Enrique Metinides

Enrique Metinides. “Llegué en una ambulancia al operativo que se realizaba en un supermercado de la cadena Comercial Mexicana, luego de que fuera asaltada la camioneta de transporte de valores. Cuando entré, policías y ladrones estaban en plena balacera; la demás gente, pecho tierra. A fin de cuentas los asaltantes terminaron huyendo por la puerta trasera”. México D. F., Septiembre de 1988.

Monografíamar 2014 - may 2014· Por Consuelo Almada

Enrique Metinides

Maestro de la urgencia, de la presión del tiempo, Metinides no descuidaba el encuadre, el enfoque y el contexto psicológico del hecho. Todo lo mantenía bajo control y sus fotos resultaban de una calidad impresionante, más propias de un montaje que del registro de los hechos.

Enrique Metinides Tsironadis nació en 1934 en la ciudad de México. Hijo de inmigrantes griegos que poseían un negocio de fotografía junto al Hotel Regis, debieron dejar el negocio en los años cuarenta porque allí construirían grandes edificios, “y fue cuando mi papá me regaló una bolsa de rollos y una pequeña cámara […]”1. Lo anterior, y su asistencia a los cines de San Juan de Letrán donde exhibían películas de gánsteres con episodios de balazos, persecuciones y muertos, lo iniciaron en su pasión por ver y registrar hechos violentos.

“Iba con mi camarita y retrataba la pantalla; también empecé a ir a las delegaciones de Policía del primer cuadro de la ciudad y a la Séptima, que quedaba cerca del restaurante de mi papá, para tomar fotos de los carros accidentados que ahí estacionaban; iniciaba entonces mi colección de fotografías de autos chocados […] Un día que fotografiaba un auto chocado llegó Antonio ‘El Indio’ Velázquez –reportero gráfico de La Prensa– para tomarle fotos al mismo auto, y, entonces, a quien era considerado uno de los mejores fotorreporteros del país le llamó la atención que un niño de 10 años tuviera la misma afición y me invitó a colaborar como aprendiz […] Al otro día llegué temprano a La Prensa con mi cámara y tuve, de ahí en adelante, que cargar un reflector del ‘Indio’, ya que a éste no le gustaba usar flash. Salíamos todas las mañanas en un taxi alquilado por 50 pesos hasta las dos de la tarde. El recorrido iniciaba en Lecumberri; de ahí al Hospital Juárez, luego a la Policía y a los Bomberos y, por último, a la Cruz Roja”.

Monografía: Enrique Metinides — imagen 1
Enrique Metinides. Una mujer llora al lado del cuerpo de su novio quien fue apuñalado por ladrones en el Parque de Chapultepec. México D. F., 1995.

“También acudíamos al lugar de los hechos si había un crimen, accidente o incendio. En Lecumberri se retrataba al sujeto que había cometido un homicidio el día anterior; luego en la Policía se fotografiaban los objetos relativos al asunto de nota roja […] Los heridos estaban en la Cruz Roja, en la Cruz Verde o en el Hospital Juárez, ya que a un herido no se le podía atender en forma particular. Yo tenía diez años y veía cómo en el Hospital Juárez, que era el único forense que había, lavaban a los cadáveres, me resbalaba con la sangre y, como no había suficientes mesas de concreto, ponían los cuerpos en el piso, que estaba lleno de vísceras”.

“En la Policía íbamos a visitar a todo el Servicio Secreto, y en Bomberos, si tocaba la chicharra, me llevaban en el carro de los tragafuego hasta el incendio y había órdenes de que un bombero me llevara en hombros donde no podía entrar el fotógrafo y yo tomaba las fotos: se publicaban en primera plana y me hice famoso […] Por intermediación de ‘El Indio’, el director de La Prensa me invitó a cubrir los asuntos de la Cruz Roja, aunque sin ningún pago. Tenía ya 13 años y me daban un permiso especial que se renovaba cada 30 días para trepar a las ambulancias, a pesar de no cumplir los 18, y, a esa edad, hice el curso de socorrista para tener credencial no sólo para tomar fotografías para La Prensa, sino para atender heridos […]”.

Monografía: Enrique Metinides — imagen 2
Enrique Metinides. Jesús Bazaldua Barber, ingeniero en telecomunicaciones, se electrocuta fatalmente por más de 60,000 voltios cuando intenta cambiar una línea telefónica. Toluca, México, 29 de enero de 1971.

