EXIT, la exposición antológica curada por Walo
Araújo, podría definirse como una biografía oblicua de su hermano Gustavo
Araújo (1965-2008) y un multifacético tributo al artista y al hombre. Lo
demuestran el énfasis en autorretratos y retratos de amigos y familiares, el
impecable despliegue de cuadernos de trabajo, un álbum de fotos de infancia y
reveladores comentarios del propio artista impresos en la pared o de su puño y
letra en los cuadernos.
También se incluyó una amplia selección de cuatro conjuntos: lacónicas fotografías en blanco y negro tomadas a inicios de su carrera artística en Nueva York y Panamá (1996-1999), sus cajas de luz y animaciones digitales (2000-2002), fotografías de corte más antropológico (llenas de momentos y detalles fascinantes: Gustavo ha sido uno de los artistas que mejor ha tomado el pulso a la extravagante idiosincrasia de la ciudad de Panamá) y óleos pintados en sus últimos años de vida.

Sus cajas y animaciones han sido las obras más reconocidas local e internacionalmente. El viento y el sueño –ambos fuerzas “mágicas” que irrumpen en la realidad– son protagonistas frecuentes de sus grandes cajas luminosas, cuyos soportes provienen del campo de la publicidad y el diseño industrial. La gente y las cosas son retratadas desde diversos ángulos y yuxtapuestas en cuadrículas de secuencias interrumpidas. El transcurrir del tiempo es central en estas piezas, como no es usual en fotografía. La imagen móvil tampoco puede darnos esto: una narrativa inconexa y simultánea a la vez. Sus piezas “desarmables” consiguen que la mirada salte de un lado a otro, tratando de reconstruir una interpretación personal, siempre de manera distinta a la anterior. Cada una de las imágenes existe en un tiempo diferente, único, y a la vez convive con todos los momentos de la obra fragmentada.
Ya desde sus primeras imágenes se percibe cierto rechazo a lo estático, actitud que en poco tiempo se convertiría en rechazo a lo puramente fotográfico. Las personas son captadas en pleno movimiento, desenfocadas o con gestos ambivalentes; los diversos ángulos perturban la imagen y la mirada fotográfica es elíptica. Cualquier fotografía –parece sugerir– es demasiado literal. Para dislocar la imagen, para ver a través de ella y así poder descubrir algo íntimo que la define, hay que dejar de mirar sólo fotográficamente.
El núcleo de esa búsqueda tal vez proviene de la fascinación del artista por ciertos momentos felices de su infancia, resumidos en los paseos familiares a la playa. Varias de sus fotografías son intentos de reproducir la atmósfera de esos días, y sus cuadernos están llenos de alusiones al tema. De hecho, el mar y la playa recorren toda la obra y la vida de este artista, que también fue surfer.
Animaciones, como Red Frog e Isla Grande, transmiten el sentimiento de pérdida mediante la lenta desaparición de las figuras. Algo similar ocurre con otras piezas, como la doble valla luminosa titulada Hans y Nils, que por un lado muestra dos niños jugando en la playa, y por el otro, las huellas que dejaron en la arena; o incluso con Bocanadas, la caja iluminada cuya cuadrícula de imágenes de burbujas es el producto de las exhalaciones submarinas de un Gustavo que no aparece ante la cámara.
Pero las lecturas de estos cuatro trabajos pueden ser otras. Las dos animaciones en loop muestran la paulatina desaparición o alejamiento de personas que sin embargo vuelven a aparecer una y otra y otra vez. Igualmente, basta caminar hacia el otro lado de la valla para que Nils y Hans regresen. Y Bocanadas es también un autorretrato.
En éstas y otras obras, la presencia y la ausencia se sustituyen sin cesar, y el tiempo y el espacio se fracturan, sugiriendo que el pasado no muere tan fácilmente. El fragmento clama por el gran todo al que pertenece, igual que las melodías por la pieza musical o el vaivén de las olas por el mar. El hipnótico y primordial sonido de ese vaivén que conforma el audio de Red Frog (una de sus piezas más poéticas) en esta muestra bañaba las salas contiguas para influir también en nuestra percepción de las demás piezas ahí exhibidas, todas con el tema marino.
Gustavo vivió de la fotografía publicitaria antes y después de empezar a exhibir, a mediados de los 1990. Su carrera artística duró muy poco, y sin embargo, como ya dije, mostró un marcado desarrollo que trascendió la fotografía. En él eran frecuentes los saltos renovadores, por ejemplo, un readymade mediático, vallas públicas con una escueta frase, una pieza de audio o animaciones digitales y un sinnúmero de proyectos experimentales que nunca llegó a realizar.
A pesar del rigor y entusiasmo característicos con que se dedicó a explorar la pintura, pienso que su incursión en este medio fue una etapa fértil que eventualmente lo hubiera llevado hacia otra dirección: tal vez a una confluencia entre tecnología digital, pintura e intervención urbana. O, por el contrario, hacia propuestas ultramodestas y depuradas: algo quizás en la línea de Exit, la preciosa pieza conceptual que dio el título a esta exposición y que condensa la emoción que transmitía Gustavo: un placer doliente por la vida.
ADRIENNE SAMOS
