Exposición Individualmar 2014 - may 2014· Por Érika Martínez Cuervo

Ícaro Zorbar

Galería Casas Riegner

[…] el mundo experimentado es todo menos pacífico, está compuesto de una multiplicidad disonante marcada por fuertes contradicciones y tensiones.

—Athanasius Kircher

Si hay algo en los proyectos del artista colombiano Ícaro Zorbar es el carácter dramático que concede a los espacios donde trabaja. La naturaleza instalativa de su obra coloniza los lugares con aparatos desintegrados que parecen cobrar vida. Cada propuesta rememora la fascinación que ha causado a lo largo de la historia la invención de máquinas productoras de imágenes o sonido. Zorbar se inventa otros tiempos y formas a partir de experimentos con el lenguaje audiovisual y sobre todo con esa manía –casi infantil– de desbaratar cosas para pensarlas, re-visarlas y deshacerlas de su funcionalidad básica.

Exposición Individual: Ícaro Zorbar — imagen 1
Ícaro Zorbar. El títere y el tiempo, 2013. Televisores intervenidos, cables de cobre, papel aluminio, bombillos. Dimensiones variables.

En: “: a partir de ese momento los días cambian” Zorbar montó varias instalaciones que, como él mismo señala, “hicieron desaparecer el espacio de la galería”. Sin ser un propósito premeditado, cada pieza fue restando protagonismo a las paredes de la casa, hasta el punto que –por lo menos en la noche– las paredes quedaron ocultas al espectador. La fuerza de la “imagen total” que generó la exposición estaba concedida por el halo de misticismo que logró el artista con la creación de varios ambientes. Luz y sombra fueron materiales base para los alcances de las piezas, que en conjunto evocaron, por un lado, los inicios de los proyectores de imágenes, y por otro, las consabidas ferias de la ciencia.

La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo (2013) era un gabinete dispuesto en el salón donde se iniciaba el recorrido, un mueble metálico invadido de frascos conectados entre sí por una instalación de cable. Cada frasco contenía aceite mineral y una bombilla prendida. Zorbar acudió a la electricidad como material plástico para entregar un tipo de espiritualidad a los objetos ensamblados, maniobra que en la instalación El títere y el tiempo (2013) es exacerbada por el artista a tal punto que el espectador experimenta un shock1 cuando se activa una chispa de electricidad. Como en un ritual aparecía en la sala un grupo de televisores apagados con papel aluminio en sus pantallas, casi “mirándose”, y en el centro de la escena unas bombillas sin funcionar. El sistema hacía que las bombillas se encendieran lentamente por la energía que transmitían los televisores; sin embargo, la potencia sobrepasaba lo que éstos podían soportar y una leve explosión eléctrica –con su habitual sonido– hacía su respectivo efecto en los visitantes.

Para la instalación En 97 años estaré muerto (2013), el artista construyó una bóveda celeste con cartón y bombillos, donde el observador percibía la sensación del amanecer-anochecer en breve tiempo; Zorbar logró recrear una vivencia contenedora de extrañeza y familiaridad en un mismo instante. Resulta imposible describir con especificidad todas las obras; lo que sí se puede decir es que cada una era una imagen sugestiva que entregaba al montaje un aire de suspenso.

Cabe recordar que en la Edad Media los estudiosos de los acontecimientos técnicos concedieron a sus investigaciones una connotación teofísica; así, los llamados teólogos eléctricos entendieron que “el descubrimiento de la electricidad, así como de los fenómenos magnéticos y galvánicos de la naturaleza, se articulaban con la presencia de Dios en el mundo, y como consecuencia de esa novedosa idea sobre lo divino, se abrió una nueva comprensión de la relación entre el alma y la corporeidad, entre el espíritu y la materia, entre la vida y la masa”2. Esta referencia alude a uno de los momentos históricos en los que las máquinas de visión y los aparatos de audio tuvieron un desarrollo audaz y definitivo para generaciones posteriores, influencia a la que no ha escapado Ícaro Zorbar.

“La máquina presenta un anhelo de perfección que nosotros sembramos en ella y que tarde o temprano fracasa. El humano supone la perfección como un objetivo –el éxito– olvidando que el error es lo único que le permite avanzar. Creo que jugar con ese punto de quiebre nos hace recordar un poco lo frágiles que somos”, palabras de Zorbar refiriéndose a su apuesta baja definición: a partir de ese momento los días cambian.

NOTAS

1. Resulta oportuno recordar cómo “la experiencia audiovisual” de choque ha cumplido un papel definitivo en el estudio teórico de la imagen y el lenguaje audiovisual. Es idea clásica –venida del arte dramático– de que esos shocks tienen un efecto purificador para el alma cobra vida en la instalación de Zorbar de una forma lúdica y romántica; y por supuesto evoca los planteamientos que sobre el concepto desarrolló Walter Benjamin en su famoso texto acerca del lugar de la imagen en la época de la reproductibilidad técnica.

2. Siegfried Zielinski. “El modelador mediático de Loyola Athanasius Kircher en el contexto de una arqueología de los medios”. En Genealogías, visión, escucha y comunicación, p. 26.

ERIKA MARTÍNEZ CUERVO

Ícaro Zorbar, por Érika Martínez Cuervo | artnexus