Energía inagotable

Metinides tenía una energía inagotable: se metía en todo y todo lo envolvía; tanto, que sus papás –ya enojados– mandaban a su hermano de 23 años a buscarlo. Lo llevaba a su casa, ya harto, y no quería saber nada de la Cruz Roja. Sin embargo, la inacabable energía del hermano menor lo atrapó y acabó siendo chofer voluntario y maestro del curso de socorristas.

Los intentos de la familia por controlarlo pronto se desvanecieron al advertir que, lejos de renunciar a su vocación, cada vez se involucraba más, al grado de que enfrente de su casa había una ambulancia durante la noche para llevarlo a cualquier hora al lugar del accidente o del crimen; siempre tenía su ropa lista, y cuenta que sólo se recostaba para descansar un poco. “Llegué a ser tan conocido que hablaban de la Policía de Caminos a la Cruz Roja para pedirme directamente el servicio. Inventé las claves de radio que hasta hoy se utilizan en la Cruz Roja de todo el país; al cadáver le puse ‘catorce’”.

Monografía: Enrique Metinides — imagen 3
Enrique Metinides. Una señora de bajos recursos económicos sale de la morgue luego de haber sido realizada la autopsia de su hija de dos años. Dos horas antes había pedido limosna para comprarle el ataúd. México D. F., marzo de 1966.

Metinides colaboró con sus fotos en la revista Crimen, que luego se llamó Guerra al Crimen: le pagaban 100 pesos al mes en billetes de a peso. “Aunque no me daban ni quinto, comenta, también colaboraba en las principales revistas policiacas como Nota Roja, Prensa Roja y la revista Policía”. Metinides se incorporó oficialmente a La Prensa en 1960 pero su vida laboral no cambió: percibía un bajo sueldo, producía mucho pero en numerosas ocasiones, y a lo largo de su carrera, le velaban, le escondían sus fotos o aparecían firmadas con otros nombres. “Había mucha envidia”, dice. Por todo eso, afirma: “Si volviera a nacer nunca sería fotógrafo”.

El ahora reconocido artista habla de las visitas que recibe: “Gente de otras partes del mundo, fotógrafos famosos y representantes de publicaciones internacionales”. Se queja de que han elaborado libros sobre él con sus fotos incluidas y ni siquiera le han dado un ejemplar. Ahora, dice, “ya estoy en derechos de autor y todo está con abogados”.

Monografía: Enrique Metinides — imagen 4
Enrique Metinides. Accidente de tránsito en las avenidas San Juan de Letrán y Juárez, México D.F., c. de 1949.

Metinides ha sido equiparado con Weegee, famoso fotógrafo policiaco del Nueva York de la primera mitad del siglo XX, particularmente en cuanto a sus inclinaciones por captar los mínimos detalles, “no sólo del objeto del crimen sino, sobre todo, a los curiosos que observan”, y que Metinides llama los mirones. Esto incluso llegó a ser útil en el esclarecimiento del asesinato de una mujer, en el que se tenía al sospechoso, quien, al ser llamado a declarar, llevó a dos testigos para que dijeran que él no había estado en la ciudad el día del crimen. Sin embargo, gracias a la foto de Metinides se descubrió que tal sujeto estaba entre “los mirones”, por lo que fueron a dar a la cárcel, él y sus dos falsos testigos.

Maestro de la urgencia, de la presión del tiempo, Metinides no descuidaba el encuadre, el enfoque y el contexto psicológico del hecho. Todo lo mantenía bajo control y sus fotos resultaban de una calidad impresionante, más propias de un montaje que del registro de los hechos. Le han preguntado de qué tamaño es su set, particularmente refiriéndose a una de sus fotos más célebres: la de la mujer atropellada e impactada contra un poste de luz en avenida Chapultepec en 1979. Un primer plano muestra el rostro ensangrentado y la rubia melena de la mujer, imagen más propia de un arreglo escénico de extra de cine, que del registro de un suceso real.

