Vi la obra de Isabel De Obaldía hace
unos doce años mientras hacía una investigación sobre arte contemporáneo panameño
para la exposición Crosscurrents: Contemporary Painting from Panama, 1968-1998
(Nueva York, Americas Society, 1998). Mi cocuradora Mónica Kupfer me presentó a
muchas personalidades, como De Obaldía, cuya obra había admirado en los
catálogos de exposición. Durante los primeros largos días que permanecí en su
taller de Ciudad de Panamá y, posteriormente, en Nueva York, logré entender las
complejidades de su expresión estética. Para esa exposición presté especial
atención a las pinturas de De Obaldía; grandes lienzos cuya vigorosa
construcción y enérgico trabajo en las pinceladas, evidencian su interés en el
neoexpresionismo, y, aún más importante, sirven como paradigmas de su
dedicación por el vasto poder de la naturaleza.

La intensidad que vi primero en sus pinturas tuvo la misma potencia en sus esculturas de vidrio, que se han convertido en su forma de expresión preponderante. La exposición reseñada aquí fue la quinta de una serie de muestras presentadas por Mary-Anne Martin/Fine Art, Nueva York. El público norteamericano, desde hace mucho, ha entendido el arte en vidrio como parte del canon de las formas contemporáneas de la expresión plástica. Dale Chihuly es el más famoso entre muchos artistas norteamericanos que trabajan el vidrio, cuya obra se ve regularmente en galerías y museos, como el relativamente nuevo Museo del Vidrio en Tacoma, Washington. Sin embargo, los artistas latinoamericanos del vidrio son toda una rareza. Los hermanos mexicanos Einar y Jamex de la Torre se me vienen a la mente, pero es hacia De Obaldía que nos dirigimos cuando se trata del resultado más audaz e inventivo en este medio, el cual requiere de minuciosa habilidad, destreza física y poder visual creativo. De Obaldía es una trabajadora disciplinada y metódica, con muchas horas de contemplación estética acompañadas de cientos de otras invertidas en varios talleres con los que se ha sentido identificada (The Pilchuck Glass School en el estado de Washington y, más recientemente, el Wheaton Creative Glass Center, Millville, Nueva Jersey).
Esta exposición tuvo dos partes distintas (aunque la instalación sensible en el espacio oscurecido de la galería aparentemente las fundía). La primera categoría de obras estaba compuesta de una serie de cabezas. En cada uno de estos retratos de vidrio había reminiscencias de la antigua escultura mediterránea y del modernismo clásico.
Hechas epítome por el contundente Homenaje a Dubuffet, estas obras son explícitas en cuanto a las solemnidades y enigmas del arte cicládico cercano al 3000 a.C., como lo son en cuanto a las suaves superficies secundarias y a las características de las cabezas de Constantin Brancusi. No obstante, siempre hay paradojas en el arte de Obaldía, y ésta no es la excepción. El Dubuffet funciona como homenaje a un artista que la escultora panameña admira mucho. Aunque a Dubuffet se le reconoce por lo burdo de las formas en su art brut y por la confrontación en sus modos de expresión, en el Dubuffet y otras obras relacionadas, la suavidad general de la forma contrasta con las irregularidades e incluso con el tratamiento violento de las superficies. Las esculturas se ejecutaron en Nueva Jersey con la intervención directa de la artista para luego ser enviadas a su taller en Panamá y culminar la elaboración. Es allí donde adquieren sus extraordinarias y emotivas pátinas.
Las obras más imponentes constituyen una serie de grandes bastones totémicos de vidrio. A De Obaldía le interesan las formas de los bastones o staffs que usan los pueblos indígenas en Panamá en sus ceremonias de afirmación del poder. También es posible evocar otros aspectos del arte prehispánico, pero sólo de manera general. Prefiero ver la obra de De Obaldía a través de un lente geográfica y culturalmente neutro. En estas obras, como en sus pinturas, los animales se apropian del espacio. Jaguar dorado es un buen ejemplo de las formas sensuales, que surgen verticalmente. Los tensos músculos de éste y otros animales de la serie (monos, cocodrilos, tiburones) se endurecen por el medio en el que se han modelado, aunque su elasticidad y agilidad se hacen palpables. La ensayista Susan Aberth escribe sobre éstos (en el excelente catálogo), que son ‘emisarios del ámbito amoral de la naturaleza, con una fiera presencia y confrontadores, y no obstante… rotundamente bellos”.
Esta espléndida muestra evidencia la necesidad de una asesoría museística (y de un catálogo sólido) de los logros considerables de una de las más distinguidas creadoras latinoamericanas de obra bi y tridimensional. El colocarla dentro de un contexto satisfactorio de los artistas internacionales del vidrio servirá para subrayar el calibre de sus logros.
EDWARD J. SULLIVAN
