Exposición Individualmar 2014 - may 2014· Por Fernando Castro R.

Fernando La Rosa

Mobile Museum of Art

Cuando empecé mi viaje por la fotografía no me quedaba muy claro cómo los diferentes géneros, o como les llamé más tarde “modos” de la fotografía, encajaban. Una de las ideas más confusas era la de fotografía documental porque me parecía prima facie que el medio no podía hacer otra cosa sino documentar. Más tarde comencé a entender que no todos fotografían para documentar, y que documentar fotográficamente tiene una afinidad con lo que los viajeros y exploradores Ilustrados llevaron a cabo desde la era de la Encyclopédie. La idea de documentar no era sólo registrar, sino también conocer lo registrado, y documentar con un propósito.

En los setenta La Rosa fue el adalid de la fotografía peruana en una época en que el medio había sido relegado a la insipidez de los retratos elegantes, la publicidad comercial y la oportunidad periodística. La Rosa ofreció una visión de la fotografía que la emparentaba a la literatura. En primer lugar, al igual que la literatura, era una forma de arte; y como es el caso con la literatura, se prestaba a muchos enfoques. Algunos enfoques estaban más cercanos a lo que entonces llamábamos la “tradición del lenguaje coloquial”, mientras que en otros, los referentes se transformaban poéticamente de tal manera que se hacían simultáneamente más presentes y menos reconocibles.

Exposición Individual: Fernando La Rosa — imagen 1
Fernando La Rosa. The Lanzon, Chavin of Huantar (3500-900 A.C.) FLR 1972.

Poco a poco entraron en mi léxico diferentes palabras que fueron clarificando la galopante y zumbante confusión del medio. Una fue “fotografía directa” (straight photography) un vocablo que describía una manera de hacer fotografía que proscribía las manipulaciones tales como doble-exposición, foto-montaje, impresiones con más de un negativo, etc. La única manipulación permitida era la de aquella técnica empleada por los fotógrafos más peritos llamada “sistema de zonas”. En su defensa, se puede argüir que aquello no era manipulación, sino una manera de controlar las deficiencias de la fotoquímica que, si se dejaran sin ser zonificadas, impedían producir una escena con detalles en las sombras y las luces, como la visión humana lo logra hacer. Sin embargo, también permite la presentación de objetos espectacularmente iluminados con una increíble proeza poética. La Rosa es un maestro de esa técnica y uno de los grandes exponentes de la estética que con frecuencia va paralela a ella. Es con ese oficio que empezó a re-presentar un mundo que nos era familiar con una frescura tal que nos hizo sentir culpables de no habernos percatado mucho antes de su belleza. Aún objetos ordinarios como una pared o una silla se transfiguraban de tal manera que hubiera complacido a T.S. Eliot y a Octavio Paz simultáneamente.

Tres de las imágenes de La Rosa merecen nuestra atención aquí. Una es El Lanzón (1972) en Chavín de Huantar —un sitio arqueológico de 3,500 años de antigüedad (3,000 años antes que el Imperio Incaico). El Lanzón es una de las esculturas más icónicas del mundo pre-colombino. Es un obelisco de granito de 4.5 metros de altura erigido en una cripta subterránea. Tiene labrada en relieve una deidad medio-humana y medio-felina, con cabellos en forma de serpiente, y una expresión que se podría confundir con una sonrisa burlona. Si se suman a su contemplación las creencias religiosas de aquéllos que la esculpieron, debió haber tenido un efecto aterrador en quienes eran obligados a enfrentarla. Un dato adicional relevante es que Chavín de Huantar era también un oráculo. Antes de fotografiar El Lanzón La Rosa esperó hasta el mediodía para que la luz penetrara la cueva a través de un túnel vertical. Sólo entonces la noción de un axis mundi que probablemente motivó su concepción podía ponerse en evidencia: la oscuridad de una tierra finita asusta, mas el ascenso vertical al cielo infinito mediado por una profecía hablada nos (les) libera de la incertidumbre.

En la ciudadela Inca de Machu Picchu hay una extraña piedra esculpida que sale de la tierra y que se le identifica como un cóndor. No obstante, la mayor parte del tiempo, por mucho que el espectador la mire de uno u otro lado, no ve nada ornitológico en ella. Es el tipo de “abstracto” pre-colombino que inspiró a artistas como Jackson Pollock y Joaquín Torres García. La versión fotográfica de La Rosa (2000) con las sombras y luces del momento correcto del día, revela la figura del cóndor; y además, como los artistas originales concibieron la tierra como un cielo donde el ave vuela.

En tercer lugar, está Kenko, una de los sitios incaicos más asombrosos. Es una formación rocosa natural aprovechada arquitectónicamente para marcar una entrada al submundo (El Hades de los antiguos griegos). La Rosa le dedica varias imágenes. Una de ellas se titula Kenko, Interior del Templo Interior (1999). Es una composición diagonal donde quedan iluminadas las estructuras geométricas hechas por la mano humana enfrascadas en lo amorfo de la piedra de la caverna. La imagen de La Rosa cristaliza la visión cosmológica inca centrada en el sol cuya arquitectura establece una simbiosis con la tierra, y con los antiguos cultos a las piedras y las montañas.

La exhibición Las Ciudades Silenciosas del Perú: Fotografía Arqueológica de Fernando La Rosa satisface dos modos de la fotografía y de ello resulta la enigmática fuerza de las obras. En modo documental hay un registro exacto de las antiguas edificaciones pre-colombinas del Perú. Por otro lado hay un modo más poético que recrea la experiencia estética (con todo lo escurridiza que puede ser la frase) que inspiró a poetas como Martín Adán y Pablo Neruda, y a otros fotógrafos de parecida inclinación artística como Linda Connor, Javier Silva y Edward Ranney. Como La Rosa, el arte de estos fotógrafos se hace más patente en una era de gratificación fotográfica instantánea: guardamos y eliminamos una imagen que hace sólo dos segundo hemos captado. Ellos, en cambio, contaban con el oficio para captar, y la imaginación para anticipar visualmente cómo se iba a ver la obra. Las Ciudades Silenciosas del Perú abarca civilizaciones en un periodo de 4,500 años, y una cronología de cuarenta años en la obra de Fernando La Rosa. La próxima muestra de esta exhibición es en el Georgia Art Museum (8 de enero al 20 de marzo del 2014).

FERNANDO CASTRO R.

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