Otra de las imágenes más conocidas de Metinides es la de una joven que llora desconsolada junto al cuerpo sin vida de su novio, momentos después de ser apuñalado en Chapultepec por oponerse a un asalto; ellos se iban a casar en 30 días. Esta foto fue publicada en todo el espacio de la primera plana de un famoso diario londinense, pero no se la publicaron en el periódico donde trabajaba cuando fue captada. Otra célebre fotografía es la que exhibe entre cables el cuerpo carbonizado de un empleado de Teléfonos de México, muerto mientras instalaba una nueva línea telefónica en el kilómetro 13 de la carretera México-Toluca, en 1958.

Una más es aquella en la que el cuerpo de un adolescente flota en el fondo de una piscina pública a la que había saltado rompiéndose el cuello. Tomó la escena del cadáver bajo el agua, casi en el plano de la alberca. El agua turbia es captada de una manera asombrosa. Otra escena en la que muestra su carácter para reconocer la calidad del agua, es la que expone un cadáver flotando en el canal de Xochimilco: allí, el agua refleja con la nitidez de un espejo a la multitud de curiosos que, de pie sobre la orilla, miran el cuerpo flotando sin vida.

Monografía: Enrique Metinides — imagen 5
Enrique Metinides. El trabajador de la Cruz Roja Manuel Hernández Martínez evita que Guadalupe N Guzmán se lance desde el piso 27 de la Torre Latinoamericana. Mexico D. F., 2 de diciembre de 1993.

Una escena sobrecogedora es la de una mujer de escasos recursos que acude a recoger el cuerpo de su hija atropellada por un autobús. Ella venía con su niña de la mano, la pequeña se le suelta y la atropellan. Le dieron el cadáver de su hija, y la madre dijo al forense: “Ella es todo lo que tengo”, a lo que él contestó que de todos modos se la tenía que llevar. Se fue caminando a donde vendían cajas y ahí se hincó y la gente se juntó para darle dinero. Luego de adquirir el pequeño ataúd, guardó el cuerpecito sin vida. La historia es narrada con todo el peso de la tragedia, en una secuencia desde que la madre introduce a la pequeña en el ataúd hasta que sale del hospital con la caja en brazos, para perderse en forma anónima entre la multitud.

Metinides captó también brutales incendios de los que milagrosamente salió con vida. Recuérdese aquel inmenso hongo de fuego que se formó tras una de las numerosas explosiones de los tanques de gas estacionarios y depósitos de abastecimiento de la Planta de Gas en Santa Clara, estado de México, el 6 de mayo de 1966, imagen que tomó desde la ambulancia y que es muy famosa.

También, entre los cientos de incendios que registró, están las bodegas del Mercado de Jamaica y el de una fábrica de textiles; sorteando siempre las llamas sin más protección que el firme propósito de captar lo ocurrido a la menor distancia posible. “Cierto día que estaba en la Cruz Roja de Polanco me avisan y salgo corriendo: una señora que se quería suicidar subió al piso 27 de la Torre Latinoamericana para arrojarse. Cuando llegué (porque todo pasaba cuando yo llegaba, era providencial) tomo esta foto: un individuo se descuelga para agarrarla y entonces la mujer queda colgando; grita, se le cae un zapato y alcanzan a salvarla […]”.

Metinides pudo captar esta escena en una secuencia de cinco fotos, pero relata que le mereció un regaño del director por no usar telefoto, recurso que no le habían proporcionado en el periódico. La tomó con el lente normal, el de la camarita que usaba, lo que produjo una imagen maravillosa, ya que se aprecia la cuadrícula formada por la ventanería del rascacielos, geometría que sólo es interrumpida por la mujer de pie mirando al vacío.

Monografía: Enrique Metinides — imagen 6
Enrique Metinides. Adela Legarreta Rivas es atropellada por un automóvil Datsun blanco en la Avenida Chapultepec, México D. F., 29 de abril de 1979.

La foto del asalto a un supermercado de La Comercial Mexicana en los años noventa ha sido equiparada a la fotografía de Tarde de perros, película de Al Pacino. Una camioneta bancaria arribó a sacar dinero, cuando llegó un comando y mató a tres policías. La imagen muestra a los policías y al personal del supermercado detrás de las cajas. La composición de la escena guarda la tensión y el movimiento de un film policiaco. Esas fotos no fueron publicadas, ya que la Comercial Mexicana era anunciante de La Prensa.

