Como resultado de una
incesante observación del universo que lo rodea, Luis Romero (Caracas, 1967)
artista visual, promotor cultural y editor, presentó, entre el 6 de octubre y
el 3 de noviembre, su primera exposición individual en la galería Oficina #1,
espacio orientado a la difusión de las diversas prácticas del arte y el
pensamiento contemporáneo que se ejercen en Venezuela, y el cual codirige desde
2005.
Obertura fue el título de esta muestra dedicada a la noche, un argumento que el artista retoma de manera recurrente en su trabajo desde hace más de una década, cuando inicia una indagación sistemática, a la vez que sensible, de aquellos símbolos y signos que nos remiten a lo nocturno, al paisaje. Ese aspecto inescrutable del devenir de los tiempos y de la reiteracion de los ciclos, asociados al mito original, es reintegrado por el artista a una realidad que le pertenece, no sólo para visibilizar los misterios de la oscuridad y su opuesto, la luz, sino también para trastrocar y reasignar otra posible interpretación de los preceptos universales asociados al pensamiento mítico. A partir de diversas estrategias visuales, Romero materializa los etéreos cuerpos celestes para concebir una poética de cartografías astrales que, a su vez, se relacionan ineludiblemente con lo afectivo y espiritual.

La exposición consta de un conjunto de obras recientes ejecutadas con economía de recursos: cuatro series gráficas diferenciadas, una instalación escultórica, un objeto y una escultura poética se despliegan acertadamente en el espacio museográfico articulándose en torno a lo que define la indagación central de la propuesta: “el mito de la noche”. Serie tras serie, las correspondencias atemporales y ficcionales otorgan nuevos significados al enigma. Allí se exhibe un imaginario que nace de la síntesis de estas figuras siderales que han inquietado al artista desde siempre: constelaciones de estrellas, planetas, nebulosas y bóvedas celestes ancladas en ese paisaje de la nocturnidad. Allí también se manifiestan una posible narrativa, un relato, y también el deseo, a partir del artificio del lenguaje textual.
Romero configura una iconografía subjetiva de la noche y de los astros recurriendo a la síntesis de formas elementales de representación. En la serie Obertura (2013), la cual otorga nombre a la exposición, el conjunto de monotipos realizados a una sola tinta dispone un conglomerado de discos y circunferencias blancas sobre un fondo oscuro y profundo, representando, más que abstracciones geométricas, estructuras flotantes que se desplazan en un juego de infinitas posibilidades, buscando irradiar luz en ese horizonte dominado por la sombra. La serie Bóvedas (2013) infiere la idea a partir de la cual los procesos naturales se fundamentan en un sistema binario en el que se establece la tensión de una inevitable polaridad. Ambas fases parecieran simétricas o equivalentes, y así también los fenómenos cósmicos: día-noche, sol-luna, espiritual-corpóreo. El misterio de todo dualismo nace de su contradicción primordial, pues ningún fenómeno constituye una realidad entera, sólo la mitad de ella. A cada forma simbólica ha de corresponder una semejante y su contraria, para alcanzar el equilibrio. En cambio, el conjunto de monotipos Fase I, II y III, como lo señala Tahía Rivero en el texto que acompaña la muestra, “se diferencia de las series anteriores porque describe una ficción posible dentro de las leyes del devenir universal, nacimiento y muerte; dos imágenes análogas se conjugan en una tercera que las contiene aunque no sean apreciables”.
Atardeceres (2013), conformada por diez piezas únicas realizadas en serigrafía, marca un aspecto destacado de la muestra. La textura nebulosa y el uso de tintas rosas y azuladas se asocian a los diversos momentos que resumen el tiempo crepuscular, “aquel que refiere al preludio de la noche”. Sobre cada uno de estos fondos cromáticos, Romero incorpora una práctica utilizada anteriormente, en la que superpone una secuencia de textos y comentarios que atrapan la atención del espectador: “Tengo razón desconozco la razón de las cosas”, por ejemplo.
El conjunto escultórico Spears despliega cinco lanzas de hierro coronadas por representaciones tales como estrellas, lunas y soles, recopiladas por el artista como testimonios culturales de diverso origen. Esta obra tiene su antecedente en Cielo-ceú (2010), una instalación de setenta banderas nacionales que revelaban sobre fondo negro diversos símbolos de identidad, y que se presentó en la 8ª Bienal de Mercosur, en Porto Alegre (Brasil).
La muestra cierra con una pieza que pareciera ajena a la exposición. Lar (Objeto/sándwich), 1996/2013, elaborada en yeso y resina, refiere a la idealización de un lugar utópico, “ese lugar perfecto que se interioriza en mí, pues esta exposición no sólo habla de la noche, sino de las personas”, afirma el artista. En el piso yace una escultura poética integrada por mil pliegos impresos cuyo contenido revela nuevas claves al espectador: “Durante el día no sabemos cómo brillan los astros en el oscuro cielo”.
RUTH AUERBACH
