Desde varios años atrás Malba-Colección Costantini puso el foco en la obra de Elba Bairon, y la curaduría consideró adquirir obra suya con el propósito de acrecentar su patrimonio de arte contemporáneo argentino, dentro de un conjunto selecto de producción de artistas diversos.
Poco más de un año atrás Bairon fue invitada por Malba a presentar un proyecto expositivo individual para la sala dedicada a arte contemporáneo, en la planta baja del edificio. Tal como lo explica Victoria Giraudo en la presentación institucional del catálogo, esta es la primera exposición de la artista en un museo. Lo singular de la invitación fue darle a Bairon carta abierta para formular una propuesta inédita para la ocasión. Ambas partes compartieron el desafío, ya que se trataba de una idea artística que se iría desarrollando, y el museo acompañaría el proceso creativo hasta el momento de la inauguración. Los primeros pasos sucedieron sobre el papel, fueron naciendo los protagonistas, las construcciones, los espacios. Al cabo de casi un año, la artista había trabajado en la instalación que desde octubre pasado y hasta el próximo diez de marzo se exhibe en la citada sala en la edición 30° de su programa. La exposición está compuesta por ocho figuras humanas, tres construcciones y un banco; todos fueron pensados de manera específica para ese espacio como parte de un todo en sí mismo.

Con respecto a la formación de su imaginario, Bairon ha comentado que en el tránsito de su formación artística e intelectual halló algunos referentes en la tradición escultórica internacional, en representantes modernos como Wilhelm Lehmbruck o Alberto Giacometti. Y, entre las expresiones contemporáneas nacionales, ha mencionado las instalaciones de las argentinas Liliana Maresca y Magdalena Jitrik, y de León Ferrari, entre otros. Así, a partir de formas en tres dimensiones, objetos, en amplio concepto, e instalaciones, su obra se inscribe en el territorio de los lenguajes contemporáneos.
Existen constantes de ejecución que han conducido a Bairon a la expresión ceñida de su obra. En la recepción del espectador, la apelación inicial es a la sensibilidad por la apariencia de las superficies, de las texturas, tal como si del aspecto logrado del material emanara un aura enigmática, sutil, así como potente. Se trata de yeso y pasta de papel blanca o coloreada en pálidos, y pocas veces algún destello de color saturado. Una vez que ha sido plasmada la forma –abstracta, humana, animal–, el lijado de esa materia se convierte en acción esencial, ya que el efecto logrado resulta en ese aspecto elocuente, casi indefinible, sello de la obra de la artista. Fue así como en 2009 incluimos obra suya en “Estados de la materia”, exposición colectiva en Fundación Klemm, que reunía a artistas cuyas obras exhibían en su materialidad la condición de pasaje, de lo líquido a lo sólido o su inversa, de lo mórbido a lo duro, de acuerdo con distintos elementos y variantes, y en grados diversos, a partir de una metáfora de transformación. Es esa cualidad la que otorga una marcada identidad a la obra de la artista. Ese semblante tocó un alto grado de refinamiento en la instalación de Malba.
La instalación, modalidad habitual en su poética, cristaliza la idea final. En esta exposición, que no lleva título, las figuras, que comparten un mismo espacio, además de las construcciones, no necesariamente dialogan entre sí, sino que vuelven evidente el acto de estar centradas sobre sí mismas. Aunque la representación de cuatro de sus cinco sentidos –ojos, nariz, boca y orejas– esté ausente, las figuras exudan marcada sensorialidad y sentimiento. Sin embargo, es el tacto el que permanece y relaciona a algunas de las figuras con un pequeño animal –conejo, pequeña oveja, otros– o con una tabla de lavar ropa a la antigua usanza. Es en ese hecho táctil que cada ente se funde en una sola y prístina unidad con su correspondiente figura. Y, así, se han convertido en presencias que manifiestan una cualidad primigenia, arquetípica. Las construcciones, de una escala diferente al resto de la escena, son como antiguos templos vacíos. Estas figuras son testigos del tiempo que transcurre, están inmersas en el torrente temporal, pero también fuera de él. El espectador transita en torno a ellas, en la escena, o como en un paisaje, como la artista sugiere que se interprete. Y ese tránsito es como una vuelta a casa, a una nueva reunión, a un retorno de un cosmos reconquistado.
El escrito del catálogo es de Teo Wainfred. Se trata de un largo poema, a partir del cual, al cabo de haberlo leído en su totalidad, acordamos que la palabra poética es, tal vez, la mejor manera de acercarse a la obra de Elba Bairon. Memoria, invención, transfiguración, profecía, son algunos de los términos de ese texto, que sobrevuelan la obra de la artista.
MERCEDES CASANEGRA