En años recientes, Metinides se ha convertido en uno de los fotógrafos más reconocidos e interesantes de la escena internacional. Sus fotografías, también multipremiadas por Kodak, entre otros, se han exhibido en distintos países no siempre –dice él– con su conocimiento. Respecto a su asistencia a exposiciones fuera del país, me advierte muy serio: “Yo nunca iría a ningún lado que tuviese que volar pues siempre he estado enfermo: de chiquito unos niños me colgaron de un pie y una mano por cinco minutos desde un sexto piso en el edificio donde vivíamos, y debido a eso jamás he podido volar”.

Aunque sí pudo estar en 19 choques y volcaduras de las que salió vivo gracias a sus estampas de la Virgen de Guadalupe y a las ranitas de la suerte que siempre traía consigo y que forman parte de sus distintas colecciones. Una vez se le llegaron a hundir las costillas pero, de ahí, “siempre salía para tomar la foto y hasta después era llevado al hospital con los otros heridos […]”.

Como fotorreportero de nota roja a lo largo de 50 años, Metinides nos da su propia versión de los hechos trágicos que se suceden a diario en la gran ciudad. En ese mar de intereses y puntos de vista que constituyen los medios de comunicación, él construye su propio imaginario urbano y se dirige a un consumidor de imágenes al que convierte en testigo presencial, volviéndose un informante privilegiado: ambos tipos ideales, en años recientes y de forma progresiva, se han ido desdibujando para dar paso a espectadores voraces de imágenes leídas sólo como sensaciones.

Monografía: Enrique Metinides — imagen 7
Enrique Metinides. Metro asesino. Choque del convoy del metro con otro convoy que subía y bajaba pasajeros en la estación viaducto, sobre calzada de Tlalpan, dirección Taxqueña, 27 muertos, 86 heridos graves y 500 leves. 21 de octubre de 1975.

La fotografía a color y el video le proveyeron de valiosas herramientas. El brillo de la nueva pintura automotriz, las formas distintas que por los avances tecnológicos adquieren los automóviles al impactarse, son captados en la escena que muestra a dos adolescentes desmayados dentro de un auto rojo brillante. La escena es ofrecida como mensaje publicitario con un voyerismo más elaborado y nunca satisfecho: al espectador le niega el rostro de los accidentados, sólo les permite ver los rostros perplejos de un mirón y de un policía, quienes sí pueden contemplar la escena completa.

Metinides se adapta a los nuevos ritmos de la ciudad y a la nueva visualidad en diseño y colorido. Los años noventa lo obligan a hacer un ajuste en su vida y se retira a su espacio doméstico, territorio desde el cual se entera y registra diariamente los hechos que antes documentaba desde la más corta distancia. Su proximidad a lo siniestro hoy adquiere un carácter inmaterial, y en otros momentos reelabora en nuevas imágenes lo que siempre vivió en la calle: la tragedia y el humor, este último, recurso predilecto de los dramaturgos, algunas veces lo introduce en sus registros de la más cruda realidad.

Él mismo dice: “A mí no me gusta tomar fotos de crímenes y muertos; me gusta más dar un toque de humor, como cuando fotografié una zapatilla de tacón de aguja, yendo a la zapatería y pidiéndole al dueño que la sostuviera en la mano, porque en la escena del crimen la asesina había huido con el zapato con el que había agujerado el cráneo de su víctima […]”. En otra escena del crimen no aparecían más que el cadáver y una jaula con un loro; a éste le tomó la foto como “testigo del crimen”. La bala sostenida por los dedos índice y pulgar es una imagen más conceptual, ya que remite al crimen, toda vez que la bala fue encontrada en el estómago de la víctima.

Teniendo como set el sillón de su sala, actualmente sus producciones parten de sus fotografías de incendios y choques; hace nuevos fotomontajes con pequeños juguetes de plástico: ambulancias, camilleros, bomberos y policías, y los dispone sobre las imágenes reales. En estas composiciones, los personajes realizan los rescates de las víctimas del infortunio. Introduce el recurso del humor en las escenas en otro tiempo sobrecogedoras, las sobrepone para conectarse y conectar a quien las mire de forma menos dolorosa con la realidad.

 NOTA

1. Entrevista con Enrique Metinides, el 24 de junio de 2011.

CONSUELO ALMADA

Maestra en Historia del Arte.

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