Exposición Individualmar 2014 - may 2014· Por Graciela Kartofel

Graciela Iturbide

Throckmorton Fine Art

Una práctica teórica, aguda, no literariamente narrativa, no textual ni postconceptual, ha venido desarrollándose en la obra de algunas mujeres fotógrafas, especialmente en México, y éste es el caso de Graciela Iturbide. ¿Antropológica? ¿Continuadora? ¿Revisionista? ¿Ideóloga? ¿Tradicional? ¿Posmodernista? Las respuestas a estas preguntas constituyen la nota crítica a la exposición de Graciela Iturbide en la galería de Spencer Throckmorton en Nueva York, para la cual se produjo un catálogo que no se puede dejar de mencionar por los dos significativos retratos con que se abre y se cierra la publicación: Autorretrato en mi casa (1974) y Manuel Álvarez Bravo (de los años setenta). Iturbide es un valor aceptado. Las cualidades sociales, antropológicas, históricas, técnicas y temáticas de su fotografía son indiscutibles. ¿Es ésta una exposición revisionista? ¿Se mantienen en el presente sus características? Sí, se mantienen, a la par que hay unas obras –o líneas fotográficas– que hacen levantar la ceja a más de uno de los espectadores. ¿Entonces, hay nuevas miradas para quienes conocen su obra? Sin duda, pero con un filtro temporo-espacial entre quienes conocen su obra y el acelerado presente. Entre quienes no la conocen, Graciela Iturbide es un descubrimiento inconmensurable. ¿Cómo puede ser esto? Abreviando, no todos hemos transitado las mismas rutas, ni tomado los mismos trenes, ni andado por los mismos paisajes.

Exposición Individual: Graciela Iturbide — imagen 1
Graciela Iturbide. Graciela Iturbide. Civitella, Italia, 2001. Impresión sobre gelatina de plata. 50,8 x 40,6 cm. (20 x 16 pulgadas).

En esa voluntad de aportar al conocimiento del ser humano, los artistas visuales atienden a estructuras, esferas y caminos diversos de la sociedad. Cuando la fotografía se establece, también lo hace con independencia la disciplina antropológica. Graciela Iturbide no se centra en el lenguaje ni en la arqueología sino más en los mundos humanos y sus vertientes sociales –algunos prefieren llamar etnográficos a ciertos trabajos suyos–; bien podría adscribirse al sinónimo o a la faceta de antropología cultural, que entiende más el trabajo realizado por la artista. En estos recovecos mencionados hay cuatro puntos claves en las fotografías de esta autora: realismo mágico, anonimato, valor del blanco y negro y la presencia de la mujer en la naturaleza. ¿Le pertenecen estos tópicos como propios? ¿Cuánto de esto percibe y hereda de su maestro, don Manuel Álvarez Bravo? En esta respuesta habría tanto para analizar, pero tomemos ciertos ejemplos. En momentos iniciales, don Manuel reporta la realidad urbana; Graciela Iturbide hace de sus fotos de Omar Torrijos un enfoque diferente, aunque también urbano, pero no anónimo. Ella se interesó tempranamente por la escritura y la cinematografía; esa mirada especial, profunda, paisajística, del fotógrafo-cineasta de los cielos Gabriel Figueroa amanece en ciertas obras de Iturbide.

¿Cuál es el motivo para reseñar en una revista de actualidad una autora sumamente laureada que se exhibe en los grandes museos de Londres, España y México? Habiendo marcado un camino sereno y misterioso, modernista, figurativo y humanista, Iturbide, recorre el mundo y se atreve a hacer ciertos disparos que cambian la escala de valores. Sin dejar a la mujer, a las culturas ancestrales y al paisaje, muestra sus pasos por Italia como el descubrimiento de parte de la cultura articulada y de anclaje. Civitella (2001) y Lugo (2008) ofrecen una intensidad misteriosa y percutora. Podría decirse que son la antítesis de las imágenes de México que la catapultaron a la fama en el mundo entero, en libros y en exposiciones, como Nuestra Señora de las Iguanas (México, 1979) y Santa María Xadani (Juchitán, 1979), o sus hermosas obras de los cementerios y las celebraciones con piano, novias y tradiciones de México.

Es la primera vez que se presenta en Estados Unidos buena parte de estas imágenes de Graciela Iturbide. Fueron seleccionadas por su galerista en este país, Spencer Throckmorton, tanto en la exposición en el Museo Amparo de Puebla como en la exposición en Londres y, lógicamente, en el estudio de la artista. Uno de los guiños de Graciela Iturbide se advierte en Texas (Estados Unidos, 2009). Donde no hay masas de emoción sino teatro armado, escenografía sobre un piso de madera, paisaje pintado –a pesar de que Estados unidos tiene bellos paisajes–, pero también tiene la rigidez de los mundos de plásticos sin vida, los aislados postes con teléfonos de monedas donde nadie se mira a los ojos en la conversación, ni los personajes se presentan ante la cámara con una ridícula ingenuidad natural, como en Magnolia con Sombrero (Juchitán, 1986) o Mujer Ángel (Sonora, México, 1980) o Barcelona (España, 1980), con sus ganchos agudos, desgarradores, como la visión escultórica de la España de Chillida.

Graciela Iturbide ha recorrido el mundo y no reniega de sus originales obras tempranas pero atiende a asomarse a ciertos fenómenos de la transmodernidad, en donde las visiones y los valores de la vida han cambiado. Sin aislarlos del espíritu que la alimentó inicialmente, los perfila y confirma con fuerza y poética, e indiscutiblemente, con la mirada puesta en la mujer y en el paisaje.

GRACIELA KARTOFEL

Graciela Iturbide, por Graciela Kartofel | artnexus