Exposición Individualmar 2014 - may 2014· Por Caridad Blanco de la Cruz

Luis Enrique Camejo

Galería Servando

Con brazos de agua que lo anegan todo, el mar penetra con la marejada. Su rugido blanco golpea el litoral. Los efectos de la tormenta (o huracán) avanzan sobre los límites de la isla, disuelven su dinámica y violentan el paisaje urbano. Visiones de tal contingencia recogían las obras de Luis Enrique Camejo, presentadas en La isla del día después, su más reciente exposición en la galería Servando. Antecedentes de esta muestra en cuanto al uso exclusivo de la acuarela son la exposición en Cuba de Transparencia, en la galería Pequeño Espacio del Consejo Nacional de Artes Plásticas, en 2004, y en 2006, La Habana, en Zúrich, en Havana Galerie. En la primera de ellas fueron distintivos los transeúntes que con sombrillas daban la espalda al espectador, sumergidos en el tráfico y la vida cotidiana de una ciudad difusa y húmeda, recreada a partir de melancólicos colores y planos de conjunto. Luego en la cita suiza, las vistas se tornaron más abiertas y las acuarelas –parte también de esa exploración acerca del paisaje citadino común a su pintura– se convirtieron en un sitio de libertad para manchas y aguadas validando de igual manera en este soporte el monocromatismo que ha pasado a ser habitual en su práctica artística.

Exposición Individual: Luis Enrique Camejo — imagen 1
Luis Enrique Camejo. Proyecto La isla del día después, 2013. Acuarela sobre papel arches. 100 x 150 cm. (39 ¼ x 59 pulgadas)

El actual conjunto de acuarelas, a diferencia de los anteriores, alude de forma inédita a nuestra condición insular. Una visión romántica de la destrucción y el acabamiento del mundo hacía compañía a ese mar que quebrando límites tomaba la urbe. Se convertía en luz al romper sobre el malecón habanero, al inundar las calles y avenidas que definían parte del perfil de la capital cubana a partir de edificaciones y sitios emblemáticos. Una isla plena de sentidos y simbolismo, fijada en el ayer por los meridianos y el tiempo, fue el referente literario del artista, y al igual que el náufrago de la novela La isla del día de antes (1994) de Umberto Eco, el espectador la observaba desde afuera. Punto de vista nuevo en la producción pictórica de Camejo, que asume la ciudad de manera coloquial, enfrentándola a sus propios horizontes tras captar las múltiples travesías que tienen lugar en ella.

La isla/ciudad, que emerge fantasmal y diluida, describe sin embargo la identidad de una arquitectura ausente en el resto de la producción simbólica de Camejo. Junto a las aguas que se desplazan arrolladoramente por las vías, se distinguía un Paseo del Prado que ostentaba su eclecticismo. Un efecto místico estaba en la manera en que fueron pintadas sus edificaciones, que soportaban los embates del temporal. Aunque otras zonas aledañas al malecón también se hacían notar, el mar era el principal protagonista de aquellas piezas. A su voluntad y sus desmanes se debía el carácter narrativo de la exposición, que ilustraba el impacto de las olas sobre su famoso espigón.

Movido con soltura, el gris caló en el papel Arches. Con su dinamismo, y a partir de una hábil superposición de capas, el artista consiguió crear atmosferas singulares que le sirvieron para transmitir al público el espíritu del fin. Su excelencia técnica condujo hacia momentos de claridad máxima, en los que preservó espacios de blanco puro, para distinguir con ellos –no sin dramatismo– la belleza en lo tremendo del estallido de olas sobre el litoral. La penetración del mar a consecuencia de la marejada tuvo también un destaque efectista. En una de las piezas, el cielo y las aguas de la inundación pasaron a ser blanco brillante. Justo en su resplandor, la arquitectura sobrevivía como un coloso. Esta obra, como otras de mediano y gran formato, destacaba el ejercicio plástico cual malabarismo de la luz. El vigor del gesto nos llevaba por rutas contrarias al apunte fotográfico al fraguar las luces como un estado de ánimo, pero también se advierte el hecho de que el artista consigue hacer de la humedad un incidente que favorece la ductilidad de la acuarela.

Es así que la superficie pictórica, medular como alma del discurso de Luis Enrique Camejo, se ilumina con las explosiones y la espuma del oleaje, y del mismo modo, se apaga en los atropellos de la corriente y las fluctuaciones de la lluvia. A este mal tiempo el hombre no se asomó. El enfrentamiento fue entre las fuerzas de la naturaleza y esa ciudad/isla que Camejo ha (re)creado a partir de sus vivencias. El simbolismo que todo ello encierra tiene sentidos diversos. Uno ayer, en Roberto de la Grive –desde el Dafne– y el anhelo de alcanzar su ínsula salomónica. Otro ahora. El registro de ese instante real que está en el nacimiento mismo de estos paisajes nos habla de la fugacidad del presente, en cuanto refiere lo frágil del entorno, y proyecta su elegía con transparencias, superposiciones, salpicaduras y chorreados.

CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ

Luis Enrique Camejo, por Caridad Blanco de la Cruz | artnexus