El nomadismo existencial que
caracteriza desde hace muchos años la vida de Alicia Paz (México, 1967)
–formación en California (Berkeley) e Inglaterra (Royal College of Art);
estadías en París y Alemania; más tarde, instalación en Londres, donde vive y
trabaja actualmente– tiene un equivalente en pintura que se podría calificar de
“nomadismo icónico”. Su imaginario estético puede, en efecto, ser considerado
como una forma de viaje en el tiempo y en universos diferentes, pues el hecho
de juntar, superponer y hacer dialogar imágenes se ha convertido, con el paso
del tiempo, en un modus vivendi. En
su manera de abordar lo real y la memoria del pasado, ella crea collages inesperados, incongruentes,
insólitos pero siempre sutiles, que construyen una ficción, una mirada
diferente tanto sobre su relación con el mundo como sobre la Historia del Arte
que ella aborda, proponiendo un cara a cara interrogativo. En varias
exposiciones importantes realizadas en 1997, 2000 o 2005, la perversión de las
imágenes de la gran pintura –en este caso, de Velázquez y Goya, que ella hace
entrar en una cotidianidad quimérica y divertida, muy similar a la de las preciosas
figurillas de porcelana de Saxe, del siglo XVIII–, o bien la creación de
personajes en donde se mezclan Pop Art y ciencia ficción, muestra esa capacidad
lúdica y descomplicada que ella tiene de abordar el carácter mixto de los tiempos,
dentro de la absurdidad cómplice de su yuxtaposición.

La construcción de un imaginario híbrido y narrativo no hará más que amplificarse y hacerse más plásticamente compleja con el paso de los años. Su estética, centrada en la representación figurada, va a abrirse, y, cada vez más fraccionada, la imagen va a desintegrarse poco a poco en una multitud de fragmentos heteróclitos (tela, papel, botones, objetos en miniaturas de plástico, cintas, pompones, fotos de periódicos, esponja, etcétera) que constituirán lo esencial de la trama sensible y táctil de su obra actual, a menudo estructurada en torno a fotografías de rostros y ojos recortadas de revistas femeninas. En las obras presentadas por el Instituto de México y la Galerie Dukan (6 pinturas sobre lienzo, 24 obras sobre papel, 6 maderas recortadas, 2008-2013), bajo la égida de Champagne Nicolas Feuillatte, empresa que eligió a Alicia Paz como la artista del año, encontramos la expresión más lograda de ese sentido de proliferación controlada dentro de universos incandescentes y mágicos, en donde, maravillada, la mirada se pierde. La colección de arte de esta prestigiosa empresa incluye artistas como Nils-Udo, Tony Soulié y Philippe Favier. Alicia Paz es la decimoquinta artista que recibe el apoyo de la institución.
Hablaremos de la exposición del Instituto de México, pues la de la Galerie Dukan retoma algunas piezas de la anterior. Alicia Paz presenta allí dos nuevas series. La primera, en tres dimensiones e intitulada Artistas, se compone de siluetas femeninas recortadas en madera, revestidas de trajes suntuosos de exuberancia, tornasolado y fantasía que no contravienen una construcción previa, aunque el azar no esté nunca ausente del diseño original. Amaranth (madera, técnica mixta, collage, 2012,) es la primera de estas experiencias tridimensionales –anverso y reverso trabajados en forma diferente–, obra que fue escogida y premiada por Feuillatte. La segunda serie está constituida de grandes dibujos sobre papel, en donde domina una materialidad desbordante. Es un placer imaginar, por un lado, el delirio creador de las máscaras venecianas, y por el otro, una inspiración totalmente diferente que tiene que ver con el espacio mágico de las montañas chinas y los paisajes japoneses, sin referencia alguna a su dimensión espiritual, sino para evocar su levedad poética y espacial.
En este conjunto tan rico en sorpresas pictóricas y estéticas a la vez, son las obras en papel las que me parecen abrir los espacios más dinámicos e innovadores, puesto que las figuras tridimensionales ofrecen, a mis ojos, una versión un poco “anecdótica” del concepto bidimensional, cuyos horizontes imaginarios y plásticos son infinitos. Así, pues, no me dedicaré a ellas en este texto. Varias obras atrajeron particularmente mi atención pues cada una muestra horizontes plásticos y espaciales diferentes: un aspecto “japonizado” las caracteriza, ya sea que se trate del cerezo en flor de Medusa Islands (mixto sobre lienzo, 2011); del “árbol” de Yellow Frost (mixto sobre cartón, 2013) o de Guardians of the secret (mixto sobre lienzo, 2011), en donde los “rayos” que aureolan la “montaña” acrecientan el misterio de las profundidades de la materia. Existe un verdadero júbilo en esta fobia del vacío que manifiestan las obras-collages de Alicia Paz. El universo acuático (collages y pintura con predominio del azul) que sirve de fondo a Run deep (mixto sobre cartón, 12013) da testimonio del barroquismo desbordante de la artista. Una obra se destaca del conjunto. Se trata de Sombras (2011, mixto sobre lienzo, 2011), árbol de vida y muerte que es la única obra en blanco y negro (con algunos toques de azul). En ninguno de esos trabajos podremos olvidar que Alicia Paz es, ante todo, una pintora, pues la materia pictórica soberana, amasada y triturada, sus chorreaduras controladas, constituyen el cuerpo (palpable) fundamental del universo onírico y literario de su obra, verdadero material de recuerdos, en donde se enmarañan los hilos de mil historias.
CHRISTINE FRÈROT
