combinación de mancha y pinceladas gestuales) y abstracción (el espacio paisajístico de accidentes abigarrados sin línea de horizonte) […] ha podido pintar unas atmósferas poéticas sui generis, cuyos flujos cromáticos y altamente dinámicos tienen entronques con la práctica ritual del yagé […]”.
En efecto, las obras de Jacanamijoy son una exploración cromática difícil de situar dentro de una genealogía pictórica. Su universo plástico está poblado de reminiscencias ancestrales actualizadas mediante su relación con lo contemporáneo. Esta especie de anacronismo, a la manera en que Didi-Huberman lo entiende, donde el pasado permea el presente, hace de su obra un lugar donde aparece una serie de objetos que recuerdan las historias familiares y el campo o la selva, en el que crecen vegetaciones que nunca hemos visto, colores que nos hacen presentir aromas jamás conocidos.

Sus cuadros son enigmáticos y provistos de una carga poética que se presiente desde el título; por ejemplo, su obra titulada Vuelves, los tomas y los lanzas (1993) parece una reminiscencia del banco de madera donde solía sentarse la abuela. El objeto está rodeado de una serie de turbulencias cromáticas que dejan ver una atmósfera propia del lugar íntimo de la casa inga. Terminando la década de los noventa y comenzando el nuevo mileno, la obra de Jacanamijoy se torna algo más abstracta; el color es cada vez más contundente y luminoso, contrastando con atmósferas más sombrías. Por ejemplo, Ímpetu al amanecer (2000) materializa una sensación propia de una experiencia en la chagra de los abuelos, en el que la naturaleza se renueva en un ciclo permanente, donde la vida y la muerte se alternan, donde el cultivo y el reposo de la tierra hacen parte de ese movimiento vital.
Pero hay algo que es interesante en la obra del artista, es aquello que Álvaro Medina relaciona con la “asociación libre”, donde recuerdos de infancia (la chagra de la abuela), experiencias contemporáneas (una iglesia neoyorkina y sus luces), se mezclan con sensaciones de cantos de aves aquí y allá, antes y ahora; los textos literarios sirven para matizar tal mezcla; por ejemplo, en su cuadro 5:30 p.m… adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche (2013), el título es tomado directamente de Rayuela de Julio Cortázar.

Hay algo que genera cierto desconcierto en la exposición: la serie de “Tableros” o pizarras verdes, realizados durante 2013, similares a los que el artista conoció cuando empezó el aprendizaje de la escritura en la escuela. En ellos encontramos frases como ésta, escritas con tiza blanca: “El sentido de la vista es igual en todos los seres humanos, pero cada uno ve diferente”. Debajo de la frase hay un relieve de un ojo en yeso, también pintado en verde. En otro de los tableros aparece esta frase: “Si la letra con sangre entra, entonces el país debe estar aprendiendo mucho”. Este salto inesperado hacia el conceptualismo no deja de sorprenderme. Muy atrevido el explorar este terreno rompiendo el mito del “estilo” del cual parecía estar amarrado el artista. Pero como dice el tango: “veinte años son nada”, y creo que Carlos Jacanamijoy seguirá sorprendiéndonos por mucho tiempo. Es sólo el inicio.
RICARDO ARCOS PALMA
Teórico y crítico de la cultura.

